martes, febrero 19, 2008

Gabriel Gimenez

Uno de los grandes problemas de Gabriel Gimenez es que se cree, de hecho, Gabriel Gimenez. Aunque no siempre fue así, había una época donde él era una persona común, digamos, un Gabriel Gimenez común y corriente. No este que pretende ser. Y lo puedo decir así, sin mas pretensiones porque soy un amigo suyo de casi toda la vida.
El taxista me habla pavadas mientras la radio truena detrás suyo. No sé bien sobre que me habla, pero lo bueno de este tipo es que no nos cobra nada. Eso sí, no le gusta que vayamos adelante, con él. Él nos quiere de pasajeros. Eso dice que le da un cierto encanto al viajo, cuando no se lo pagamos. No sé bien de donde lo saco Suaznabar, pero un día se acercó a la mesa en la que todos estábamos comiendo y nos dijo que cuando necesitáramos un viaje, chifláramos que él iba a estar ahí. Y de hecho, él esta siempre ahí, enfrente de la estación de trenes, cerca de la parada de colectivos. Si no lo ves en su coche, un muy blanco Peugeot 504, es porque esta en el bar “La Guillermina”, tomando tragos o jugando al pool por plata. Yo iba a tomar el tren, pero me dije que tenía que probar ese servicio que nos había ofrecido en la mesa, aquella noche de invierno.
Crucé la calle corriendo haciéndole señas a un colectivero que me toca bocina y pasa detrás mío pateándome. Me acerqué al Peugeot, que es él ultimo en la corta fila de taxis habilitados por la municipalidad, no lo veo dentro, aunque las llaves cuelgan del arranque. Mire en las dos direcciones y recordé el bar donde va a tomar, que de hecho, es el mismo bar a donde vamos todos. Me pareció ver a Wilmar caminando bajo el sol del verano todo vestido de negro, pero mi vista no me dejo reconocerlo. Fue casi como una figura fantasmal que se me atravesó en el camino. Cruce la calle luego que una jauría de coches pasara rápidamente y frenaran abruptamente por el semáforo de la esquina.
Entré al bar y no lo vi en el salón general. El bar es bastante chato, de paredes pintadas de celestes con varios cuadros de tangueros colgando, algún que otro trofeo anónimo con tiritas de colores albi verdes puebla algún estante perdido. Las mesas son todas de madera con un sutil mantel común y corriente. Pocas sillas están ocupadas, y solo una llama la atención. Es una en la cual un viejo esta durmiendo tranquilo, con la boina tapándole los ojos, sus manos están sobre su prominente barriga y cada tanto algún ronquido solitario nubla el ambiente solo cortado por el ruido del ventilador de techo que gira haciendo un ruido hueco de estar mal colocado. La barra cubre toda la parte derecha del establecimiento y detrás de ella esta el barman, del que solo se ve la cabeza, ya que esta sentado en una silla muy baja que lo hace verse muy chistoso desde el otro lado de la barra. Un parroquiano esta sentado mirando la televisión apagada, y cada tanto hace algún gesto como si hubiera algún gol de su equipo. Lo que yo sé, es que si vas para el fondo hay dos mesas de pool. Paso por la puerta abierta, pero bastante escondida en un recoveco donde están los dos percheros llenos de camperas y gorras, que no tienen ninguna correlación con la época del año que esta corriendo. Pasó por ese lugar estrecho y veo al taxista jugando en la mesa más lejana al pool (O al billar, no lo sé, para mí son similares).
Me acerco lentamente sin hacer ningún ruido. El taxista esta muy concentrado en su tiro, midiendo el disparo, intentando empujar la bola blanca hacia la bola roja que esta cerca de una de las buchacas de la esquina mas alejada a mí. Esperó y el sonido de las dos pelotas golpeando es muy seco y hermoso. La bola blanca queda girando quieta en su lugar, mientras que la pelota roja sigue una trayectoria bastante directa. En ese momento pensé que la trayectoria más directa es la línea recta, pero este es un juego de geometría y matemáticas, las frases hechas no sirven demasiado. El taxista se mueve con el taco en la mano, mientras mira la televisión que cuelga de un aparato de hierro; Crónica TV es lo que están pasando con su habitual pantalla roja sangre y su música parafernalia. La tele esta dando la temperatura, hace calor yo lo sé, pero al verlo en la tele siento mas calor. Me apoyé contra la otra mesa de pool, juego con las bolas, las doy impulso y las hago golpear. Ese es el momento cuando el taxista se dio cuenta que yo estaba allí. Me mira, me saluda con un movimiento de cejas mientras estaba midiendo el próximo tiro. Tiene el taco en la mano, midiendo a la bola blanca, lo mueve un par de veces sin tocar a la bola. Cuando se decide, mueve el palo y golpea a la bola que me mueve en dirección de su victima. Otra vez el sonido seco de las bolas, una entra en una de las buchacas del costado; mientras tanto la bola blanca va girando hacia uno de los costados para ponerse en paralelo a la próxima bola. La blanca se queda cerca de uno de los bordes de la gran mesa azul (Tipo campeonatos de Las Vegas). El taxista pasa por delante mío, me saluda y me pregunta para donde voy. Le dije que voy para lo de Gimenez. El taxista levanta la vista y me mira, desde su posición junto al taco, apoyado contra la mesa. Así que vamos para las afueras, dice. Que bueno, esta insoportable la ciudad. Yo pensé en ese momento que sí, la ciudad esta insoportable con sus cambios de clima y de tiempos de verbo. Luego vuelve a su juego, y mide la distancia y el tiro. Mueve su taco, siente el tiro, lo espera hasta que en un momento se decide y dispara. La bola blanca golpea a la bola negra que golpea contra uno de los costados de la mesa y sale disparada por la inercia hacia el otro costado. El taxista, parado, y con el taco en la mano mira como la bola va lentamente hacia donde él la mandó, la blanca ya esta perdida, perdiendo impulso lentamente. La negra cae en la buchaca del costado, el taxista no la vio. Ya estaba dejando el taco con los otros, en un muy coqueto estante de madera con espacio para varios de ellos. De algún lado sacó una botellita de agua y toma un largo sorbo del pico. Cuando se me acercó noté varias gotas de transpiración en la cara. Me dijo:
