miércoles, noviembre 11, 2009
Oda al cenicero.
el cigarrillo reposa,
el humo en el aire,
Las cenizas descansan,
sólo un rato,
y luego
mueren.
En su lecho
cobija
la muerte.
Arriba
y abajo.
El cenicero
es
cenizas
cenizas
cenizas
cenizas...
martes, noviembre 03, 2009
Poetas del vacío.
El viento le vuela los largos pelos castaños y cada tanto se saca el palillo fino y pintado que se había comprado la calurosa noche anterior y se lo pone. Cuando sus ojos se cruzan a los dos se le ilumina la sonrisa y se mandan besos desde lejos. El muchacho con un sombrero ridículo y una camisa escocesa con colores brillantes les trae los sándwich que habían pedido un rato antes, luego de una amena discusión entre dulce y salado, la hora y el deseo de hacer feliz el uno al otro pensando más en el prójimo que en uno mismo. Él agarra uno primero y le da una mordida, ella lo hace luego y con su mirada cada uno sabe que la decisión fue la mejor que podrían haber tomado, aunque ella piensa por lo bajo que tal vez sea poco para los dos.
El viento fuerte le mueve los largos pelos castaños y cada tanto se los mueve con las manos abiertas y le sonríe. En una mano tiene el emparedado y con la otra sostiene un mechón de pelo para que no se le vaya contra la frente. Mira el puerto donde otro de los camiones cisternas entró para reabastecerse de agua de río.
- El momento que más me gusta es cuando entran de costado para no llenar de la cabina de agua. Si yo manejara – dice ella, con una gran sonrisa – pararía por debajo del chorro, y entraría derecho y no con la vuelta que ellos dan.
- Entran marcha atrás para no mojarse, ya que tienen la ventana abierta, y además porque así no encienden el limpia parabrisas. – Le dice él dándose vuelta sobre su cuerpo y mirando el gran chorro que está llenando el camión cisterna.
La conversación se apaga por un rato, cuando el camión pasa por la calle de la costanera, la parte de arriba de la calle y se va para el norte de la ciudad, para las playas nuevas y el arroyo de la Leche. Su mirada se queda puesta sobre la calle y mirando por las paralelas. Un par de muchachos pasan por la vereda caminando y conversando. Él se los queda mirando mientras mastica, pensando en qué estarían hablando. Los ve alejarse y doblar por la ochava a lo lejos.
El viento fuerte le vuelve a mover los largos pelos castaños y cada tanto sonríe con algo de incomodad, y él la mira y le dice:
- ¿Existirá algún movimiento cuidad en esta ciudad, Julia?
- No lo sé. Tal vez exista algo, en todas las ciudades tiene algún que otro poeta que anda intentando encontrar gente para la causa, S.
- Venir desde chico para este lugar y nunca encontrar alguien con un libro, o no recordar nadie con algún libro en la mano. Nunca imaginé que alguien pudiera escribir en este lugar, pero tiene que haber alguien que tenga algún movimiento, ¿no?
- Lo más probable es que lo haya.
- Sí.
- ¿Cómo imaginas un movimiento literario en esta ciudad, S?
- Vos primero, Julia.
- Un grupo pequeño de muchachos; poetas, en su mayoría...
- ¿Por qué los poetas necesitan juntarse en grupos? – La interrumpe.
- No lo sé – Le responde ella y volviendo al hilo - … No tengo un nombre definido pero sus actividades son pintadas en lugares, escribiendo con pinturas y con murales informativos y cosas por el estilo. Ahora vos.
- Mi imaginación me dice que son un grupo de poetas como los tuyos, que se juntan en los cafés del centro pero que sólo se dicen poetas, ya que ni escriben ni recitan ni nada que hagan los verdaderos poetas. Son poetas porque tienen obra futura por delante pero sólo eso.
- Otra vez, tu idea es mejor que la mía.
- ¿Por qué, Julia? – Le dice él mirándola a los ojos.
- Porque tu idea tiene más estructura, analiza el vacío en vez de la obra, o mejor analiza el vacío como obra, otros temas como puede ser algo más bien social, que tiene que ver con los grupos de poetas, y no con la poesía en sí. Son poetas en el vacío siendo que pensamos que acá tal vez no hay, no lo sabemos de hecho, algún movimiento literario. Me gustan tus poetas del vacío, de existir, deberían existir en esta ciudad.
Dejan la conversación en ese punto mientras él come el último y le da un pedazo a ella, lo comen a medias. Ella toma su pinta de cerveza negra y artesanal. Él toma su exprimido de naranja mientras piensa en una propaganda de la tele donde el protagonista decía: “No es nada acido” y se lo dice. Ella le responde que pensaba que podría serlo.
El viento fuerte mueve sus cabellos largos y castaños, cada tanto ella le tira un beso y él se lo responde. Ella juega con sus cabellos mientras un auto para detrás suyo y estaciona. Pasa por detrás de ellos una porción de tarta de arandanos – piensa ella – y él se da media vuelta para mirar el río que está muy picado, viendo que pasa la camioneta de prefectura con el jet sky, se ríe. Ella se recoge el pelo y se saben amados. En el aire queda la idea de la poesía de la nada, que ella desarrollará en algún tiempo corto en un escrito. Él se rasca las piernas llenas de picadas de jejenes, le dice que hay que rascar hasta que salga sangre, así sale el acido de la picadura. Ella lo hace parar, sabe que le dice esa gansada para seguir rascándose.
El viento sobre fuerte sobre la ciudad de Colon a las tres de la tarde de ese sábado, cada tanto ella lo mira con el pelo en sus manos. Él paga la cuenta y le extiende el brazo para volver caminando hasta el esquife que los llevará por el río hasta la estancia del padre de ella. Caminan por las calles de ripio esquivando el sol de esa tarde calurosa. No sabrán si los poetas se reunirán en su mesa para discutir sobre poemas no escritos y criticar al canon propuesto por la camada actual. Pero eso sólo lo piensa él, mientras ella lo agarra por la cintura. Se besan mientras caminan alejándose por la costanera.
martes, septiembre 22, 2009
Un Pasado Anclado.
Sus recuerdos se mezclan con todas las emociones. Por más que hacía mucho tiempo que no lo veía y que en los últimos años se habían distanciado, tal vez demasiado, por una discusión literaria que habían tenido, él lo seguía respetando y cada tanto pensaba en su maestro con las mejores intenciones.
En ese momento se acerca entre la multitud de dolientes que lloran y acongojados hablan en voz baja para no molestar a los deudos y deudores de sus historias. Tomas Mancuria intenta ver en esas personas la inspiración para tantas historias familiares que su mentor había contado en cuentos y novelas. Pero no veía a nadie que pudiera pensar que fuese alguno de sus personajes. Todos parecían tan reales, tan personas, sin ningún dejo de genialidad, no había luz en todas esas personas como si la había en los personajes. Eran tan ordinarios que por algún instante piensa que la ordinariez se le iba a impregnar a la ropa de luto y que iba a tener que quemarla una vez que vuelva a la reconfortante “Villa Grampa”, su casa, su castillo, su escondite.
Cuando una última persona salió de los pies de su mentor, él se acerca con la mirada puesta en su corbata hecha por otra persona, en sus manos en una posición en la que nunca las había visto y en sus ojos cerrados, así como la boca. Deja caer alguna lágrima en la soledad de la sala oscura y solitaria. La noche entra por un tragaluz abierto que deja entrar el viento frío a la sala húmeda. Lo mira a la cara y piensa en todo lo que vivieron juntos.
Y tuvo razón, nunca Tomas Mancuria pudo dejar de escribir. Aunque sí pudo dejar de publicar, y así se trasformó en un mito viviente de la literatura trivial que escribía, que todavía escribe. Alguna vez él le dijo a su mentor que la literatura que escribía era literatura tribal, siempre sobre las mismas cosas, siempre sobre las mismas cosas, siempre en el mismo lugar. Y su maestro se rió largamente, hasta que termino tosiendo fuertemente.
Intenta recordar cuál fue la primera vez que lo vio. Sabe que la primera vez fue en la calle Cramer, cuando Tomas Mancuria iba para un tugurio cerca de las vías en la calle Amenabar. Se cruzaron en una esquina y él lo miró, aunque su mentor ni se percató que él hubiera estado allí. Cambió radicalmente el curso y dejo esperando a la señorita que lo esperaba y siguió al autor publicado, que había reconocido de las solapas de los libros que él leía en la biblioteca Mentruyt. Lo persiguió como un detective persigue a un asesino, buscaba pistas en el camino, pero el algún momento, en alguna vuelta de la esquina lo perdió. Misteriosamente casi como había aparecido se había evaporado con una ráfaga de viento huracanado invernal.
