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viernes, septiembre 19, 2008

Preguntas matutinas

Quizá, si el corredor se hubiera levantando temprano, a la que hora que debe, si hubiera estado feliz como el querría estar, si estuviera sin problemas del aura (o alma), quizás y, solo tal vez, hubiera estado en el asalto.

Pero no. El corredor llegó unos segundos (minutos, puf) tarde. Entró tranquilo por la puerta, sin mirar a ningún lado en su habitual recorrido de los viernes. El primer cliente es un supermercado chino donde nadie le hace ningún problema, ni casi le hablan o nada, es casi como si el no existiera (como con el resto del mundo). Él entró y ve a la china en la caja agachada. Se queda un rato esperando el gesto habitual de la muchacha oriental, pero no pasa nada. Ahí decide que lo mejor es la acción, de esas que generan reacciones. Se acerca y le dice si va a ver la góndola para ver. La chica solo le dice que la asaltaron. Instantes después del anuncio, aparecen de detrás de las filas de productos algunos clientes.

Un corredor de cervezas le llama la atención, se dirige afuera y mira profundamente a ambos lados de la calle. El corredor, tranquilo, simplemente espera. Escucha algunos comentarios de cómo fue el asalto. Al parecer, entraron, amenazaron a la china y al chino, y hasta encañonaron a uno de los clientes que estaba comprando vaya a saber qué a esas horas de la mañana (No tan mañana, recuerden, el corredor se levantó tarde).

El cliente dice, me pusieron el arma en la sien. A la china se le nota en la cara el miedo. Luego aparecen los verduleros y carniceros. Se ponen a decir que los ladrones (asaltantes, si asaltan son, piensa él) salieron corriendo, luego pasaron por delante del supermercado. Que en algún auto (Movilidad, lo llama una de las personas, el corredor pensó que era una palabra, por lo menos, extraña para describir la situación aunque muy ajustada).

El corredor, actuando como si no le importara mucho la situación, escapando a las conversaciones que va dejando atrás, va a su góndola y mira que fideos le faltan en esa mañana, que empezó agitada. Levanta el pedido (En realidad lo hace él, sin prestar mucha atención al barullo general) y vuelve a salir. Allí ve al chino que normalmente habla con él, que ya está sentado detrás del escritorio, quizás para llamar a la policía. Él le dice con lujo de detalles lo que se hizo encargar y que no tenía ningún cambio. Y se va. Casi como entró se fue, como un fantasma.

Se sienta en la camioneta y piensa que debería haber visto a los ladrones (asaltantes, piensa) cuando salían, Pero él sentado en la camioneta estaba mirando el teléfono celular, leyendo un mensaje que había estado publicado por varios días. Había habido algún agregado, tal vez mientras leía el comentario agregado fue cuando los ladrones salieron. Recuerda que la china estaba agachada en la caja cuando él entró y las personas no sabían si los ladrones (asaltantes, vuelve a pensar) estaban o no dentro del supermercado. Tal vez el leer eso, como casi es su costumbre de todas las mañanas, hizo que no participe de ese asalto.

Pero también piensa que él salió tarde de su casa. Simplemente porque estaba cansando porque el jueves a la noche (En realidad ya viernes) mientras él pensaba que su amigo estaba en un recital, él estaba hablando con una persona. Una conversación amena que no pasó de allí. Pero esa persona, con algo de confianza que a él le molestó, le dijo que por qué se estaba tocando la cara. Él tenía (tiene) un grano en la cara, y en su obsesión se lo tocaba (Toca, bah) sin parar. Y la persona empezó a decirle que pare de hacerlo, que se iba a lastimar y dejarse un pozo. Ahí la conversación amena fue terminando y los recuerdos conjugados con melancolías a flor de piel le generaron un muy mal gusto de boca.