- ¿Buen tiro? Je. – Y se fue riendo solo hacia el otro salón del bar.
Salí después de él. Se sentó en la barra y lo vi hablando con el barman, que ya estaba parado y apoyado en la barra, con la cara cerca del taxista. Me acerco a ellos y me siento en un alto taburete incomodo de madera. El barman me saluda, me conoce pero no me aprecia. Lo saludo y le pregunto si para él va a seguir el calor.
-
Aja. – Me dice.
El taxista se ríe, mientras el barman se da vuelta y empieza a pelar una manzana con un cuchillo muy filoso y brillante. Se gira luego y me ofrece una rebanada, la rechazo pero el taxista la acepta. Luego el barman agarra una billetera y se la da al taxista. Este se la guarda en el bolsillo trasero de su pantalón de jean, luego de examinarla. Me mira y me espeta que ahí tiene los documentos del auto. A todo eso, me di cuenta que la camisa celeste la tiene muy abierta y deja ver los pelos del pecho, que son muy tupidos. El taxista tiene pinta de no haber dormido en un par de días. Me pregunta por Ulises y por Dora. Le contesté que a Ulises hacía mucho tiempo que no lo veía, pero a Dora la había visto el sábado pasado y le mandaba saludos, eso era mentira, Dora no lo conocía. Me preguntó como sabría el taxista de Dora, pero luego me respondió que muy probablemente era Ulises que le había contado varías historias de Dora, me lo imagino a Ulises espiando sentado en el coche con el taxista mirando por la ventana de Dora. Eso sería típico de él.
Saco un cigarrillo y me lo pongo en la boca. Le ofrezco extendiéndole el paquete de Malboro al taxista, que acepta gustoso. Agarro de la barra un encendedor de plástico verde que alguien había olvidado allí y le enciendo, primero su cigarrillo y luego el mío. El taxista me dice que tiene que hacer un llamado y que después podemos irnos para lo de Gimenez. Me llama la atención el uso del apellido. Yo siempre lo llamo Gabriel, pero desde que su metamorfosis empezó no quiere que nadie lo llame por su nombre de pila. O el apellido o el nombre completo, fue lo que me dijo una vez que estábamos sentados mirando el horizonte en su hotel. Lo del hotel desde siempre fue muy raro. Es como si para parecerse a Gabriel Gimenez haya conseguido un hotel muy similar al que regenteaba el otro. Encima tienen el mismo nombre, “La Arbolada”. Desde que consiguió el hotel no vuelve a la ciudad. La ultima vez que lo vi por estos pagos fue hará dos o tres años, andaba caminando con una pila de libros bajo el brazo. No me vio, y lo seguí primero de lejos, para ir acercándome cada vez más. En un momento dado estaba a tres pasos de él, que sin embargo iba totalmente obnubilado mirando para delante. A cada esquina llegaba y miraba para sus dos costados varias veces, si había un semáforo en su camino que lo hacía esperar mas de lo que pretendía, miraba todo el tiempo para sus dos costados. Eran miradas rápidas, miradas fugaces. Miradas que duraban algunos segundos, instantáneamente miraba para delante y luego miraba al otro lado. Todo esta procedimiento lo hacía varias veces mientras estaba en la esquina, reconocí en ese gesto al Gimenez que yo conocía. Nunca miraba para atrás, era como si su sentido de paranoia solo podría venir por delante o por sus costados. Nunca en todo el viaje miro para atrás. Donde yo estaba. Caminé un buen rato detrás de él, andaba bastante abrigado para lo que era de friolento. Luego, alejado de nuestra zona de influencia. Lejos de todo, en una zona de casas bajas donde solo había por movimiento un kiosco pobremente iluminado para las altas horas de la noche en las que nos estábamos moviendo, se metió en una casa. Pase por delante de la puerta. Una maciza puerta de madera por la cual no se intuía nada. Mire en mis dos direcciones y sentías miradas posadas sobre mis hombros. Luego de ese breve impasse seguí caminando como si nada con dirección al kiosco.
Me pare en la puerta, del lugar pobremente iluminado. Mire bien la puerta, note que en los cables de luz colgaban un par de zapatillas, justo delante de la puerta. Me llamó la atención pero no le di mucha importancia. Me quede mirando cuando sin que tocara el timbre o nada, se abrió la pequeña ventanita llena de rejas y la persona que apareció detrás me dijo ¿sí? Y yo con el susto que me dio esa voz y esa apertura le pedí simplemente una caja de chicles. El tipo se perdió en su puesto de venta de golosinas, cuando volvió deposito en el cantero de la ventana el paquete. Le preguntó por la puerta y el quiosquero me dijo que era lo que le estaba arruinando el negocio. Tienen buenos precios, no se puede competir con eso; dijo y prosiguió; necesito algo para zafar de los costos, viste, los cigarrillos no los puedo marcar mas que con unas monedas, y casi toda la gente viene a comprar cigarros. Hombre, estos pibes me están matando. Encima de todo, encima de todo, es buena mercadería, viejo. Muy buena. Eso es lo que más bronca me da. El hombre transmitía un aura de pobreza, estaba totalmente rendido ante la presunta competencia. No entendí demasiado de lo que me decía pero le tome la palabra, no tenía porque dudar de una persona que tenía tantos problemas. Agarre los chicles y lo salude. La puertita se cerró como se abrió, con un ruido áspero y un chillido.