Aunque también sabía que esa no era verdaderamente la primera vez que se habían encontrado. La primera vez que se habían visto había sido en los anaqueles de la vieja estantería donde su tío lejano guardaba todos los libros que había leído. Las letras barrocas negras en fondo blanco le habían llamado la atención, había leído el nombre del libro – que en ese momento no sabía si era novela, cuentos, filosofía o crónicas criminales que tanto le gustaban a su tío y que cuando le dejó su biblioteca como herencia leyó vorazmente – el cual era: Anclaje. El joven Tomas Mancuria intuyó que el libro era del estilo de aventuras al estilo Moby Dick que tanto había leído y releído en esa época de su vida. Lo sacó del anaquel y se lo ajustó a su cuerpo por debajo del pantalón y lo camufló lo mejor que pudo con su camisa blanca veraniega. Su tío no dijo nada, aunque tiempo después supo que lo había visto hacer todo eso desde la puerta y desaparecer cuando se acomodaba la camisa blanca de mangas cortas. Esa misma noche empezó a leerlo y se sorprendió por la prosa que le hablaba solo a él, que le susurraba con palabras que necesitaba escuchar. Ese fue el momento que supo que quería escribir. Desde ese momento, desde ese día, desde esa lectura él hizo todo en pos de conseguir ese objetivo.
Anclaje le dio un motivo en la vida. Y todas las demás novelas y libros de cuentos que había leído de su mentor lo habían llenado de desesperanza al pensar que él nunca podría escribir ni tan bien ni contar las historias que su mentor contaba. Y en ese momento Tomas Mancuria lo ve con las manos cruzadas sobre su pecho, sosteniendo una flor solitaria que tiene la leyenda: “Tus bisnietos”. Y lo mira y escucha el susurro de la palabra que quizás en otro contexto podrían haber sido un cuento o una novela. Y piensa en cuánto había aprendido de sus novelas cuando le había hablado sobre su familia en tantos café compartidos y en tantas charlas trasnochadas con ginebra en el Bar de la esquina que no existe más.
En ese lugar que ahora es sólo un galpón vacío cerca de la estación fue donde por primera vez hablaron. Lo vio tan de cerca que pensó que aquella vez que lo había visto por la calle y había desaparecido como en un acto de magia había sido producto de su imaginación. Y tal vez lo fue. Por lo menos a la larga fue un cuento, una ficción que hizo que ganará un premio municipal que fue su primer gran momento con las letras y, aunque estaba seguro que el cuento era mediocre y que pesado contra alguno de los cuentos del escritor de Anclaje no era nada, por lo menos sintió una gran esperanza de poder llegar a algún lado y de poder algún día dedicarse sólo a escribir, como más tarde, mucho más tarde, logró. Pero él entrando en el bar, sentándose en una mesa del fondo, lejos del murmullo, sentarse debajo de la ventana que daba a la calle donde paraban los colectivos, que alguien de otra mesa lo llamara y le presentara a su admirado escritor favorito – en ese momento, luego mentor – lo llenó de emoción y se quedó pensando largamente en el destino y las coincidencias, cuestiones que siempre estuvieron por detrás – nunca explicitas – en la literatura del autor de Anclaje. Ese momento esta pegado en su memoria, él parándose, caminando torpemente hasta la mesa de donde estaban sentados varias personas, sorprendiéndose que allí estuviera su adorado escritor. Y él se quedó toda el resto de la tarde sin escribir y toda la noche hablando con ese señor tan fascinante que ahora contemplaba más viejo y muerto delante suyo.
Esa noche aprendió más de literatura que lo que había aprendido de todos los libros que había leído y de todas las críticas que había estudiado. Por momentos pensaba que todo lo que sabía era irrelevante, hasta que su mentor se quedaba pensando sobre algo que le había dicho y asentía levemente. Siempre con una copa en la mano esa charla se extendió hasta la madrugada. Esa vez supo que a él le gustaba escribir a la mañana, cuando al principio la gente dormía y él levantaba a sus demonios y fantasmas de las tumbas y escondites donde los tenía durante el día. Trabajaba en un banco, era algo de cooperativas, gerente o algo así, viajaba mucho y conocía a mucha gente. La gente no sabía a quién tenía enfrente ya que sus libros – aunque geniales – nunca le gustaron ni a la crítica ni al público lector. Sólo un pequeño grupo de iniciados conocía sobre sus libros, y él de casualidad había sido uno de ellos.
Las tardes pasaban y los minutos pasan por su cara, mientras empieza a llover afuera. Siempre pensó que la lluvia era muy literaria y, en un análisis que había hecho, las cosas más importantes en las novelas de su mentor, pasaban con lluvia. Y a veces cuando no pasaba nada sólo pasaba la lluvia que caía. La mejor descripción de las gotas de lluvia eran de su mentor. Los mejores chaparrones había caído en sus paginas y los habían mojado sólo a sus pocos lectores. Y un trueno. Con un relámpago. El pasado que se hace eco en ese lugar.
El pasado que era eco de cualquier velatorio. Por algún instante tuvo un ataque de ira que la familia haya decidido que lo velaran. Tanto que lo enterraran y no lo quemaran como él quería. Wilmar había sido él que le había dicho que había muerto, Tomas Mancuria no se había enterado. Estaba esperando en un café a que llegara su sobrina, y Wilmar – que él sabía que era amigo de Mariano Sputnik, un querido alumno y amigo – se acercó a él y le comentó todo. Con desparpajo le dio la noticia, y él actuó como si supiera y le agradeció que le haya dicho eso. Sin que llegara el café o su sobrina, se paró sin pagar y salió al aire puro de la ciudad y caminó hasta el primer puesto de diarios. Los compró todos y los leyó pero en ninguna página decía nada sobre el fallecimiento de su maestro. Nada. Ni una letra. Nada. Hacía un tiempo corto la crítica lo había puesto de moda y luego lo había vuelto a olvidar, en un tiempo lo había buscado más que por su obra por su conocimiento de la obra de su maestro – que él había intentando revitalizar el debate. Pero ahora moría olvidado y las únicas personas que le mandaban arreglos florales eran los familiares y los nunca bien ponderados compañeros de trabajo, los del banco o cooperativas.
Lo mira tranquilo en soledad mientras una persona. Un jovencito se acerca y pone las manos sobre el cajón. Sobre el lugar donde están sus pies. Lo mira a Tomas Mancuria. Y él lo mira. El niño le pregunta de dónde conocía a su abuelo. Él le dice que su abuelo era su maestro, que le enseñó sobre la vida y la escritura. El niño le dice que no sabía que su abuelo escribía. Y una lagrima rueda por su mejilla. El chico rubio y de unos doce años mira el piso. Y se va. Como vino. Como había desaparecido su abuelo en un día invernal. Tal vez, piensa, ni siquiera haya existido el niño y sea una ficción mía. Me estaré volviendo esquizofrénico.
La oscuridad lo lleva a una noche, cuando él estaba en su viejo departamento, estaba a oscuras, la luz se había ido en esa tarde y afuera nadie podía caminar por el toque de queda. Los disparos sonaban y las sirenas cada tanto aullaban como lobos que traen el miedo nocturno. Nadie se sentía seguro. Y él en esa buhardilla vivía y escribía, aunque sólo había podido publicar una novela en ese tiempo, escribía cosas por la mitad y las dejaba. Nunca estuvo bloqueado, pero no podía terminar nada. En el piso tenía muchas hojas de algo, algo que veía pero no llegaba a cerrar. Y en la noche la puerta se abrió y entró su mentor, prendió un velador y los ojos no pudieron contener el destello de la flagrante luz. Sobreviviendo a pastillas pensó que su maestro era una alucinación, otra de las tantas que había tenido con él. Este se sentó en el sillón, mientras él con las pastillas en la mano y acuclillado en el piso lo miraba. Le dijo cosas, sobre todo y sobre nada. Le habló sobre él. Le contó cosas que él sabía. Sobre su nacimiento en Brasil, y su literatura sobre el sertón. Sus conocidos brasileros y amistades por correspondencia que todavía mantenía. Y le pidió que le leyeras las hojas en el piso en voz alta, y así fue cómo el libro, el libro que lo consagró y el que los terminó de separar porque Tomas Mancuria no necesitaba más un mentor y este necesitaba otro alumno, fue tomando forma. Ese libro donde la figura del narrador en primera persona de Anclado, vivía en otro siglo y otras latitudes otras historias que discurrían en paralelo a la anterior. Y cómo eso se mezclaba con las otras hojas que estaban en el piso que su maestro ordenó y dio forma. Su historia, la historia que contaba su vida y la narración de esa novela en clave. Ambas novelas respiraban el mismo aire, pero sólo una fue leída y sólo una fue consagrada.
Hasta que las pastillas lo internaron y perdió contacto con la realidad con un tiempo donde era necesario perder el contacto con la realidad. Un instituto donde pensó y repensó el dejar de escribir. Y allí lo vio por última vez, donde le dijo que él nunca iba a dejar de escribir. Y eso fue lo último que le dijo, ahora lo recordaba, mientras miraba la puerta donde los familiares cuchicheaban y ninguno había leído las novelas y cuentos suyos, los del finado mentor. En ese lugar, donde pudo dejar las pastillas y salió cuando todo se había calmado, luego de guerras sucias y guerras locas; Tomas Mancuria tomó la decisión de recluirse cuando su novela fue un boom de ventas y su mentor terminó siendo un personaje de ficción.
En eso piensa cuando sale de la pequeña habitación. Y piensa en eso cuando recuerda las palabras que le dijo la última vez que se vieron: “Eso que me contas, lo de las pastillas y las hojas, yo no lo hice. Y eso deberías escribirlo, aunque yo no te conozca ni vos a mí”.
viernes, agosto 28, 2009
Las escaleras de Odesa.