Eso hizo que los recuerdos embargaran al corredor, recordando a la lejana que vaya a saber dónde estaba esa noche. Seguro que lejos, muy lejos, en la ciudad mientras él estaba en el sur congelándose y en soledades. Esos recuerdos hicieron que le costara dormirse esa noche; hicieron que vea dos veces seguidas “Vecinos Invasores” (de una manera especial, el medio y el final, primero; y luego, en el canal premium, el inicio, el nudo y el final) y que en vez de reírse con las aventuras de los animales digitales, él recordara la vez que la habían visto juntos luego de un almuerzo de domingo (¿Alquilada? No. ¿Sí? No recordaba; eso también le molestaba, las cosas, los detalles, se le escapaban y él no podía hacer nada para atrapar los recuerdos). Eso generó que el corredor tuviera una muy mala noche con sueños y presencias de gente que ya le es ajena hasta en algún punto, lejana.

Eso hizo que se levantara bordeando el horario “ideal” para trabajar. Se levantara tarde, y saliera tarde de su departamento con vista al lago. Todo eso junto era quizá acción del destino o quizá acción de muchas coincidencias que se fueron hilando tranquilamente mientras él no se daba cuenta que todo lo demás gira alrededor.

La mañana transcurrió con ese sentimiento general de pensar en el destino y en las coincidencias. A veces le molestaba pensar que todo es una gran broma, siendo así que la gente se conoce de casualidad y que se enamora porque esa casualidad los llevó a eso. Se quedaba pensando en que esa noche había cientos de personas pero el corredor habló toda la noche con ella, que todavía estaba de novia. Y estaban tan cerca. Eso podía ser destino o simplemente casualidad. Quería pensar que era el destino, pero pensar en el destino le molestaba porque hiciera lo que hiciera no podría llegar a cambiarlo, si la lejana estaba lejos era porque el destino así lo quiso y él no podría hacer nada para traerla de vuelta a donde él quería. Ella no quería y el destino lo había querido así.

Pero si todas las cosas eran casualidades, que ella estuviera lejana, no era más que un cúmulo de causalidades (Sí, con causa; encontrarse de casualidad y separarse con causa) para que esa decisión haya llegado a puerto. Las causalidades sí eran culpa del corredor, mientras se daba cuenta que el capuchón negro de su Pelikan Tango se había caído y desaparecido. La otra lapicera, la Pelikan Tango azul (Su alma) que ella le había dado en febrero luego de un fin de semana de peleas, desencuentros y disgustos todavía estaba allí. Le quedaba más de un cuarto de tinta. No la usaba, era casi un monumento, un recordatorio que ella, la lejana, en algún momento había sido tan cercana. Miró su bolso y le molestó en demasía notar la poca simetría entre sus lapiceras. La negra sin tapa, la azul con tapa. Le molestó y volvió sobre sus pasos a buscar el capuchón. No lo encontró sobre la avenida, mientras los autos se aprestaban a pasarlo por arriba (¡Vamos! ¡Vamos! Háganlo. ¡Los desafío! ¡Yo ya estoy sin alma, muerto en vida! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Lo paga el seguro!).

Toda la mañana sigue su curso. En algún momento uno de los últimos clientes de la jornada (pues ya no era mañana) luego de haberse sentando en la plaza, igual que la semana anterior, luego de haber vendido y no haberlo hecho, luego de casi todo, está en otro supermercado chino. Levantó el pedido y se acerca a la caja para copiar los caracteres del nombre del local. Cuando mira, ve un montón de mujeres jóvenes, todas en polleras pero con todos los colores del arco iris. Una se acerca a él y agarra alguna golosina, él nota que todas llevan un “name tag” que dice algo así: “Guiadas por el camino de Dios”. El corredor le dice al chino algo así: “Mira, guiadas por el camino de Dios a tu supermercado”. El chino, obviamente, no lo entiende; y le pregunta por ese comentario, pero el corredor le dice que no importa y los dos se ríen. Una de las muchachas sí escuchó y sí entendió pero no quiso pelearlo.

En el último cliente del día, cuando se está por subir a la camioneta para ir al lago, y allí descansar en ese día soleado, de los últimos del inviernos, los días que empiezan a ser primaverales que traen consigo toda la batería de alergias y polen. En ese último cliente cuando está subiendo a la camioneta escucha el sonido del plástico contra el asfalto. Mira y busca en el piso lo que se le cayo.