Me quedo revoloteando por la cuadra, mirando la puerta cada tanto. Tuve suerte y me di cuenta que en la esquina había una plaza, con muy pocas luces, y ergo muy peligrosa. Me senté en un cantero de cemento. Abrí lentamente el paquete de chicles estirando la cinta roja, en un tris se había abierto, casi sin esfuerzo. Luego saque uno y me lo puse en la boca. Empecé a masticar y hacer globitos mientras pensaba en lo bien que me hubiera venido un café. Hacía bastante frío aunque no era invierno. Era una noche cerrada en ese barrio de Lomas de Zamora de casas bajas. Espere un rato canturreando viejas canciones de amor que me vinieron casi sin proponérmelo a la cabeza. Estaba en medio de una de las mas lindas estrofas que recuerde cuando la puerta se abre y veo que sale Gabriel, mirando para todos lados en una actitud más paranoica que siempre. Luego supe que todo esa recorrida buscándolo, persiguiéndolo para ver en que andaba fue la ultima vez que vi al Gabriel Gimenez que era realmente mi amigo, no este pistacho que esta frente a su biblioteca buscando ejemplares. Gabriel, el ente Gabriel en metamorfosis, empezó a caminar para la esquina cuando vi un Peugeot 504 blanco con un cartelito prendido. Él lo paró y se subió, dejándome a mi perdido en un barrio que no conocía en medio de una noche cerrada. Llegue a volver a casa de milagro, eso es otra historia, mucho más emocionante que la de la mutación de Gabriel Gimenez.
Miro al taxista que me esta dando la espalda, noto que esta jugando con el cordón del teléfono semi publico que estaba en la punta de la barra. Esta sentado mirando a la pared, no llegó a escuchar las palabras aunque cada tanto escucho una risa estruendosa. La puerta de vidrio se abre a mi espalda, entran dos personas que se sientan en una mesa cerca de la pared, debajo de una foto fotocopiada de Julio Sosa antes del choque. Pienso para mí mismo que sería realmente raro ver una foto fotocopiada de Julio Sosa después del choque. Seria algo por demás morboso, aunque bastante reseñable en cualquier relato. Esas cosas siempre saltan a la vista. ¿Cómo sería una foto de Julio Sosa después del choque? Complicada escena. Seguro que estaría lleno de policías, un montón de gente llorando y escuchando sus palabras en los oídos llenos de odio a la municipalidad por ese pozo gigante. Seria raro. Como esas dos personas que se sientan y piden una botella de ginebra. Sé que si hubieran pedido un café sería una charla literaria, aunque la ginebra también lo es. Solamente la ginebra reseña otro genero. Tal vez un policial negro.
El taxista lentamente cuelga el receptor, se queda mirando un largo rato (A mí parecer) el teléfono. Se para rápidamente, se mira en un espejito pequeño que estaba colgando de la pared, note instantáneamente que el espejo estaba torcido. Me molesto enormemente que nadie reparara en ese detalle de tanta importancia. Estaba a segundos de pararme y ponerlo como correspondía, pero ahí el taxista pasa por detrás de mi espalda, me palmea y me dice algo así como vamos nos para el campo. Yo me paré y le di una última mirada a ese espejo que tanto me molestaba. Lo deje así. Aun hoy debe estar así.
Salimos y cruzamos la calle Leandro Nicéforo Alem hacia la estación. La gente se amuchaba en las paradas de sus respectivos colectivos, los taxistas estaban todos amuchados en un banco debajo de los plátanos que daban sombra. Una florería verde estaba enfrente al lado de una pequeña capillita, donde había una vieja sentada rezando algo, supongo que el rosario o similares plegarias. Me quede quieto enfrente de la puerta trasera del Peugeot, mientras el taxista se puso a hablar con sus colegas. Entre tanto yo le daba las ultimas pitadas a mi cigarrillo. Mire el cielo, había algunas nubes, pero ninguna nube de lluvia que aliviara el calor que sentía la ciudad por esos días. Llovería mas tarde, llovería demasiado tanto que los ríos de la ciudad nos taparían.
Sentado en el capo del auto me lo quede esperando. Desde donde estaba escuchaba sus conversaciones. Primero empezaron a hablar de fútbol, luego siguieron a hablando de mujeres. En mi imaginación todo se movía como en una novela o un cuento, pensaba que hablaban de literatura, que estaban discutiendo sobre la realidad vista a través de un vidrio esmerilado o sobre una teoría literaria basada en el punto y banca. Pero nada de eso pasaba en realidad, solo hablaba de fútbol (alguno que otro era de Banfield, pero casi todos eran de Boca o de River, salvo el humillado hincha de Racing que cantaba sobre la gloriosa guardia imperial cada tanto).
Al rato el taxista se despidió de todos sus colegas, agarrando un bultito que le alcanzó uno. Debajo del brazo lo traía y cuando se subió lo tiro al asiento del acompañante. Yo por suerte no tenía apuro porque él al parecer lo hacia todo con parsimonia. Espere a que me abra la puerta, pero primero encendió el motor. Al rato, mientras estaba calentando el auto se acordó de mí y me abrió la puerta. Yo me apure a sentarme ya que tenía un leve temor a que me dejara varado y tuviera que usar el tren o el colectivo para irme al hotel. Abrí la ventanilla mientras el auto salía en ralentí de la ochava, le toco la bocina dos veces cortas y seguidas a sus compañeros que saludaron casi por inercia al llamado. En el semáforo de French me dijo que tenía que ir a cargar gas, si no le importaba la espera. Yo me había percatado del hecho que la espera con el taxista iba a ser mucha entonces le dije que haga lo que tuviera que hacer para no quedarnos varados.
El viento me daba en la cara, aunque era brisa cálida y en el auto había un gran tufo a encierro que duraba todavía. El taxista desde que se puso a manejar no había soltado palabra, estaba yendo a la estación de servicio mientras calculaba el mejor camino para luego quedar e ir al hotel. Pensaba en la lenta transmigración del Gabriel Gimenez que yo conocía a este que se movía en el hotel de forma nerviosa. Lo veía todos los días en el colegio, estaba siempre sentado delante de mí. Normalmente pasábamos los recreos adentro en clara infracción para los estándares de la época. Hablaba casi todo el tiempo de libros, me recitaba poemas de Rimbaud y de Delio Panizza. En las clases de instrucción cívica, civismo, derecho y matemáticas se la pasaba leyendo. Esas materias las pasaba raspando, pero las materias que le interesaban las pasaba con puros dieses o nueves punto nueves. Luego, recuerdo que empezamos la facultad juntos, el CBC, pero yo iba a estudiar lo mío y él lo suyo. Claro, el no termino, su