El café es interesante y es muy rico, aunque no es colombiano. Es de Costa Rica y yo no sabía que allí se podía hacer buen café, pero no es colombiano. Todavía quisiera probar el café colombiano pero el de los ticos está bastante bien. Por mucho café que me tome no puedo quedarme despierto.
Las imágenes son caóticas en sepia. El blanco y negro se adueña de casi todo, salvo en los millones de tonos de grises de las miradas de las mujeres que lloran y los hombres que corren. La masa crítica de soldados se acerca bajando las escaleras, tranquilos en exacto orden militar. Caminan en formación, moviéndose tranquilos, yendo en contra la gente. La escalera es una obra de arte en los planos más lejanos. Se nota que la perspectiva juega un gran papel, desde arriba parece sólo escaleras y desde abajo sólo parece descansos, son tantos de cada uno que los ojos se pierden mientras el olor a pólvora debe infestar todo el lugar.
El sonido es de las imágenes. La música es el movimiento. Las cosas pasan sin que nada pare y pasará siempre que eso suceda. El sepia y los cortes en negros con letra cirílica. La gente abuchea porque no entiende las cosas que dice mientras la orquesta impávida sigue tocando, porque la banda siguió tocando. Las explosiones de la artillería cada tanto llenan las imágenes. Los soldados se mueven a una velocidad irreal, se mueven casi como si no fueran personas, se mueven como maquinaria a revoluciones por minuto. Todos toman el rifle que llevan de la bandolera y apuntan. Al unísono, mientras el caos y el descontrol hierve a la masa proletaria que corre y se pierden entre ellos. Con los rifles apuntando esperan que el oficial les de la orden para apretar el gatillo. Al bajar la espada, reluciente en blanco, los soldados apretan el gatillo y una nube que se presume ocre y pálida sube desde los cañones mientras los civiles caen al piso.
En algún momento, bajando por las escaleras. Por los cientos de escalones un carrito de bebe cruza por la pantalla y se trasforma en una de las escenas más recreadas de la historia. Pero los cadáveres y el olor deben llenar esa tarde imaginaria en la Odesa de principios de siglo. La música puede seguir pero los corazones se paralizan y el publico sólo tiene ojos para la desesperaciones de su propia alma. Las cosas que pasan llenan de efecto revulsivo la esperanza de los espectadores por un mundo más justo, mientras el barco es tomado por la gente y la ciudad, que luego será heroica, se desplaza del mar Negro al corazón de la gente.
Y de pronto palabras en castellano de distintas extensiones y calores, se encierran en mi pecho. Las palabras vuelan y se mezclan con el sepia tapando con nuestro alfabeto a las palabras en cirílico que antes veía. Todas las palabras son en mi mente recreadas y puestas en frente de mi recuerdo. Las palabras vienen sin conjunción u orden sintactico. Vienen solas, como monjes buscando su monasterio. Sé que forman algo pero nada tengo. Están allí, viniendo entre mi huida de las ciudades en la antigua Unión Sovietica y volviendo a mi momento. A este momento.
Porque salgo de la cama. Dejándola a ella, mi novia, durmiendo tranquila. Por un instante la miro mientras intento retener las palabras en mi cabeza para llegar a mi Moleskine que está en el bolsillo interior de mi saco que reposa sobre la silla cerca de la mesa. Siento que las palabras, todas, las soñadas y las creadas son para ella, para poder decirle cuánto la quiero y la necesito. Ella duerme, tranquila, imperturbable. No ha sentido que yo he salido de la cama y me he sentado para mirarla, despertándome con las palabras atragantadas en el alma como si de un mal sueño se tratara. Tiene la boca un poco abierta para respirar mejor, y su olor es divino. No hace ruido más que un leve susurro. Levemente, me deshago de las sábanas que todavía rodean mi pierna y doy pasos disimulados. Sólo la ilumina la luz nocturna que entra como un resplandor por la ventana abierta.
Camino tranquilo hasta el escritorio y me siento allí. Miro por el gran ventanal abierto. Veo la calle de la costanera iluminada sólo por pequeños reflectores y el ancho río Uruguay que se agita en una noche picada. Las estrellas reverberan en el agua que siempre se mueve. Me quedo absorto con el paisaje y me doy cuenta que hace años que no veo todo lo que se me despliega delante de los ojos. La ciudad de la infancia, la ciudad de mi abuela y la que despierta viajes fantásticos desde el mundo este hasta el más allá. Una de mis tantas ciudades fantásticas donde la ficción de mi recuerdo pasea mezclándose con la no-ficción de lo vivido.
Siento que mi amada se mueve en la cama y la miro, con mi mano en la lapicera Mont Blanc. Como si ella fuera mi lapicera con mi dedo la rozo levemente para sentir la suave piel. En unos instantes de furia, en una página en blanco anoto todas las palabras sueltas que antes tenía dentro de mí. Primero las anoto como vienen, sin sentido, sin orden, sin instrucción de nada. Luego las releo y busco en ellas algún sentido que me indique algo, algún qué para hacer con ellas. Pero el esfuerzo es fútil, las palabras están allí dispersas, ajenas a mi comprensión. Me doy cuenta, casi sin realizarlo, que vinieron a mi las palabras de un poema.
No soy poeta. No entiendo de métricas, menos de rimas asonantes o de cualquier técnica que tenga que ver con armar algo en ese estilo. Tal vez es algo que me gustaría poder hacer, pero como tantos otros narradores, no tengo la paciencia para jugar con ese instrumento. No tengo el poder de generar lo que hay que crear para mostrar. Como tantos otros tuve que dejar los versos y moverme a la prosa donde los errores están diluidos en un montón de palabras. No puedo ser poeta porque no puedo buscar mil años por la palabra perfecta en el lugar perfecto. Pero en este caso una parte se me ha allanado. Tengo todas las palabras en algún orden de un perfecto poema. Y creo que sé qué es lo que quiero decir con todas esas palabras. Me doy cuenta que es un poema para ella que está dormida a mi costado, o lo que era mi costado.
Intento devanar las palabras e intentar darles el orden correcto. Uso hojas y hojas de mi Moleskine para encontrar el poema que está ahí. Creo varios, cada variación de palabra crea algo ajeno a lo que estoy buscando, pero que a su vez es algo hermoso. Sé, me doy cuenta, que allí hay más hermosura de la que me siento capaz de pulir. Y sigo con el juego, moviendo verbos en un mismo tiempo de lugar, cambiando adverbios para crear lo que quiero e intentando devanar conectores. No encuentro lo que busco, cada paso que doy me muestra que la tarea es larga y el esfuerzo mucho. Sé que me pierdo en este camino mientras el cielo clarea y la taza larga olor a café costarricense.
Espero. Me doy cuenta que a veces hay que esperar a que la musa se pare en tu hombro y te dicte algo que te lleve. Pero la musa está dormida a mis espaldas, sé que se mueve, siento su movimiento con mis oídos y el alma. Respiro lentamente, y siento amplios deseos de arrancar las paginas de mi libreta y hacerlas volar con el viento que mueve las estiradas hojas de los sauces de la playa. El río está bravo, mientras los primeros pescadores de la madrugada caminan por las playas de arena amarrilla.
Escucho ruidos en la puerta. Una llave parece intentar entrar en la cerradura. Yo sé que la puerta está abierta y casi en ese mismo momento el que está afuera se da cuenta que la puerta sin llave ni cerrojo. Agarro un jarrón que tengo a mano en el escritorio para golpear el intruso. La puerta se abre y trastabillando entro yo. Yo me quedo mirando a mí, mientras yo lo miro a él, que es yo pero que no soy yo. Nos miramos. O me miro. O nos miro. Él se queda mudo y yo no sé que decir. Tengo en una mano el jarrón y en otra mi lapicera. Camina lentamente y se sienta cerca de mi, él está menos shockeado que yo; pero no se lo nota impertérrito.
Me susurra por lo bajo:
- Vos sos yo.
- Sos mi doble. – Le digo.
- No. – responde, debería decir respondo.
- ¿Qué sos?
- Tu yo-personaje.
- ¡¿Mi yo-personaje?! – Le digo en un grito susurrado para no despertarla.
- Sí. – me dice entendiendo todo.
- No entiendo.
- Cada vez que vos hablas de vos en algún cuento o lo que sea, y te nombras (o no), ese ente que sos vos, soy yo.
- No entiendo bien, tal vez es la madrugada.
- O tal vez estás haciendo que no entendes aunque sabés todo lo que va a pasar.
- Tal vez. – Le digo mirándolo raro. - ¿Y qué haces?
- En realidad, te tendría que preguntar eso a vos.
- ¿Por qué? – Empiezo a exaltarme.
- Porque vos no normalmente no pisas este mundo. Este mundo es el mío, es tu espejo, no ves que todo está al revés. Tenés la lapicera agarrada con la mano izquierda y escribís en una libreta que todavía no te regaló.
