martes, enero 06, 2015

La Partida

La novela, de título La Partida, era la historia de unos cinco días de Gregorio Astley, un hombre de cuarenta años, viviendo de las regalías de su primera, y única, novela Partida Doble. Esta, a su vez, trababa sobre la huída existencial de un contador público nacional luego de perder todos los ahorros de su familia en una noche de vacaciones de verano en el casino de Mar del Plata. Astley era, como el personaje de su novela, contador público y jugador, nada más que contaba con mucho más recursos que su personaje, que era un simple empleado en un estudio grande del centro. Astley era ludópata, pero había tomado ciertas precauciones, sabía que los fondos de su libro entraban a su cuenta del banco los finales de mes, por lo que había instruido que una cierta cantidad necesaria para pagar impuestos y otras menudencias, se pasaran a otra cuenta dentro del mismo banco, a la que él no tenía acceso. Esta la manejaba su ex mujer, que con eso mantenía a la hija de ambos, Flora. Gregorio Astley nunca ganaba dinero en sus muchas excursiones por boliches, bingos, casinos, legales o no tanto. Según lo que se implicaba en la historia Astley tenía problemas con el dinero, pero no de la manera usual, esa sería la de no-tenerlo, sino que le molestaba tenerlo. Tal vez por eso iba a todos esos lugares, donde todos lo conocían, pero pocos lo apreciaban, porque era un tipo ordenado, aunque andaba casi siempre zaparrastroso y flaco como una hoja, con ojeras grandes y el pelo grasoso. El lugar al que más iba era un garito llamado “El Partido” donde todos eran tahúres y usureros que lo miraban mal porque siempre era honesto y nunca pedía prestado. La novela seguía esos hilos conductores, donde todos los días se parecían al anterior, en el que Gregorio Astley se levantaba tarde, tipo una o dos, e intentaba escribir, no consiguiéndolo, hasta que a la noche se iba, primero a tomar unos tragos al bar de siempre y luego a jugar la plata que tenía encima. El giro en la trama se daba cuando un muchacho de barrio, un chiquilín, le hacía una apuesta por todo el dinero que tenía a la resolución de una partida de naipes. Gregorio Astley tenía sólo unos mil pesos y se los apostó, toda la noche venía de racha, perdiendo consistentemente. Pero en un giro del destino, ganó y el chiquilín le pagó. De ahí en adelante empezó a ganar todo lo que jugaba hasta que sintió que se tenía que ir porque si no seguiría ganando. A su casa volvió borracho y durmió intranquilo hasta que se aparecieron frente a él dos patovicas que le informaron que el dueño de “El Partido” estaba seguro que había hecho trampa y quería que le devolviera todo más intereses en dos días. Ahí empezó su espiral descendente, tomando el dinero que había ganado la noche anterior fue a todos los lugares que conocía e intentó seguir su racha de suerte, para darse cuenta que la normalidad había vuelto y perdió todo el dinero. Le pidió a su exesposa un préstamo, cuando fue a buscar a su hija Flora, que se lo negó. Con Flora jugaron en la plaza de la estación de trenes y comieron helado mientras Astley creyó haber visto a los matones del dueño de “El Partido” rondando por todos los lugares a donde llevaba a su hija. Por miedo a que algo le pudiera pasar a Flora, intentó ir al banco a sacar dinero, pero su cuenta estaba seca, la de su exesposa tiene todo el dinero que le quedaba. Cuando devolvió a Flora a lo de su madre, le informó que vuelve a casar con quien estaba viviendo desde que se separaron y que se irían a vivir a Córdoba, a donde su próximo marido tenía que ir a vivir porque lo habían ascendido en su trabajo en una automotriz. La mudanza era inmediata, se irían en cuestión de dos días. Astley no demoró en poner sus objeciones, pero luego desistió. Esa noche volvió a jugar a “El Partido” y consiguió que el dueño le hiciera un préstamo, algo que quería desde hacía mucho tiempo. Perdió todo el dinero del préstamo, y le pidió dinero a sus amigos del garito, que le prestaron y volvió a perder. Cuando volvió a su casa, lo hizo caminando, sin un peso, se encontró sólo con la luz del alba. Allí no tenía nada para comer, nada en la heladera, su lugar estaba despojado de todo, salvo de unos cuantos portarretratos que no empeñó y de todos los libros que le habían dado de la editorial para regalar, que no regaló porque no tenía amigos. Se quedó en el sillón mirando la televisión, no tenía cable, miraba ATC, las películas blanco y negro de la noche, mientras en una radio sonaba una canción de Kenny Rogers, el Jugador. Agarró su anillo de bodas, que lo tenía en la caja fuerte, de la que había olvidado la combinación hacía años, con algunos dólares, que cambió en la madrugada a unos conocidos arrebatadores y pungas. Se subió al tren a Constitución, ahí tomaría el subte y se iría a Retiro, donde tomará el tren a Córdoba. Mientras hacía el viaje le cuenta su historia a su compañero de asiento, con el que había empezado hablar cuando éste le ofreció un trago de su petaca. Le comentó que su secreto era saber qué es lo que puede gastar y qué es lo que tiene que guardar. Y le recitó su credo, que lo mejor a lo que se puede aspirar es a morir en el sueño. La novela terminaba con él mirando por la ventana, viendo pasar el paisaje, mientras el otro le contaba a su vez su vida, que a él no le interesaba. Gregorio Astley se fue quedando dormido mientras escuchaba que la partida nunca era la solución, pero que a veces había que hacer partir a los que no pagaban, que lo conocía, lo había visto y lo había seguido, había visto a su hija jugar con él en la plaza. Lo último que se narraba es que Astley se iba durmiendo profundamente luego de apagar su cigarrillo.