metempsícosis fue mas fuerte y empezó a exhibir todos esos tics y actitudes que lo convirtieron en lo que era hoy. Un personaje. Un personaje de sí mismo. Viviendo la vida de otro en un hotel perdido en las afueras. Sputnik alguna vez me referenció la historia del hotel, pero Sputnik no iba para allá. Siempre Mariano Sputnik había tenido un componente místico del que yo nunca había podido del todo entender. Ese día estaba sentado en una fiesta que se había dado por la vuelta de Ulises de su exilio forzado. Recuerdo que mientras Wilmar estaba intentando demostrarle a Suaznabar su forma de hacer revoluciones sin quedar pegado, estaba intentando hacer que León Febles se levante a Marianela; Wilmar pensaba que con esto iba a logra un pequeño despelote que iba a hacer mella a futuro entre esas tres personas. Antes que Sputnik se diera cuenta de todo eso, estábamos sentados debajo de una parra, al fresco de la noche fresca de otoño. Vimos entrar a Gabriel Gimenez dado vuelta con un par de poetas amigos de Suaznabar que andaban todos borrachos. Gabriel se le colgó a Ulises y se pusieron a hablar, solo hablaba incoherencias que a Ulises le hacían mucha gracia. Andaba en la falopa, Gabriel. Esa noche estaba todo dado vuelta. A mi no me había visto, pero le andaba ofreciendo a todos un saque. Según tengo entendido León Febles (político, preeminente empresario de la zona sur), acepto y quedó encantado con la mercadería que conseguía Gabriel; según cuentan las malas lenguas, ahora la distribuye León. Pero Sputnik sentados debajo de la parra dijo exactamente esto: El tiempo de cada uno es un hilo delgado, transparente, como los de coser, al que la mano de Dios le hace un nudo de cuando en cuando y en el que la fluencia parece detenerse nada más que porque la vertiente pierde linealidad. Yo reconocí de donde estaba tomada la cita instantáneamente, como así la hubiera reconocido Suaznabar o Wilmar también. Le dije a qué venía esa cita, él se asombro de mi capacidad de reconocer citas. Me dijo que no esperaba que yo la reconociera.
Un viento se levantaba y varias hojas secas empezaron a dar vuelta y volar hasta la puerta de rejas, varias salieron pero varias se quedaron enganchadas en la reja y un plástico verde que recubría una parte lejana. Me quede mirando a esas hojas luchando por la fuerza del viento contra la reja. Estaba seguro a la larga, al tiempo, ganarían las hojas esa batalla. Mas tarde que temprano el viento erosionaría todo y las hojas pasarían tranquilamente por la casa como si nada. Sputnik mientras tanto con su mano escondía la llama del encendedor para poder iluminar su cigarrillo que ya colgaba de su boca desde antes que cantara la cita. Al lograr encenderlo me ofreció pero yo no tenía ganas, estaba tomando un vaso de gin y no tenía ganas de tener cáncer de pulmón, por esos días andaba en ese pensamiento. Sputnik me dijo que la cita, era tal vez medio descolgada. Le dije que no, que me parecía que Gabriel estaba en un nudo. Respondió que no lo había pensado así todavía, pero que el autor escondido de la frase era lo más importante del todo. El todo, se dijo para sí mismo, es lo que le pasa a Gabriel Gimenez. Me quede pensando en la forma espiritual en que la dijo. Dio una larga pitada y una hoja seca golpeo su pie, y quedo atrapada en su bota. Él la agarró y la miro lentamente. Dije que Gabriel estaba muy cambiado, estaba como desapareciendo su yo, reemplazado con otra cosa. No lo sé bien, reemplazado con algo. Mariano Sputnik agarró la punta de su cigarrillo y empezó a jugar con la hoja haciéndole agujeros, luego la soltó con el vahaje. La hoja primero cayo al piso, pero luego la corriente se intensifico y voló por encima del embotellamiento de hojas. Esta cambiando, dijo. Esta cambiando, sí. Su mística se esta configurando en otra persona. Esta tomando el nombre demasiado en serio. No entendí esta frase. Me puse a hablar sobre el hotel “La Arbolera” en el que estaba empezando a vivir en esos días. Sputnik me dijo que tenía allí una gran biblioteca. Allá por San Vicente, dije yo. En ese momento Mariano Sputnik me miró y me dijo que no era por San Vicente, aunque el camino era el similar. Me dijo algo así, si vas allá, no vas a volver. Es muy difícil volver de allá. Gabriel Gimenez esta volviendo porque todavía no termino su paso de oruga a mariposa; una vez que pueda volar nunca mas volverá por estos pagos. En cierta forma estamos viendo su muerte para nosotros, aunque va a vivir mucho más que todos nosotros. Será inmortal, vivirá mucho tiempo, como personaje. Date cuenta, siguió esa noche mientras las nubes empezaban a tapar la luna llena que iluminaba el patiecito con la parra, que una vez que se termine de transformar, ya no será parte de este mundo. Será parte de allá. Se quedará allá, porque el camino de vuelta siempre lo llevará a otra ciudad, a otros ríos a otros amigos. Carlos, Horacio, qué sé yo como se llamaran o como les dirán. No entiendo lo que me decís, le dije seco, mientras lo miraba y una amiga en común nos ofrecía tragos que los dos aceptamos. Nos fuimos dando cuenta que la fiesta estaba empezando a alcanzarnos, la gente estaba desbordando la sala de estar y se venía como una avalancha imparable. Se escuchaban los gritos de Gabriel y de sus amigos poetas (También amigos de Suaznabar, aunque Suaznabar en realidad no tiene mas amigos que Wilmar), Sputnik me miró mientras se paraba, y desde arriba me amenazó. No lo vayas a visitar al Hotel, sábelo. Si vas muy probablemente te quedes perdido en otro mundo, uno mundo que no es ni mejor ni peor que el nuestro, porque es tan real como esto. Pero es otro mundo, otra gente, otra época; no volverás a los tuyos. Mi consejo es que no vayas. Pero bueno, si queres “salvarlo”, hizo el gesto de las comillas con los dedos, vas a tener que ir, porque por acá no lo vas a encontrar nunca más. Anda saludando a Washington, bueno, voy a buscar otro lado solitario en esta noche, la gente se me esta acercando demasiado para mi gusto. Y así fue como la muchedumbre fue llenando el patio debajo de la parra, así fue como no vi a Sputnik más esa noche, aunque lo busque por toda la casa. En todos lados donde lo buscaba, encontraba a gente que me decía que se estaba peleando con León, o que andaba cogiendo a Marianela, cosas así.