En ese momento me empiezo a dar cuenta de todo. Y se lo digo. Busco en la libreta las palabras que había escrito luego del sueño de la batalla, le pregunto pensando que tal vez todas esas palabras para él tienen el significado que sé que tienen que tener pero no se las puedo encontrar. Me responde que no, mientras por lo bajo, mirando el río un poco más iluminado – el sol está saliendo por detrás de la cortina de árboles verde de la otra costa – canta las siguientes estrofas: “Quisiera morir ahora de amor / para que supieras cómo y cuánto te quería”. Y me lo quedo mirando, recordando las palabras y la entonación de la canción. Recordando esa mañana de martes en que iba por la calle Croce en mi ciudad, tranquilo, escuchando la AM. Y doblando para agarrar la avenida Alvear, allí aparecieron esas magicas palabras y en la única persona que pude pensar fue en ella, que ahora ronca un poquito con extraña entonación de amor. Esas palabras que canté varias veces por tantos días sólo para pensar en ella solamente; mientras me hacía el ofendido por cosas tontas y no tenía ningún contacto posible con su ser cercano pero lejano por la acción de un océano que ahogaba mi canto de palabras ajenas y de amorosas caricias.
Lo miro como él me mira, me mira como un espejo desde el otro lado pero imitando todos mis movimientos. Él me mira como ficción y yo soy su ente no-ficcional. No entiendo porqué pero él parece saber más que yo de mi. O tal vez sabe más que yo de él mismo.
- Ni siquiera necesitas explicarte – Me dice – sé porqué estas acá.
- Por favor levanta el velo que me estás haciendo sudar la gota gorda con la emoción de saber qué es lo que pasa – le digo mientras pienso que es extraño que yo diga algo así.
- Es extraño que vos digas algo así, lo que te tiene que demostrar que no hablas con la boca sino con los dedos. Yo soy tu creación, soy tu yo de este lado. Vos, simplemente, te metiste por un momento en el cuento para verla a ella. Esto que estamos sintiendo ahora es simplemente lo no-narrado de un cuento en que vos, yo, estas en la ciudad de tu infancia con ella. Y vos, querías estar con ella, porque hace mucho que no la vez, y te metiste acá para dormir un rato con ella. Todo es un poema para ella, no la sentías hacía demasiado tiempo y estabas acostado con ella, para sentir su piel, para sentir su alma, para sentir su amor.
- Pero entonces, ella también es el doble de mi novia.
- Sí. Ella es la creación de ella. La que duerme allá, tan apacible, tan hermosa, con esos ojos cerrados que siempre sentís que se pueden abrir en cualquier momento, y que de hecho el otro día admiraste por largo rato antes que le apagues la luz para que duerma más tranquila después del largo viaje, es tu ficción de tu novia. Es mi novia y no la tuya. La tuya en este momento está de viaje. Aunque siento que atrasaste tanto este proyecto que ya se lo contaste en un restaurante algún lunes primaveral en invierno.
Lo miro, entiendo todo. Entendiendo el café, la lapicera y la Moleskine que hoy no debería tener. Es un resabio del futuro que se entremezcla en una ficción pasada. Miro la libreta con las palabras escritas y sé que en ella sólo hay escritas algunas palabras como: Entelequia, fuerza centrífuga y fuerza centrípeta.
- Todo esto es ficción.
- Todo esto es ficción y vos lo sabías desde que te levantaste de la cama o que sentiste el café costarricense.
- ¿Y todo lo de las escaleras de Odesa?
- Es un eco, una pista, un susurro.
- Ya que tampoco nada de eso paso. – Le digo.
lunes, agosto 17, 2009
Los que recitan.
Las nubes están bastante oscuras en el cielo y tapan la luna, que algunas veces se ve por los efectos del viento y muestra cada tanto su luz. Él está seguro que en algún momento de la noche se va a largar a llover fuertemente, esa vez el pronostico meteorológico puede llegar a tener fortuna – mucho más que ciencia. Él se pregunta por qué muchos cuentos y novelas empiezan con la descripción del tiempo. Pero sin embargo está mirando el cielo mientras camina, y a nadie le importa ya que va solo por la calle. Algún que otro colectivo pasa por la avenida pero ningún auto hay en la calle oscura por la que va caminando ese día de semana. Recién ha pasado por la estación de servicio Shell que está en la esquina de la avenida con la calle por la que viene caminando desde hace un par de cuadras – desde la casa de Marianela – y allí vio que los playeros estaban jugando a las cartas sobre un surtidor. Él asumió que estaban jugando al truco, pero en ese momento no está seguro de nada y piensa que pueden haber estado jugando al póquer por dinero, aunque le parece mucho más divertido y nacional, que hayan estado jugando al culo sucio o a la escoba. Pero son cosas en las que piensa porque no tiene nada más que pensar. O porque está aburrido mientras camina a paso lenta pateando una piedra amorfa que va para cualquier lado cuando le da con fuerza – o sin ella.
Da un rodeo innecesario al girar en la esquina para el lado equivocado de la calle – el derecho – una cuadra antes del giro que tiene que dar para llegar a donde le parecía – ya que en ese momento al dar vuelta para seguir tomando aire por el lado equivocado – quería ir. Sin embargo camina por entre el viento, que mueve todas las hojas de árboles secas que pisa y aplasta con ese sonido rasposo. También vuelan algunas hojas de diario picadas que no sabe porqué están ahí ya que la cancha de fútbol donde se ha jugado la última fecha del campeonato clausura – que inicia el año – está a muchas cuadras de distancia. Pasa por unas rejas verdes muy grandes que le gustan mucho y se pone a mirar la casa inglesa que se vende. Se queda mirando y leyendo el cartel que dice: Arquitecto Paparrigópulos, un extraño nombre griego. Se queda pensando contando las letras del apellido, si le tiene que sonar porque es el arquitecto que hace todos los edificios bacanes de la zona o si es por otra cosa que le tendría que haber sonado. Mira la casa, mira el cartel, mira el apellido contando todas las letras que se juntan para formar ese cacofónico apellido. Hace todo dos veces, como si el narrador del cuento no sabría bien qué hacer con él, su personaje. El recita – en voz baja, para él, como siempre debería ser – “la purísima región del arte inmaculado”; no sabe bien por qué la cita ha venido a él con fuerza desmesurada. De pronto, nota que una leve niebla empieza a caer con la noche, y esa se va espesando lentamente, hecha de gases y humedad que va cayendo sobre la vereda.
Da vuelta de nuevo, esta vez gira a la derecha y camina por la calle paralela a la que venía. Camina toda una cuadra sin que pase un alma, ni un alma, pero sí un sonido de la larga bocina de un tren pasando por la estación – que está a una cuadra. Camina tranquilo hasta llegar a la calle a la que quería llegar nada más que ahora se encuentra a dos cuadras de donde quería llegar y antes de doblar estaba sólo a una. No le importa, pero la niebla cae lentamente. Esa nube baja que viaja sola molestando la visión. Algún que otro frenazo se escucha desde la avenida. Todo se le hace muy ficticio, todo se le hace irreal, entre la noche sin luna y la niebla que cae, todo le parece sacado de alguna película francesa donde los personajes deambulan entre el blanco y el negro de la ciudad. Nada más que París está a un océano de distancia, el amor está a unas cuadras más lejos que la ciudad luz y el blanco es cortado por las luces de colores del alumbrado publico y los anuncios de neón que se mezcla con la humedad.
Camina el par de cuadras, ve cómo los colores del semáforo pierden el contorno entre la niebla y el redondel se transforma en una mancha amorfa sin límites fijos. Mientras él piensa que así debería ser la literatura, un lugar sin límites fijos con colores que se pierden entre otros. Nota que el peatón para cruzar está rojo y que la luz le da verde a los autos, enfrente en la estación cree ver presencias, pero no está seguro de ello. Tiene frío y se apea en su sobretodo, se hunde en las solapas para intentar darle un poco de calor a su cuello sin bufanda. Hace unos días hacia mucho calor y hoy hace mucho frío, se dice él por lo bajo en un susurro tirado al aire que se pierde entre la bruma y le llega a nadie ya que a nadie estaba destinado. Camina unos cuantos metros hasta llegar a la puerta del bar “La Guillermina”. Del lugar sale un bullicio inhabitual y está mucho más iluminado que de costumbre. Entre y ve que el bar está repleto de gente joven y una música alta, pero no molesta sale de los parlantes que nunca estuvieron en ese lugar antes. Se queda bajo el umbral mirando a las personas sentadas en todas las mesas, charlando y tomando cerveza – tan poco literario. Hay muchachas caminando entre las mesas llevando amplias charolas de metal, con muchos vasos. Se da cuenta que nadie le presta atención y mira a la mesa habitual de ellos pero esta ocupada por unos seis muchachos que discuten entre el humo de sus cigarrillos aireadamente sobre algo, él piensa que seguro sobre una idiotez. Se da cuenta que no podrá sentarse en su mesa habitual para tomar un café y leer a Guimarães Rosa. Le gustaría estar en el sertón, allí donde el mundo se acaba y está la identidad nacional brasilera, más que nada estar allí porque podría leer tranquil si consiguiera alguna luz en algún lugar. Seguro que algún bar del sertón estará menos habitado que el habitualmente inhabitado bar.