Cuando se agacha, nota que en el piso está el capuchón de la Pelikan Negra. Lo agarra y tapa su lapicera. Mirando que ahora están simétricas una de la otra, viendo el azul (Color de ella en esos textos) y el negro (color de él en esos textos) unidos de nuevo. Y mientras maneja al lago piensa si eso fue destino o casualidad.

Lo piensa pero no se contesta.

viernes, septiembre 12, 2008

Holgar un hogar

Luego de haber encontrado un nuevo cliente. Caminando tranquilamente diferente a todos los días previos y posteriores. Con un sentimiento raro que no sabía si era psicosomatico o si era algo físico. En el día hermoso de luz solar; en el medio del trabajo; sin ningún motivo aparente, el corredor se sentó.
El corredor se sentó en un banco de plaza. En una plaza por la que no pasaba hacia mucho tiempo, por lo menos caminando. Sentado, se acomodo el bolso y se quedó mirando el horizonte escondido por las casas chatas. Un colectivo pasó por la calle del costado levantando polvo y humaderas de dióxido de carbono.
Nada de afuera de su ser le interesaba.
En algún momento baja la cabeza y se queda mirando sus botas. Está sentado como esperando a alguien, aunque nadie viene por él. El corredor está muy atrasado en el trabajo diario pero, como nunca antes, no le importa. Se queda sentado mirando el día disfrutando el sol.
Levanta el teléfono de su bolsillo y mira la hora. Temprano en la mañana, tipo once y media. Se queda sentado al sol, mirando los colectivos que pasan cada tanto. En cada colectivo busca una esperanza, en cada colectivo busca un alma para él. Está en dejanía.
Cruza las piernas. Una arriba de la otra. Siente el viento frío que golpea su cara, su cuello esta enredado en bufanda y su cuerpo esta atado en ropas. Su meollo está atrapado en pensamientos que no interesan tanto como lo que le pasa. O lo que no le pasa.
En la lejanía de su cuerpo y alma, se queda pensando en todo lo que pasó desde que está allí. Un viaje, plantarse en el sur y ser abandonado en su ser. Recuerda que los lazos metafísicos eran indestructibles de romper por las distancias más grandes. Pero hay otro tipo de distancias que también pueden generar que todo lo que estaba atado se desate.
Entre medio de su trabajo, escuchando a lo lejos (muy lejos) el ruido del lago (Algo, anagrama). Más lejos todavía siente el ruido del mar. Y a una distancia mucho mayor siente los suspiros de la damisela que ya no suspira por él, mientras que el corredor todavía tiene guardado algún suspiro en la guantera.
Todavía le faltan varios clientes. Tiene sueño y sabe que la soltería hace que su cuerpo sea macilento. Sus ojeras son grandes porque duerme poco, le tiene miedo a las pesadillas. Sus ojeras también son grandes porque le tiene miedo a los sueños más alegres. Muchas veces sabe que no se puede dar el lujo a tener sueños alegres ya que la fría realidad nevada le va a hacer ver a lo que se enfrenta.
Pero el corredor esta cansado de correr. Esta cansado de correrte. Esta cansado de correrse del medio. Y nadie lo nota en la plaza. Las pocas almas que se huelgan a pasar no lo ven; ya que el corredor está ahí pero no está.
Algunos de sus clientes (Que normalmente se quejan de lo poco que se vende o de lo caro que esta todo) lo miran y le dicen que lo ven raro. Le dicen que esta abstraído del mundo. Le dicen que esta lejos de todos aunque hable como persona normal.
En soledades solteras solo el corredor entiende lo que el pasa. Justo cuando delante de él pasa un perro con una pantalla de una lampara dada vuelta.
Respira profundo, siente eso que está sintiendo esos días. Tendría que ir al medico (La doctora Lucia Males es su medica) pero no lo va a hacer. Lo que siente es algo en su traquea, algo cuando respira. Alguna persona le dijo que podía ser su angustia escondida en su cuerpo. En el próximo almacén comprará una aspirina.
Hace poco una persona le preguntó: ¿Cuál es tu hogar? Y el corredor no pudo responder mas que la verdad no sé. Hacía poco que estaba en ese lugar, pero sentía que se tenía que acostumbrar, ese ahora era su hogar.
Ve su reloj, mientras una nube genera sombras sombre la plaza iluminada, y nota que es momento de tornar al trabajo. No le molesta decir que el que torna retorna; pero lo que torna por razones que se escapan al sentido del ser no retorna porque solo torna lo que no se fue. Torna lo que se aleja. Nunca torna lo que se va.
El corredor se paró y se acomodó. Se puso el bolso en su lugar, mientras pasaba el último colectivo por la plaza. Ultimó sus cosas, y volvió a caminar. Volvería su casa (A house is not a home) con el declive del día y el relevo de la luna; intentaría no soñar ni pesadillar.
La noche sería larga pero no eterna, nunca lo fue.
Mientras tanto pasarás equinoccios y solticios; pasarán hijos e hijas, pasará la vida.
Pero para eso tendría tiempo para preocuparse, hoy se preocupa porque no hay hogar y huelga encontrar uno. Su hogar se volvío para Buenos Aires, dejándolo tan sólo con un departamento que miraba al lago.
Extraña extrañar tanto. Extraño se siente a sí mismo. Se siente un títere sin cabeza de un narrador maligno que le quitó todos sus sueños y espejos.
Así estará hasta que llega hasta el próximo cliente que se queja de lo caro que son sus productos, mientras no sabe lo caro que es recuperar su corazón.