Ahora, luego que el taxista cargó gas estamos en la avenida yendo para el lado del Hotel. Estoy desoyendo todos los consejos de esa noche de Mariano Sputnik. Pero el camino es muy conocido, yo he ido muchos fines de semana para esos pagos. No específicamente al Hotel, que nunca lo vi, no sé como es ni nada. Pero he ido a la zona donde esta el hotel. Él termino zona me quedo retumbando en la mente un buen rato, hasta que el taxista empezó a preguntarme que era yo. Le respondí a que se refería con que qué era yo. Me dijo, profesión. Yo soy Doctor en derecho administrativo. Algo así como derecho público, dijo el taxista, mientras pasaba a un colectivo azul, un 79 que iba en ruta. Sí. Eso mismo. ¿Ejerce? No, doy clases en la facultad y cursos, cosas así. Mire usted. ¿Se gana plata con eso? Algo. No mucha, pero se puede vivir. Yo pensaba que usted era escritor. Lo intento, bah, soy escritor, tengo publicada una novela. ¿La habré leído? No creo. ¿Cómo se llama? Le dije el nombre de mi novela, y para mi sorpresa sí la había leído. Me contó que la había dejado en el asiento de atrás Suaznabar una mañana que iba con su mujer (Julia) al centro para tomar un avión ella. Que se la había olvidado y él la había encontrado, leído y devuelto. No le pregunté si le gustó; él nunca me dijo si le había gustado. Fue algo así como unas finas tablas en una partida de ajedrez.
Seguemos andando en la ruta, veía a los coches. Notaba cada vez coches más viejos, de hacía como cuarenta años andando. El taxista cada tanto les tocaba bocina y los coches se abrían para que los podamos pasar. Fui imaginando un mundo de ficciones cambiantes, de visiones transfiguradas por la forma en que se la mire, el vidrio esmerilado volvió a mi imaginación y fui viendo como esa misma figura se iba metamorfoseando a cada movimiento. O mejor a cada segundo, como esa masa a cada segundo iba mutando de una cosa a otra, y el vidrio esmerilado se rompió y la figura quedo delante de mí, delante de una biblioteca llena de libros mientras los grillos gritaban su canción de noche. El tiempo hacía que hacia donde estuviera esa sombra, esa figura mutara en otra cosa. Las capas de sangre y arena se despegaban del cuerpo y quedaba desnuda, pero era otra cosa a lo que empezó a dar vueltas delante. Era otra cosa porque la visión primero y el tiempo constantemente había hecho que eso se moviera aunque estuviera quieto, estático detrás de un vidrio; escondido a todos nosotros. La ficción se movía entre realidades de diferentes profundidades alcanzadas por diferentes visiones y diferentes tiempos, que hacían que eso fuera diferente de un momento a otro, de un lector a otro. Me quede quieto mientras veía figuras que no recordaba nunca haber visto en el viaje.
Le pregunté si estaba seguro hacia donde íbamos. Me dijo que sí, que él iba a venía constantemente de allí. De pronto lo mire y su forma había cambiando, parecía como si el tiempo y mis pensamientos me habrían jugado una mala pasada, ya que era otra persona. Mi taxista en ese momento estaba dejando de ser. Estaba dejando de ser él para pasar a ser otro. El taximetrista. Igualmente su voz seguía siendo la misma, y todavía su personalidad estaba intacta. Me preguntó si había escrito alguna otra novela. Le dije que estaba en eso, que esta misma mañana se la había llevado a Suaznabar para que la mire. En tanto me veo lejano en el tiempo esa misma mañana en la oficina céntrica de Suaznabar. Me veo sentado en la silla, mientras él desde su escritorio ojeaba las páginas tipeadas burdamente sobre un papel. Le pegaré una mirada, dijo en ese pasado, en ese tiempo. Voy a ir a ver a Gabriel esta tarde, ¿Queres venir? Le dije tranquilamente mientras miraba por la ventana los árboles de la plaza San Martín. No. En realidad quisiera, hace años que no veo a Gabriel Gimenez, pero no podría. ¿Trabajo? Le dije sin mirarlo, asistiendo para mí. No, me dice, y en ese momento lo miró, ahora no recuerdo bien su cara ni tampoco demasiado bien la coyuntura, pero ese no me llamó demasiado la atención. No puedo. En realidad vos tampoco podrías. Me paro y le gritó por qué dice eso. Es como cruzar ficciones, che. No lo tomes a mal, pero ir allá va a terminar todo mal. Estas yendo a un lugar del que no podes volver, yendo a ver a alguien que no quiere volver. Me senté y me quede recordando en la conversación con Sputnik en la fiesta de cumpleaños de Washington. Hablaste con Sputnik, vos, le dije. Sí, pero no es solo eso, me dijo él sentándose en su sillón y mirándome desde atrás de las pilas de libros que estaban sobre su escritorio, manuscritos no leídos que rechazaba constantemente. Lo único que me llegaba en ese momento era su voz, la voz que no variaba. La voz que era lo único que iba quedando quieto, constante en toda la aventura. ¿Por qué? ¡¿Por qué lo que no cambian son las voces?! Estas jugando, siguió sin que yo lo viera, con fuerzas que no son nuestras, che. Fuerzas que no tienen nombre, ya que todo lo que podamos hacer nosotros no tiene nada que ver con eso. Vas a quedar dando vueltas en una cinta de Möbius de la que no vas a poder salir. Bueno, seria difícil salir de ese tipo de cinta igualmente, me rió. Sí, sería. Pero bueno. Igual, no puedo ir tengo que leer, tu libro. Sabía que era mentira, sé que no lee los libros. El mío lo había editado porque yo le había caído bien y era amigo del Narrador, al que él admiraba infinitamente. Lo perdí un instante y me pare. En el ascensor sentía que bajaba a otra ciudad, había subido en Buenos Aires y bajaba a otra ciudad. “Ciudad” escuché decir a una persona abajo, alguien le preguntaba “¿Cómo?” y el otro volvía a repetir lo mismo. El encubrimiento me hacía doler la cabeza.