Se siente un tonto esperando en el umbral de las puertas de vidrio, buscando un lugar dónde sentarse. Mira a la barra y ve a Julia Suaznabar apoyada sobre esta leyendo algo mientras que Suaznabar está acodado sobre la barra mirando para dentro del salón mientras cada tanto parece susurrarle algo a su esposa que, por los movimientos de su espalda cuando esté le dice algo, se ríe. Decide que lo mejor será acercarse a ellos, mientras un muchacho está sobre un escenario improvisado contra la pared del fondo – cerca de donde está la puerta escondido que lleva a las mesas de pool y billar – y hace una prueba con los micrófonos diciendo el “1 – 2 – 3 – probando” tan típico de ese momento. Él se acerca y saluda a Suaznabar con un movimiento de cabeza mientras que Julia no se da ni por enterada que él está allí. El patrón se acerca por detrás de la barra y limpiando el lugar con el trapo rejilla que es una parte de su mano derecha le pregunta qué quiere tomar. Le contesta y esté se aleja para ir a buscar la bebida.
«La verdad que venía para leer algo, pero me parece que hoy no es el lugar indicado para hacer eso. Supongo que hoy hay fiesta». Dice.
«Según parece, Mariano, todos estos chicos se reunieron acá porque el patrón, que ahí te trae tu trago, les alquilo el lugar por un par de pesos». Esa fue la respuesta de Suaznabar que se la dijo sin mirarlo y con una cara de asco a todo el movimiento que se daba en el improvisado escenario.
«¿Qué van a hacer?»
«Te vas a matar de risa: Van a recitar poesía». Le dice mirándolo por primera vez en toda la noche y con una mueca de desprecio entreverada con una sonrisa maligna entre los labios. Eso se lo dice así porque Suaznabar tiene una idea sobre lo que piensa Mariano Sputnik sobre el recitar poemas y la literatura hablada.
«No... Dejate de joder. ¿Por qué yo vengo a caer sobre esto? ¿Yo? Estos niños se van a poner a leer sus poesias – que tal vez sean buenas o tal vez seas malas, de hecho no importa – en este lugar, impostando la voz. Haciendo público el ser más personal de la literatura». Y se da vuelta y espera que el patrón vuelva con su bebida en un vaso no del todo limpio. El liquido genera ondas cuando es apoyado contra la barra y por primera vez Mariano Sputnik logra ver qué está leyendo Julia: un cuento llamado “limpiabotas” , le pregunta si el cuento esta bueno y ella con un gruñido parece asentir, pero no está seguro del todo.
Se vuelve a la posición inicial para hablar con Suaznabar, este mira con cara interrogativa y con un poco de desprecio todo lo que están haciendo los chicos en el escenario. Mientras tanto Mariano piensa que deben ser niñitos que le van a recitar poemas de amor y se van a aplaudir entre ellos. Tiene una idea bastante clara del porqué desprecia tanto a los poeta, y más cuando recitan sus propios poemas.
«Dame otra». Le dice S al patrón que casi siempre está detrás suyo, mientras las muchachas – que no son camareras habituales en el antro – se acercan y se alejan de la barra llevando bebidas en su charlo. El patrón le sirve otra a Suaznabar que se la bebe de un trago.
«El acto de la literatura no es como la música – empieza a decir Mariano -, la música necesita un cierto feedback con el publico. Hay una cierta necesidad de retroalimentación entre uno y el otro. Y hoy, con la poca calidad de los artistas que se paran en el escenario, los músicos pierden todo el protagonismo y las llamadas “barras” de las bandas toman el control. Y el espectáculo se lleva debajo del escenario, ellos con sus bengalas y sus canciones de apoyos a los que van a cantar. Un verdadero oximorón. Y los poetas tienen que ser los más destruidos de la literatura. Aunque todos quisiéramos ser poetas. Pero estos se van a parar aquí y van a destruir el acto más intimo de la literatura. Se van a poner a recitar con una voz impostada y ciertos cambios de ritmo sus poemas. Y van a destruir la pureza del acto más individual creado por el hombre: la lectura. Porque la lectura es de uno, es de cada uno el que hace. Y esto es un verdadero show. Luego se van a poner a buscar grupies entre las muchachas del publico. Esto es una porquería de mucha luz, de mucho show, de muchas palabras».
«Puf, todo eso porque vos querías leer acá y estos muchachos no te dejaron». Le dice Suaznabar con una sonrisa en la boca y una carcajada en las últimas palabras. «Pero, bueno, de hecho estoy bastante de acuerdo con lo que decis sobre eso. No del todo, pero sí bastante».
«Deberías estarlo del todo». Y Mariano se para con su vaso y se pierde entre la gente, pero no sale del lugar, sino que anda mirando las caras de las personas que están sentadas y las que andan parando caminando como él entre las mesas. Entre todos se cruza con Ulises, esté no lo ve y se pasan a un metro, él no lo saluda porque sabe que sería un movimiento inútil porque no lo vio. Ulises Margariño camina tranquilo entre la gente volviendo de la sala de pool donde estuvo jugando desde las cuatro de la tarde con el taxista unas cuantas partidas de billar. Ha perdido bastante dinero pero todavía le queda un poco para beber unos tragos y luego – seguro – conseguirá que el taxista lo alcance hasta la estación de trenes que sigue a la que están en ese momento. Llega a la puerta ve que dos parejas heterogenias entran, él ve a Suaznabar acodado en la barra y a Julia sentada leyendo algo, mientras cada tanto su marido le hace algún comentario que hace reír a la esposa, aunque esto lo sabe por el movimiento del cuerpo de Julia que parece que ríe. Se acerca y se siente en el taburete que dejó vacío hace unos instantes su amigo, Mariano Spunik.
«Llegué acá a las cuatro de la tarde con el taxista. Como siempre, acá no había un alma más que algún parroquiano perdido en su nube etílica. Seis horas después salgo, con muchos menos billetes que antes, y este lugar está lleno como nunca y unos niños están sobre un escenario que antes no estaba». Esto lo dijo sin saludar a Suaznabar, pero sabiendo que eso es algo así como un saludo entre ellos.
«Según parece, Ulises, todos estos chicos se reunieron acá porque el patrón, que ahí te trae tu trago, les alquilo el lugar por un par de pesos». Ulises piensa, ¿me trae un trago? Y al rato el patrón aparece con un vaso con alcohol, que no es su veneno habitual pero que en ese momento le viene bien.
«¿Qué van a hacer?»
«Te va a generar una sonrisa: Van a recitar poesía». Le dice mirándolo por primera vez en toda la noche y con una mueca de desprecio entreverada con una sonrisa maligna entre los labios. Eso se lo dice así porque Suaznabar tiene una idea sobre lo que piensa Ulises Margariño sobre el recitar poemas y la literatura hablada.
«Mira qué bien que la juventud se reúna a algo así. Aunque te voy a admitir que hay algunos que recitan como actores y eso me genera una repulsión grotesca». Le dice mientras toma un largo trago.
«Recién estuvimos hablando de esto con Mariano que anda perdido entre la multitud.». En ese momento un muchacho empieza a recitar un poema que dijo que es de su autoria. A opinión de Suaznabar el poema no es del todo malo, aunque con eso tampoco es del todo bueno, pero el recitado le resta montañas de potencia. Ulises está bastante de acuerdo con esa sentencia aunque para él el poema es más malo que bueno en la balanza.
«¿Sabés que me genera esto?»
«¿Qué?» Le pregunta sobre un par de versos de otro poema recitado ahora por una chica.
«Se me hace que el recitado es algo así como la película para la novela. Normalmente las novelas son mejores que la película, porque casi siempre la novela puede ahondar en datos, circunstacias y cosas así. Como así muchas veces la novela toma métodos narrativos que la película no nos ofrece. Muchas veces la novela intenta destrozar el genero, mientras que siempre la película juega con el canon. Y que mientras la novela es el esfuerzo de uno, la película es un conjunto de voluntades. Lo mismo que acá, uno recita y los otros aplauden o abuchean».
Suaznabar asiente pero parece no haberle prestado atención, mientras que Ulises gira en el taburete de madera en el que está sentado y le hace a la distancia al patrón que le traiga otra ronda de su bebida. Por primera vez puede ver que Julia está corrigiendo un texto que se llama “limpiabotas”. Ulises le pregunta si el cuento es bueno y ella le lanza un gruñido que a él le hace pensar que es regular. Espera al patrón que se acerca con la botella en la mano.
«che, ¿Qué fue lo que pasó con esto hoy?»
El patrón, mientras le llena el vaso vació, le dice que hace una semana un par de muchachos le vinieron a preguntar si podía alquilarle el local por tanto dinero y que ellos le aseguraban una asistencia bastante poblada que iba a consumir. El patrón le sigue contando diciéndole que no lo pensó demasiado, que sabía que tal vez le traían algo de gente – aunque nunca pensó que tanta como esa – y que si además tomaban iba a ser un buen negocio. Ulises asintió.
Suaznabar se da vuelta «Todos estos chicos son re-snobs», toma un sorbo del vaso de Ulises y le espeta al patrón «hay que crear una historia sobre una vieja guardia literaria de la zona para que estos muchachos vuelvan y vengan más». Esto ultimo lo dice riendo, pero Ulises lo mira y retoma la idea: «Sí. Con esto se puede hacer algo así. Creamos a varios poetas y narradores de una vieja guardia. Tomamos un par de reales que nosotros conocemos, y lo ponemos aquí como lugar de reunión. Y luego vamos creando además muchos otros narradores y poetas, los juntamos con los reales y vamos creando una meta-historia del lugar, de este lugar y a su vez, de la zona. Podemos ir creando entre todos nosotros – tenemos algo de aptitudes literarias entre unos y otros – escritos de tal o cual poeta o escritor. Así estos pibes se van a ir encontrando con esos escritos o historias, y así van a querer seguir viniendo aquí».