lunes, marzo 10, 2014

N4t3c31s.

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lunes, mayo 27, 2013

Noticias.

Encontraron la salida rápidamente,
Sin saber que no podrían volver a entrar.
No se quejaron cuando se quedaron de ese lado
Pero estuvieron un largo rato deambulando.
No podría encontrar sus caras aunque los buscase.
Ellos cambiaron de forma, de naturaleza.
Creo que los he perdido para siempre.
Me parece que cada tanto vuelven y se acodan en la barra.
Esperan a que los encuentre pero yo no voy ese día.
Cuando espero encontrarlos no aparecen.
Así es nuestro juego,
Uno que consiste en desencuentros y búsquedas.
La última vez que escuché de uno,
Se estaba yendo para San Rafael a buscar a un poeta perdido.
Otro estaba por una feria de arte con su mujer.
Uno se perdía en la oscuridad de un páramo entrerriano.
De los demás no tengo noticias.
Están perdidos, estarán en sus cosas.
Como yo ando en las mías.
Sé que a algunos los perdí para siempre.
No sé qué podrían hacer conmigo.
El anarquismo de las ideas los alejó de mí.
Pero entre ellos son amigos,
Sé que se ven, que se encuentran.
Tal vez en algún momento alguno muera,
Si es que no ha pasado ya.
No creo que me enteré de su funeral,
No me parece que pueda llegar a ir.
Ellos todos estarán.
Supongo que para ese momento se juntarán.
Sin que anden perdidos por ahí.
Pero por ahora están lejos,
Están todos en stand-by.
Unos perdidos en una novela que no termina.
Otro en un cuento que todavía no lo alcanzó.
Los demás en el limbo.
No podrán entrar,
Siempre podrán pasar cerca,

Pero no hay final.

martes, febrero 26, 2013

Dos Napoleones.