Abro los ojos y veo unas vacas que andan dando vueltas por el pasto. Las vacas no las recuerdo. No recuerdo que las afueras sean tan afuera. Los componentes del espacio estaban cambiando delante de mis ojos. “Pasando de plano a plano” alguien me había dicho alguna vez. Miraba las vacas y los árboles. Sentía que el calor se hacía cada vez más intenso, el ruido de la radio era ensordecido por el viento que entraba tronando por las ventanas abiertas. De un universo a otro. Eso era una de las cosas sobre las que yo hablaba constantemente en mi novela. Siempre jugaba con la cruza de las ficciones, la cruza entre una ficción y una realidad, que simplemente era otra ficción. Todo eran cosas fingidas, ya que todas las cosas fingidas se terminan convirtiendo en realidad si las otras personas la creen, solo hay uno. Solo hay uno que sabe que es la realidad y que es la cosa fingida. Gabriel no sabe cuál es la cosa fingida y cual es la realidad. Él esta viviendo su ficción. Me aterroriza pensar que yo estoy viviendo mi propia fantasía, que yo estoy viajando a otro mundo. Puedo perder tarde o temprano la compostura, dejar de ser. Dejar de ser real y pasar a ser fingido. Pasar a ser ficción, dejar de ser. Ser otra cosa. Miro la realidad que me rodeo, y las mismas vacas que me alejaron de lo que toco me vuelven a traer de vuelta al auto. Lo trajo de vuelta al Chevrolet. Las vidrios estaban bajos, y algo sucios. Pero se quedó mirando la mugre, una cagada de paloma sobre el vidrio a medio bajar. Esa cagada, blanca y negra por momentos lo abstraía de sus pensamientos sobre los universos fricciónales y lo trajo a la realidad del momento. Viajando al Hotel de Gabriel Gimenez en taxímetro.
El taximetrista le volvió a hablar, le comentaba que vivía en una pensión. Que había hecho la colimba en un regimiento cerca de Rosario donde manejaba camiones. Se quedo hablándole de su realidad momentánea. La voz era la misma de todo el viaje, solo que estaba forzando su voz para hablar por encima del viento que entraba y los refrescaba en su transpiración. Pero era parco, hablaba porque estaba aburrido. Aunque siempre estaba aburrido, era una persona asceta. Manejaba su taxi, iba al bar a escuchar a todos los demás chóferes, luego volvía a la pensión. Así fue como lo imaginaba, pensaba que lo había encontrado en algún otro lado; que lo había visto o leído en algún lado.
El auto fue desacelerando cuando a lo lejos vimos el Hotel. Había un auto estacionado en una de las piezas, que eran como aparts con un estacionamiento delante de cada unidad. El taxímetro andaba lentamente, y se acercaba a la habitación que usaba Gabriel Gimenez, como pieza. El auto anduvo hasta que el taximetrista lo apago, y los dos nos bajamos. Él bajó el paquete que llevaba consigo y dejo la puerta del acompañante abierta. Los autos pasaban zumbando por la ruta, cada tanto algún camión gruñía por el esfuerzo. Mire el horizonte con la puerta en la mano, vi un sauce llorón contra el sol. La luz del sol pasaba por las largas y verdes hojas, formando figuras cada vez que uno movía la cabeza. Me quede quieto, y luego cerré la puerta con un estampido. Pateando una piedra fui hasta la pieza de Gimenez, mientras el taximetrista me esperaba en la puerta con el paquete en su sobaco izquierdo, apurate, me dijo. Yo camine igualmente tranquilo a las apuradas imploraciones de su personalidad anterior.
Al llegar al cantero, Gabriel Gimenez salió con un libro en la mano y nos saludo. El taximetrista le entrego en paquete y los dos entraron. Yo entre luego de un rato. Gabriel Gimenez estaba perdido en algún otro lugar de su habitación y yo tuve un deja vu delante de la biblioteca azarosamente descripta en otra oportunidad de algún relato. Me saludó cuando volvió a la habitación y nos ofreció ginebra. Acepte, el taximetrista se tiro en el sillón sin hablar. Le pregunte como estaba y me contestó que estaba lo mejor que se podía estar. Tenía los ojos vidriosos y se movía de forma repetitiva, el libro descansaba sobre la mesa y tenía un marcador en una hoja. Me dijo que hacía mucho que no nos veíamos y le pregunté en que andaba. En esto, me respondió, acá, pasando el tiempo, descansando. El otro día lo vi a César Rey. Me quede quieto, hacía mucho que sabía quien era ese personaje pero nunca se lo había sentido nombrar. Preguntó por Dora. El taximetrista se levantó y nos miro a los dos. Le dije que estaba bien, tranquila, casada. El taximetrista volvió al sillón creyendo darse cuenta que hablábamos de diferentes Doras. Aunque Gabriel Gimenez y él hablaban de la misma Dora. Yo hablaba de otra Dora, la Dora que todavía perduraba en mi mente, pero que iba mutando lentamente en ese lugar.