El patrón se ríe de la idea, pero Suaznabar lo mira serio. No está seguro que le guste mucho la idea, ya que lo que tal vez lograría sería que estos pibes estuvieran todos los días en el bar donde ellos están tan cómodos. Aunque a él esas ideas de historias que van por arriba de la historia oficial le gustan mucho, ya que siempre tiene una cierta paranoia sobre algunos momentos, sobre algunas realidades.
«Tenemos este lugar. Hacemos juntar aquí a la “vieja guardia” y les empezamos a dar un cierto toque de genialidad a esos que no la tuvieron. Empezamos a montar un cierto brillo sobre sus poemas, tal vez generando reseñas literarias de la época para que estos muchachitos las lean y este lugar se convierta en la meca falsa de la literatura de la zona». Ulises asiente y sonríe a las palabras de Suaznabar. El patrón no está del todo convencido y se los dice, alejándose con su franela en la mano derecha.
«¿Qué te parece?»
«Una estupidez».
Y se para y entre las mesas escapa a las palabras que resuenan detrás de él. El muchacho en el improvisado escenario del fondo dispara palabras sobre versos sin métrica y rimas asonantes. Le parecía una bella música pero no había nade corazón en las palabras del muchacho, aunque algunos de los chicos que están en las mesas por las que él pasa, dicen entre ellos que eso es el futuro. Mientras escucha eso él se dice que el futuro no existe en la literatura, sólo existe los que no leyeron – si se piensa de un modo ingenuo – a los autores que hicieron eso antes que uno.
Sale y se da cuenta que la niebla lo ha cubierto todo. Cuando él había llegado a ese lugar había un sol muy en lo alto del cielo con un cielo celeste primaveral. Se apea en el saco y se mete las manos en los bolsillos. Mira para un costado y para el otro, mientras escucha aplausos detrás de él. Una chica empieza recitando versos suyos de una manera un poco más pulida que todos los demás. No quiere escuchar nada más, está cansado y no tiene casi dinero, se da cuenta que no pagó cuando salió, pero seguro la cuenta o quedará para pagar o la pagará Suaznabar – cosa que le parece bastante improbable.
Camina derecho cruzando la calle y llega a la plazoleta. Busca entre los autos y ve que está el taxista medio dormido en su Peugeot 504 blanco. Se sienta en el asiento trasero y le dice que lo alcance hasta la estación anterior – o siguiente depende de cómo y dónde este uno.
El auto arranca encendiendo los faros, iluminando poco entre la espesa niebla que tapa la noche y las nubes de lluvia que no van a caer esa noche. Ve poco desde el asiento trasero y el taxista le habla sobre el rugido del motor y la radio AM que suena despacio por los parlantes traseros. Mira por la ventanilla no dándole ninguna bolilla a las palabras ni de uno ni de otro.
Lo deja en la estación y tiene que caminar un par de cuadras cortas. Pasa por un edifcio chico que se está construyendo y lee el cartel: Arquitecto Paparrigópulos. Se queda pensando en ese nombre, y se da cuenta que le suena de algún lado. Pero no sabe de dónde, mientras la niebla lo enreda por el camino que va y se mezcla entre sus pensamientos. Camina pensando en el apellido griego de ese señor, y se da cuenta que el arquitecto de la zona, no es ese. Se da vuelta para mirar el cartel pero la niebla lo tapa, vuelve sobre sus pasos pero la niebla se hace mucho más espesa, y no llega a ver nunca ese cartel. Ese cartel con ese apellido cacofónico de ascendencia griega. Da un par de vueltas sobre el lugar que presiente que estaba el cartel, pero no lo ve, no lo encuentra casi como si hubiera sido una visión de él. Se queda pensando en lo irreal que podría ser si se diera cuenta que el cartel es realmente el apellido de un personaje de un libro de un vasco del siglo pasado, mientras la niebla lo tapa todo. Piensa que él mismo podría llegar a ser como uno de esos personajes que estaban hablando hace menos de una hora en “La Guillermina”, tal vez ellos son la creación de alguien que pone las obras sobre ellos y los escribe para llenar algún lugar en alguna zona.
Llega al teatro y entra por la puerta del costado que lo lleva hasta su departamento. Mientras tanto se dice que si él es personaje, o no, lo mismo da, la vida tiene tan poco sentido de una u otra manera. Y se mete en la cama vestido. Mientras la niebla tapa a las nubes negras que se mueven por el efecto del viento dejando cada tanto que el haz de luna penetre entra la espesa niebla para dar un reverbero especial a la ficticia noche.
domingo, agosto 09, 2009
Síndrome de la página en blanco.
Tal vez por eso, al momento en que ella salió, yo me quedé en casa mirando. Así fue como surge todo. Ya que me siento en la computadora y me pongo a escribir. Y miro la página en blanco. Busco en ella algo que me diga, algo para poder escribir, alguna historia qué contar, algo. Pero en la página en blanco no veo nada. Sé que no es irónico, ya que el blanco es la ausencia de color. El blanco nunca puede ser la esperanza, ya que en el blanco no hay nada. Busco en la página algo, una historia, un momento, algo qué contar, pero no hay nada allí.
Pero así como así, sin que me diera cuenta que la página en blanco dejó de serlo, estoy escribiendo. Y sé que estoy escribiendo sobre la página en blanco, ya que no hay nada más que escribir que sobre eso. Y luego el síndrome de la página en blanco desaparece pero sólo por su propio peso. Porque el blanco fue nutrido de otras cosas, de caracteres negros que la manchan.
Pero no hay historia sobre el síndrome. A veces el escritor (Sea profesional o no) se sienta en su silla y mira el vacío, sabiendo que está todo allí, un mundo de posibilidades infinitas que se abre. Puede escribir sobre el espacio (Que es otra forma de vacío), sobre el infinito (que es otra forma de vacío) o sobre el vacío mismo. Y ahí está, sentado, esperando pasar el tiempo escribiendo algo, porque necesita hacer tiempo para llegar a la hora en que ella está viviendo. Cinco horas en el futuro.
Cuento las horas y me doy cuenta que todavía falta un largo trecho para llegar a verla. Un largo tiempo de cinco horas que nos separa. Es horrible estar viviendo en cinco horas de diferencia. Mientras ella está allá, cinco horas en el futuro, esperándome, yo estoy aquí sentado en este presente con una página en blanco que ya no es.
Aunque sustancialmente la página sigue estando en blanco porque no hay nada realmente valido allí, entonces pienso que quizá deba borrar todo lo que tengo escrito volviendo a la posibilidad del principio, que era la absoluta disparidad de futuros.
Acá ya hay algo elegido, pero fue elegido por una fuerza mucho más aleatoria que la lógica que dicta los movimientos del escritor, una espera de cinco horas que se mueven aleatoriamente. Y cuando no puede escribir, un escritor se para, enciende un cigarrillo, de cualquier marca que encienda, si es que fuma. Tal vez ese escritor gusta más de la bebida, entonces va al gabinete de madera de su oficina y lo abre, encontrando allí todos los jarabes que le abren la imaginación. En el éter va encontrando la inspiración que lo puede llegar a matar a esa hoja vacía que tiene abierta. Tal vez se le ocurre un inspector que está esperando en su auto mirando un edificio más allá en el camino, inspeccionando los movimientos de la gente que lo rodea, rememorando un pasado donde le pasaron el dato de a quién tiene que esperar y de cómo lo encontraron. O puede ser alguien que camine por un campo encontrando pasados que se huelen en el aire que respira, un aire con una mezcla de vegetación y pólvora. Pero quizá no encuentre historia y salga a forjar su historia en la noche (Porque este tipo de escritores escribe de noche).
Hay otro tipo que mira el cursor que titila y se mata pensando en que algo tiene que escribir porque sino se siente un inútil y ahí empieza a escribir sobre algo que le pasa. Tal vez tiene que encontrarse con su mujer en unas cinco horas en el futuro y piensa que puede aprovechar el tiempo para escribir, para ganarse el mango. Pero el blanco lo asusta y también lo asusta cuando escribe pero lo hace mal.
La absoluta posibilidad de la página en blanco se abre para todos los que se sienten ante ella. Y de ahí pueden salir las más maravillosas cosas o las peores. Siempre algunos encuentran algo en la nada. Yo siempre me pregunto cómo lo hacen, ya que si allí no hay nada como pueden encontrar algo. Evidentemente no puedo. Porque acá no hay nada.
Tengo a ella que me espera en un futuro de cinco horas, porque ella está viviendo antes que yo. Y acá me tengo a mí mirando una página en blanco que en realidad desde hace un tiempo ya no lo es. Tal vez tendría que borrarlo todo y volver a empezar, para tener otra vez la página en blanco y poder empezar a escribir algo. Un cuento.