sábado, septiembre 06, 2008

Qué contar cuando no hay nada que contar

El corredor fuma en su sillón, mirando la pared delante suyo. El cenicero está sobre su estomago. El cenicero sube y baja al ritmo de sus respiraciones, cada tanto se bambolea allí tranquilo cuando tiene un escalofrío. Deja algo de cenizas y luego una nube de humo lo rodea esporádicamente. El corredor no puede escribir, sumido en recuerdos siente que todo lo que escribe es sobre lo mismo, cuando una de las cosas que más lo enorgullecía era ser multi-tematico.

El sábado es gris. Él está en el sillón desde que volvió del trabajo, afuera el lago está picado (muy). No nieva, no llueve todavía; pero hay fuertes vientos desde hace varios días. El corredor (Que es también el escritor, pero que a la vez no lo es) fuma tranquilo, habito que encontró en el sur, entre medio de almacenes y supermercados en las profundas soledades de las mañanas austeras.

El departamento es un revuelo de libros desordenados en pilas de altas alturas. No hay un orden en particular, diferentes autores y diferentes colores se mezclan entre ellos. Dentro de su cabeza juegan los recuerdos frugales que entran a veces a destiempo. Él con su remera de Escher (Con la metamorfosis de los peces a pescados) corta de mangas fuma tranquilo mientras piensa leer la segunda parte del cuarteto de Alejandría.

Quiere escribir una autobiografía de sus días pero siente que no puede. El departamento parece vacío luego de haber llegado hace tan poco al sur. La soledad pesa sobre sus hombros caídos mientras las nieve empieza a caer.

Nieve que hará todo imposible. El tráfico será imposible. En algún momento irá al baño, se sentará en la computadora e intentará escribir un cuento, hasta que se de cuenta que su cuenta redunda en lo contado. Los cuentos cuentan imágenes contadas en tan contadas veces que le molesta.

Tiene otra vez la idea de dejar de escribir y dejarse llevar por la locura. Que sus seres tomen el control de su mente y lo hagan hacer lo que ellos le dicen que haga. Aunque está tranquilo, dejándose lentamente sumir en la soledad. Abrazando la soledad del sur, sintiendo que es otra vez su estado. Estado que ahora abraza y que le sienta bien. Recordando una cita de Leonard Cohen y otra de Durrell.

Fuma lentamente, mientras el libro a su costado se cae al piso. Siente el frío, ve a los títeres sin cabeza pero que bailan porque él los quiere ver bailar un slowly esa noche.

El frío pesa sobre las ventanas.

No hará nada, el dolor de cabeza galopante se quedará a trasnochar mientras sueña estar en Brujas, o siendo perseguidos por pájaros en películas en blanco y negro, las películas que pesarán sobre su noche iluminándola en auras azules y colores estridentes.

Dejará de escribir un tiempo mientras su opuesto sigue en pie.

Porque se da cuenta que su autobiografía es aburrida. ¿Qué contar cuando no hay nada reseñable que contar?