Mirando la biblioteca estaba leyendo lomos, Raymond Chandler, Proust y cosas así. En un momento llegue a leer en un libro muy gastado y roto; se leía, todavía se lee William Faulkner. No sé que ejerció el nombre de ese premio Nobel en mi mente que me dejo pensativo escuchando las historias del tal César Rey tan repetitivamente que en algún momento llegue a conocer al tal Rey de toda la vida. En algún momento, de algún recodo escondido de mi mente me llegó la información solicitada, y le pregunte a mansalva sin saber por qué ni que efecto iba a generar si él conocía o había leído alguna vez a Juan José Saer. En ese momento todo se quedó quieto, los pájaros que cantaban afuera, el sonido del disco a 16 RPM que giraba, la voz de Gabriel Gimenez que no había cambiado ni un ápice en mi recuerdo, los autos y los camiones. Todo quedó suspendido en el momento, como si hubiera tocado una tecla desafinada en un concierto en la Scala de Milan, como si algo tabú había sido tocado. Algo que no entraba en ese universo de ficción, en mi universo de ficción. Sentía que era la ultima vez que iba a intentar generar una cosa fingida. El disco siguió sonando, los pájaros volvieron a gritar sus molestas melodías, las voces y los camiones volvieron. Solo escuche que Gabriel Gimenez me respondió que no. Que no lo conocía ni lo había leído, aunque en la ciudad había vivido alguien con ese nombre alguna vez. Ya estaba lejos, en París. Me dijo. Me quedé pensando de dónde había salido esa pregunta. Le inquirí si sabía algo de Carlitos o de Horacio. Me contesto que el otro día había pasado Horacio, se había quedado ayudándolo un rato cuando lo habían fajado al otro, señalándome al taximetrista. Lo mire, pero el taximetrista seguía tirado en el sillón, dormitando o no queriendo estar con nosotros.
Estuvimos luego un rato en silencio, mientras intentaba recordar mi día. Había lagunas que me faltaban, pero era un día como cualquier otro. Levantarse, mirar el río, ir al bar de la galería, tomar algo, ir a ver a los amigos y trabajo y seguir. Sentado en la mesa me quede leyendo el diario La Región un buen rato, saltando de nota en nota, sin que ninguna terminara de interesarme. Leí, eso sí, la sección del tiempo del diario, sabiendo que era una lotería, que podía ser cualquier cosa. Atentamente leí que el día iba a ser un día agradable de verano con altas temperaturas y gran humedad hasta bien entrada la noche. Iba a ser difícil dormir, tal vez habría que dejar la puerta y la ventana abierta para que la brisa nocturna se turne de pieza en pieza. Me quede tranquilo, había hecho mate y la noche estaba cayendo mas lentamente de lo que recordaba que había caído el día anterior.
Gimenez se había metido en el baño, se sentían sus aspiraciones pronunciadas. Luego salió tranquilo tambaleando y se volvió a sentar. Miraba los libros. Pienso que tal vez leer en ese estado debe ser totalmente diferente que leer en sobriedad. Agarre la pava que estaba entre mis piernas y me cebe un amargo, chupando la bombilla me di cuenta que el diario se había acabado y estaba leyendo noticias mas atrasadas que las de la mañana. El diario siempre es un medio que corre desde atrás y leyéndolo a la tardecita o a la noche no hace mas que atrasarlo más. Termine el mate, me pare y desperté al taximetrista que con un susto abrió los ojos.
Era ya de noche cuando nos fuimos, Gabriel Gimenez nos miraba alejándonos desde la puerta del hotel, no saludaba ni nosotros lo hacíamos. Las luces del camino iluminaban la ruta a la ciudad. Cada tanto algún camión o auto con las luces mal reguladas nos enceguecía. Anduvimos así hasta que llegamos a un puesto de la policía caminera, reducimos la velocidad y saludamos a los policías que nos devolvieron el saludo tocándose la gorra. El Chevrolet volvió a rugir y anduvimos un buen rato a oscuras. A lo lejos se desplegaba el puente colgante y volvimos a entrar a la ciudad. El taximetrista me preguntó dónde quería bajarme. Le indique que me dejara en el bar de la galería, iba a ver si había alguien con quien tomar una ginebra.
Me dejo, el tomo dirección del correo central donde esperaría a sus clientes en el bar del correo escuchando las historias de los otros chóferes, tal vez se encontraría con Coria que volvería del Mercado Central, le invitaría un café y volvería a la pensión para dormir y empezar todo de nuevo.
Entré al bar de la galería y busque para ver si encontraba a alguien. No había nadie, según me contó la chica de la caja ya se habían ido. Pague un ginebra y me la tome lentamente, degustándola. Fui al baño, en el mingitorio descargue toda la ginebra y el mate. Al salir un par de bedeles estaban poniendo las sillas sobre las mesas. Salí tranquilamente, camine por la costanera y me dije que al otro día iría a Colastiné a hablar con Washington o el Gato, si todavía estaba por allí en su quinta.
Anduve mirando el río hasta llegar a casa, allí me tire en la cama en la oscuridad pensando en como sería mi vida si fuera distinta. Pensé en Gabriel Gimenez; me di cuenta que estaba bien, mientras los ojos se me fueron cerrando y me fui quedando dormido.