Se me había ocurrido un cuento el otro día. Había un poeta que se sentaba en un bar, y miraba a una mujer. La mujer comía con otro hombre y otra mujer. Estaban en una fonda muy lejos del norte de la ciudad. Más bien al sur, aunque no era lo que se llamaba el sur. Más bien debería ser el centro, pero el centro de la ciudad está en el norte. La mujer comía pastas rellenas y el poeta tomaba algo. O tomará ya que como eso no ha sido escrito tal vez todavía no ha pasado. El poeta intentará crear un poema para ganar a la mujer con sus versos. Intentando escribir el mejor poeta que su lengua le haya dado. Intentará hacer eso. Pero tampoco sabe realmente si lo quiere hacer. Porque está tomando algo, con un montón de cuartillas en blanco sobre la mesa, mirándolas. No le dicen nada, como a mí ahora. No le dirán nada o no le dijeron nada. Me pierdo con los tiempos, porque esa historia todavía no tiene tiempo. Al final, el poeta, con su musa comiendo un flan y riendo, puede encontrar ciertas palabras que lo inspiran. Quiebra el blanco, quiebra el vacío con un gran poema, aunque no sabe si es genial o no. Pero uno siempre sabe si lo que hizo es genial, porque si la palabra escrita se acerca a lo que uno ve, eso es genial. Por lo menos por un rato hasta que uno no lo relee y se da cuenta que hay que corregir todo. Pero el poeta tiene la cuartilla escrita con su pluma en la mano y se para, o paró, o parará y va (De nuevo todos los verbos, aunque también podría ser el potencial) hacia la mujer a la que interrumpiéndola con una cucharada de dulce de leche en la cuchara. Sin mediar nada, se la lee. Con la mayor expresividad que tiene. La mujer lo mira, las otras personas de la mesa también. Hasta el mozo paró en seco para escuchar las palabras mágicas salidas de su pluma. Esas hermosas palabras castellanas que la llenan de un épicismo a la figura mítica de la mujer que comía pastas y ahora flan. La mujer es checa, y no entiende nada. El poeta la mira desde donde está y se da cuenta de eso. O no, se da cuenta que le entendió nada, no se da cuenta que es checa porque el poeta no habla checo, y ese idioma le resulta tan cacofónico como todos los demás de Europa oriental.
Así terminaba el relato, con que todo era relativo. Pero ahí, entre todo eso, falta algo. Yo no soy poeta, y nunca podría escribir algo así. Pienso, ahora, que puedo escribir la historia sin escribir el poema, pero a mí me gustaría hacerlo. Entonces no escribo ese cuento, pero sé que de alguna manera ya lo escribí. Y así quebré algo del vacío que tenían esos actores y crecieron un poco. Aunque de una manera muy lateral. Sólo porque miro el reloj y me doy cuenta que me faltan cinco horas para verlas y la página tiene algo de vacía.
Al rato, cuando pienso en cómo debe seguir todo esto, me doy cuenta que el síndrome de la página en blanco es el más estúpido de los miedos. Allí está todo. Se puede hacer cualquier cosa con ello. Pero cuando uno ya tiene algo escrito, empieza la segunda parte de ese síndrome, empieza el síncope de la página llena.
Es mucho más interesante el síncope de la página llena que el síndrome de la página vacía. Porque allí es dónde se ve la destreza. Muchas veces el escritor se sienta sobre su escrito, se siente Dios y se encuentra dios. Y allí se da cuenta que no recuerda nada de lo que escribió, no tiene idea porque ha perdido repentinamente el conocimiento y la sensibilidad de su narración. Y ahí todo se hace más difícil, porque hay que releer y buscarle una coherencia a los hechos anteriores, con el futuro que no tenés idea qué viene. Algo siempre viene.
Por eso creo que hay más inicios fallados que inicios no iniciados. Muchas veces el escritor se sienta delante de la página en blanco e inicia su periplo de escritura hasta un momento, cualquier que puede ser un corte o no, y se da cuenta que hay que recomenzar. En ese momento aparece el síncope, que es mucho más riesgoso que el de la página blanca, ya que ahí hay algo y a veces por vagancia o miedo, uno no borra sino que sigue por ese tortuoso camino intentando hacer que A termine en B (Aunque la literatura no necesariamente tiene que ir de esa letra a la otra). Ahí se desarrolla todo.
Todo eso es como el problema del empezar, el problema del continuar. Y yo miro el reloj que está sobre la ventana que muestra la noche. Ha pasado el tiempo, pero así como la página en blanco ya no es tal, me doy cuenta que puedo seguir escribiendo esto eternamente ya que ella está a cinco horas de distancia de mi horario pero estamos viviendo en paralelo. Ella está a cinco horas en mi futuro, pero ella está en su presente.
Me doy cuenta que además ella está lejos y cuando yo llego a su horario, que en este momento es el horario que tenía cuando empecé todo este, ella ya se encuentra cinco horas en el futuro. Todo esfuerzo es fútil porque en este lugar yo no puedo revertir esas horas esperándola, ni ella tampoco. Uno de los dos se tiene que buscar para que nos encontremos en la misma hora.
Y hay que hacer miles de kilómetros para eso. Entonces decido que voy a seguir esperando cinco horas porque en algún momento sus cinco horas se irán diluyendo entre los meridianos y nos acercaremos, allí yo la estaré esperando en su viaje de regreso de las cinco horas que ella está en el futuro, en su viaje al pasado. Yo la veré y la encontraré. Yo no perdí cinco horas en ningún momento, pero mientras ella vuelve, ella recupera las cinco horas en que yo la estoy mirando ahora.
domingo, agosto 02, 2009
Campo de batalla.
Miraba los campos con altos pastos dorados. La brisa los hacía moverse con un vaivén leve y continuo. Los pastos generaban un sonido seco y constante, que se mezclaba con el que hacían sus zapatos. Seguía la sombra del hombre que iba unos cuantos metros delante suyo. El hombre se movía por el campo desnudo, atrás suyo una larga línea de árboles eternamente verdes movía sus ramas.
El hombre paró en seco y se dio vuelta para mirar a Ulises Margariño. El holandés en un ingles cacofónico le dice que en ese lugar habían caído los soldados la tarde del domingo 17 de septiembre de 1944. Ulises le dijo algo así como “Justo aquí, eh” y se quedó mirando el lugar. Según constaba en los libros de historia elementos de la 101° división norteamericana había caído en esos campos al norte de la populosa ciudad de Eindhoven. Se quedó un rato mirando el lugar, puteando al profesor por mandarlo a hacer ese trabajo tan estúpido. El holandés, joven, colorado, de unos treinta o treinta y cinco años, le dijo que esa jornada el cielo estaba claro y celeste.
Ulises daba pasos por ese campo, uno de los dos campos donde habían caído esos soldados. Sabía que en esos campos varios hombres podrían haber muerto. Generaciones de ejercito habían pasados por allí y el último gran movimiento era el que quería retratar el profesor en su libro sobre la operación Market-Garden. Habían visto el otro campo antes en la mañana. Un viaje en auto corto y habían parado allí. Donde estaba en ese momento parado mirando un páramo con pastos altos y amarillos, con árboles a los costados. Al sur estaba el canal Wilhelmina, con el puente que tenían que tomar y controlar para el paso de los blindados británicos.
Insultó por lo bajo otras veces al profesor por haberlo mandado allí, pero de hecho no le molestaba estar en ese lugar y pensó que podría estar en alguna oficina olvidada en algún edificio gris lleno de molestos burócratas. Pero estaba allí en un lugar histórico, luego de haber visitado el pueblo de Son.
Sacó de su morral un anotador y un lápiz. Se puso a describir el terreno que veía y que habían visto miles de soldados norteamericanos ese día, el primero de la operación fallida más grande de la guerra para el mando aliado. Anotaba sus impresiones del páramo donde el holandés que sonreía y hablaba en su idioma con un granjero que había pasado por allí. Ulises no entendía nada de lo que decían pero se reían. A veces sentía que se reían de él, ya que cada tanto lo miraban y largaban guturales carcajadas. Aunque le molestaba, Ulises seguía escribiendo en su anotador la descripción del lugar lo más fiel posible - «también lo más literariamente posible» le había dicho el profesor.
Un pastizal amarillento, alto, muy alto. Cardos. Un piso fangoso donde las botas se le hundían. Árboles verdes a lo lejos y rodeando el páramo. Ningún rastro humano más que ellos mismos. Ni siquiera veía un solitario molino girando por el viento. Sabía que estaba sobre el nivel del mar, pero se sentía hundido en la tierra. Los días siguientes serían parecidos a estos. Viendo puentes que históricamente tenían valor para el profesor. Y subiría para el norte hasta la ciudad de Arnhem. Los días se le iban a hacer parecidos. Viaje en auto con el holandés hablando en su inglés extraño, él escuchando y mirando el paisaje. Cada tanto tomando notas y releyendo los libros que le había dejado el profesor
Le dice al holandés que ya tenía todo lo que necesita. Este saluda al granjero y se ríen largamente. Caminó hacía él y luego caminaron el trayecto que los separaba con la ruta y el auto. Subieron y anduvieron por la ruta que los llevó a la ciudad. Una vez allí se separaron, el holandés le dijo que volvería el día después de mañana.
Caminó por la ciudad pensando en el páramo al norte de la ciudad. Pensaba en el cielo de esa tarde de septiembre cuando los hombres caían desde el cielo con sus paracaídas de seda camuflados. Cayendo a una operación que estaba condenada desde el principio al fracaso por la precipitación de los altos mandos británicos al organizarla. Pensaba en esos hombres corriendo por el campo, llevando todos sus bártulos y armas a rastra. Los veía entrando a la ciudad por la cual estaba paseando en ese momento. Entrando mientras las banderas naranjas hondeaban en los aires con la algarabía de un pueblo sometido a la ocupación durante casi cinco años. Y los holandeses festejando por la calle por donde él iba caminando al departamento donde estaba durmiendo.