6 comentarios:

l dijo...

Yo sabía que lo ibas a postear.
En un rato lo leo.

Beso.

l dijo...

Mentira.
No lo voy a leer nunca.

Es muy largo.
Es muy anti-blog.

l dijo...

Y ni se te ocurra hacerme tachito de basura...

l dijo...

Bueno, si querés lo leo.
Pero después.

Julia S. dijo...

Me gusta cuando hablás de los chicos en tu relato.
Mañana sigo leyéndote el diario íntimo, S.

Por ahora, me voy, amándote.
Y fumando este cigarrillo.

Y preguntando por qué no te estás acostando conmigo en este mismo momento.
Y con quién estarás.

Ah. Saludos, Lauri. Hace mucho que no te veo. Saludos a G.

l dijo...

¿Cómo conseguir que me creas que te leí?
Cito. "Gabriel Gimenez esta volviendo porque todavía no termino su paso de oruga a mariposa; una vez que pueda volar nunca mas volverá por estos pagos."

Me sorprende ALTAMENTE Y SATISFACTORIAMENTE cómo has avanzado con el uso de los tiempos verbales.

"Solo hay uno que sabe que es la realidad y que es la cosa fingida. Gabriel no sabe cuál es la cosa fingida y cual es la realidad. Él esta viviendo su ficción. Me aterroriza pensar que yo estoy viviendo mi propia fantasía, que yo estoy viajando a otro mundo. Puedo perder tarde o temprano la compostura, dejar de ser. Dejar de ser real y pasar a ser fingido."

Y tenías razón.
Valía la pena ser leido.