Llegó al departamento. Tocó el intercomunicador con el número del departamento, el octavo A. Mientras esperaba que lo atiendan miraba a una chica andando en bicicleta, él se quedó mirándola un largo rato y hasta salió del palier para admirarla. Por un fugaz momento pensó que esa chica era la reencarnación holandesa de Dora. Y se quedó con su mente puesta en ella un buen rato. El zumbido lo sacó de su ensoñación y empezó a subir por los escalones oscuros. Subiendo en la oscuridad pensaba en la noche en que la ciudad había sido bombardeada. Los sonidos de los aviones pasando por sobre donde él estaba en ese momento, el sentir el atronado sonido de los pistones que se acercaban. Todos en la ciudad sabiendo que venían los aviones nazis con la represalia por el apoyo a las fuerzas aliadas. Las ciudadanos esperando las bombas, los que podían yéndose a los refugios antiaéreos o los sótanos si tenían. Y él subía mientras los bombarderos zumbaban en la oscuridad de la noche. Las sirenas antiaéreas que los alertaban. El escalón de madera largó varios crujidos debajo suyo. Las bombas iluminaban la escalera mientras él subía y la lamparita explotó de repente. Los sonidos aberrantes y la sensación de volver atrás en el tiempo para los habitantes de esa ciudad.
Entró al departamento. La puerta estaba entornada y sólo la tuvo que empujar. La luz mortecina del cielo nublado entraba por la ventana donde estaba su amigo sentado con la máquina escribir a sus dedos pero sin escribir. No lo saludó y fue hasta la heladera sacando algo para tomar. Se sentó en la mesada, junto a los libros que había por todos lados en la casa. Libros en holandés, en inglés, en castellano y hasta algunos en italiano y portugués, idiomas que su amigo no hablaba pero que «con un poco de ganas y un diccionario se puede leer». Lo miraba sufrir frente a la máquina.
Por primera vez se da vuelta y lo mira:
“Así que volviste de tu excursión pagada por el profesor por los campos donde cayó la 101° en el 44” le dijo.
“Ajá – Le responde -, unos campos amarillentos que supongo que en la época en que cayeron ellos debían ser verdes. No lo sé. Hermoso paisaje realmente. Pero no cayeron, descendieron lentamente desde el cielo celeste.”
“Caer, descender, es todo lo mismo. Estas bajo los pasos de una ficción que andas desarrollando”.
Y por primera vez se puso a tipear. Primero rápidamente con gran fuerza, pero con el tiempo la intensidad y la cantidad de caracteres en el papel fue cayendo. Terminó una hoja y la puso junto con un montoncito de hojas que tenía a su costado. Puso una hoja en blanco y escribió dos o tres palabras y se dio vuelta para mirarlo. Por primera vez en el día.
“Va a nevar hoy o mañana”
“Eso escuché en la radio – le dijo Ulises – me lo tradujo el conductor en realidad”.
“¿Vas a hablar con veteranos?”
“Sí. A la larga, el holandés me va a traducir lo que me dicen. Me dijo que casi ninguno de los registrados habla inglés o español”.
“Vas a tener una ficción de alguien más traducida por otra persona para el libro del profesor. Todo este asunto está totalmente toqueteado. ¿Para qué te necesita, decime otra vez?”
“Bueno, me paga para describir los paisajes in situ, hablar con los supervivientes de los bombardeos de la ciudad y cosas así. Sólo porque él no tiene tiempo y confía en mi prosa”.
“Yo lo que no entiendo es para qué vas. Si es igual que vayas o no. Tu descripción del lugar va a ser igual. Tenés que ver “A Bridge too far” y el capítulo cuatro y cinco de “Band of Brothers” y listo, tenés una vista ejemplar de los puentes, las ciudades y los páramos”
“Ya pagó todo”.
“Qué importa. Vos le vas a entregar una ficción. Vos le entregas una visión de la realidad. Le entregas lo que ven tus ojos para su libro. Para su libro que va a ser una novela, al fin y al cabo. Una novela sobre la operación fallida”.
“No va a ser una novela, va a ser un ensayo”.
“No. Va a ser una novela. Ya no existen los ensayos. Se los comió la literatura”.
Y Ulises se lo queda mirando mientras afuera empiezan a caer copos leves que eran llevados por el viento para un lado y para el otro. Se acerca a la ventana y mira hacía afuera. Ve la ciudad bombardeada hacía tantos años, la ve y se la narra lentamente. Anota todo en sus papeles, mientras su amigo intenta escribir pero no puede y mira como él, ensoñadamente la ciudad que se abre debajo de ellos. Se imagina a los soldados saliendo de la ciudad en la noche, bajo la bruma mortecina; corriendo para que no los alcancen los panzer alemanes en el contraataque que habían conseguido lanzar. A la larga se queda mirando la ciudad mientras era cubierta por la primera nevada temprana de la temporada.
Se queda mirando por la ventana intentando encontrar algo real en lo que veía pero sentía que todo era una ficción en sus ojos. Se decía que tal vez eso era mentira y él, como su amigo, eran entes de ficción en los ojos de un narrador que estaba más arriba de ellos dos. Que sabía que todo eso era pasado y que Ulises recordaba todo eso desde su cama encima del teatro Coliseo.
“Todo es mentira – le dijo su amigo -, todo es ficción. Nada existe. Yo intento luchar contra esta historia que ya está terminada en mi cabeza. Intento contar cómo estos dos viejos cruzan el río Aqueronte con el barquero infernal para entregar a su nieta al rey del inframundo. Sé todo lo que pasará, sé todo lo que tengo que escribir. Pero no puedo. No puedo porque los personajes se me resisten a fuerza de mentiras. No puedo porque todo es ficción y ellos quieren realidad. Pasaron la línea que divide algo de lo otro. Y vos estas ahí parado mirando por la ventana, pensando en ficciones pasadas. Escuchas ficciones pasadas y recorres paisajes de hoy para representar un ayer. Vos te das cuenta que todo lo que haces está anclado en un pasado y además tus notas serán copiadas a la novela de otro.”
“Ensayo” Le dijo Ulises sin ganas.
Y se queda pensando en la utilidad de sus notas. En que él estaba recorriendo paisajes actuales para representar con su pluma esos lugares pero como debían de ser hace casi setenta años. Pensando que trascribiría las vivencias de sobrevivientes a la operación, que les contarían su ficción que él transformaría en su ficción. En que todo lo que le llevaría al profesor serían ficciones de realidades y tiempos. Todo cambiaba y todo cambia. Y él miraba por la ventana la nieve que caía por primera vez en esa temporada.
“A vos te paga por escribir – le dijo su amigo que ahora con un cigarrillo en la boca golpeaba las teclas de su máquina de escribir -, no por visitar los lugares. Y si escribís y no vas a esos lugares; igual vas a estar cumpliendo tu contrato”
Ulises lo miraba mientras se alejaba para sentarse en la mesa y mirar el ejemplar de Niebla que estaba allí. Y se preguntó si ellos eran también parte de una gran ficción, contada por alguien más o él mismo o su amigo en un futuro. Se puso frente a un gran ventanal mirando otra vez el paisaje.
Miraba a las personas que jugaban y corrían por la nieve. Miraba a los locales y pensaba que hace años otras personas habían tomado sus lugares en ese mundo y habían pertenecido a la resistencia o habían sido colaboracionistas. Los mira y se los imagina con la insignia naranja en el brazo ese día de la liberación de la ciudad por elementos de la 101° aerotransportada estadounidense y la XXX blindada británica. Los ve, a unos hablando con los oficiales que se tapan las insignias por miedo a los francotiradores a unos. Mientras a los otros, a los que ayudaron a los nazis los fusilan. Mientras que a las mujeres que se acostaron con nazis le cortan los pelos de la cabeza y les rompen las ropas mientras les gritan groserías. Ulises piensa en la supervivencia de unos y la hidalguía de otros. Y ninguno de los dos tiene derecho para victimizar al otro. En ese punto los de la resistencia – piensa Ulises – se transformaron en nazis con todo el poder de policía en sus manos.
La nieve se apilaba a ambos lados de la calle, y caía la noche. Las luces de la ciudad se encendían y no había miembros de la wehrmacht ni de las SS por las calles. Había civiles que caminaban por las calles que en otro momento habían sido bombardeadas. Y vivían en un país por donde había pasado la destrucción varias veces. Vivían cerca de campos de batallas olvidados. Vivían como la gente vive en Borodinó, en Austerlitz, en Volgogrado (Stalingrado), en San Petersburgo (Leningrado), en Maipú o en Arnhem.
La vida se abre paso. Y la ficción está entre ellos dos en ese momento. Y miran a personas que pueden no existir más que en la imaginación de ellos. Ulises mira a su amigo que también mira para afuera por la otra ventana sin poder escribir nada.
“Igual, es un lindo trabajo. Viajo y conozco lugares lindos. Y narro. Tal vez necesito ver para narrar. Crear una ficción que no va a terminar siendo mía”.
“¿Puedo escribir todo esto que me contas en un futuro cuento?” Le dice su amigo desde la máquina de escribir.