Estaba convencido que tenía que escribir una novela (o poema narrativo) sobre los últimos días de Napoleón en Santa Elena. Se había fascinado con su figura desde una tarde lluviosa en Itapema cuando su familia estaba jugando un juego de mesa llamado Indicios, el que consistía en que uno sacaba una tarjeta y empezaba a darle pistas, en tandas de tres para que el otro adivinara. Había cuatro categorías, la más interesante era la de los personajes. Ese día, su madre le leía los indicios y él no podía adivinar el personaje que le había tocado en la tarjeta roja, le leyó todas y una se le grabó en la mente: “Nació y murió en una isla”.
En otros momentos de su vida Napoleón Bonaparte se había cruzado de formas iluminadas. El suceso que más recuerda era cuando un día de verano, un febrero gris y lluvioso, azotado por el fenómeno del Niño, se cruzó con el personaje (en ese momento más personaje que nunca) durante su lectura de la novela Guerra y Paz. Es durante los momentos posteriores a la batalla de Austerlitz, cuando el Príncipe Andrés estaba herido en el sueldo, donde tiene su epifanía mirando el vasto cielo azul, y en ese momento aparece el Emperador Napoleón I en una de las pocas escenas donde está de cuerpo entero y no simplemente referido. Ahí le informan que el oficial en el piso está herido y por el valor que demuestra, que demostró, indica que lo curen. La figura de Napoleón, visto desde abajo, en su caballo es casi hipnótica. Además de estar en uno de los momentos que quedó más fijo en su recuerdo.
Pero nunca conoció nada en profundidad sobre su vida. Sí tuvo profundidad en su vida ya que lleva más de treinta años andando por el mundo. Napoleón era un faro pero un misterio, no se podía poner de acuerdo consigo mismo si había sido malo o bueno, justo o injusto. A veces odiaba las cosas que decían el Capitán Aubrey en las novelas sobre la marina inglesa en esa época, en otras oportunidades estaba de acuerdo con sus apreciaciones. No sabía cómo era Santa Elena, no conocía los planes de batalla.
Al principio había comprado libros, acumulado apuntes y citas, había copiado y pegado a procesadores de textos. Todo eso superó las sucesivas mudanzas de escritorios y de casas que había tenido en su vida. Alguna vez su esposa, cuando estaban rearmando la oficina para poner otro escritorio, el del ella, le preguntó qué tenía la caja de papel madera. Le explicó que eran sus archivos de toda su vida. Su esposa quiso abrirla, pensó que había fotos y que podría reírse un rato, distenderse del trabajo que estaban haciendo a costa de su vergüenza. No la paró, ni lo intentó, y ella encontró los papeles, a veces amarillos, fotocopias, hojas de libros arrancadas y tiradas ahí. Volvió a repreguntar qué es esto y él le tuvo que explicar. Era el plan de su vida, desde los quince, para escribir una novela (o un poema narrativo) sobre los últimos días de Napoleón en Santa Elena. Su esposa le comentó que no sabía que tenía ese costado, que nunca se lo había mostrado. Sus palabras salieron casi en un susurro, con su mirada un poco perdida y él no sabía si era algo bueno o malo, pero por si acaso le afirmó que todos los días uno aprendía algo nuevo del otro. Ella no dijo nada más y ambos se dedicaron a ordenar la oficina en silencio, hasta que apareció una música desde afuera, desde la ventana abierta.
Repasando sus papeles se dio cuenta que tal vez el sentido de su vida no era escribir sino acumular información. Fue mirando –no leía- todos los papeles que tenía de Napoleón, desde los más antiguos hasta lo modernos. La información era mucha y había muchos papeles que sólo tocaban de refilón algún tema referido al emperador francés. En las hojas aparecían nombres de todos lados de Europa: Córcega, París, Viena, Berlín, Leipzig, Waterloo. Datos de lugares a dónde nunca había ido y que cada vez veía más difícil llegar a pisar. Porque eso también había sido un eje en su vida, conocer los lugares importantes de la historia occidental, conocer los lugares de las guerras napoleónicas. En una reunión de amigos, a la pregunta de cuáles eran los lugares que cada uno quería conocer, él respondió que quería ir a Borodino y ser uno de los tantos que representaban la batalla. Sus amigos lo miraron algo perplejos, aunque lo conocían, pero no esperaban esa respuesta. Todos habían mencionado playas y destinos exóticos más bien lúdicos.
Siempre se quedaba corto en extensión e ideas, por más que tenía más conocimientos sobre el tema de los que podía aplicar en su novela (o poema narrativo). Muchas veces esos cuentos cortos, con cortísimos párrafos y extensas oraciones terminaban formando un arco narrativo solitario, que por lo demás cortaba y pegaba bajo diferentes nombres. Así fue como fue creando un sólido catálogo de cuentos sobre diferentes lugares protagonizados por personajes, ficticios o reales, que veían a lo lejos al Emperador francés durante las guerras napoleónicas. Por insistencia de su mujer, una afamada fotógrafa, premiada en varios certámenes y que exponía regularmente en diferentes galerías, en la cual tenía un buen nombre y gran prestigio ganado, empezó a mandar, a desgano, esos cuentos, que él no consideraba mas que viñetas, a diferentes concursos literarios. Primero municipales, de diferentes intendencias del interior del país, y luego empezó a enviar a premios cada vez más grandes, en prestigio y dote. Así fue como fue colgando menciones en la oficina, que estaban cerca de las fotos de su mujer.
Un día un amigo de un conocido, se le acercó con la idea de juntar todos esos cuentos, él lo corrigió varias veces diciendo que eran viñetas, para juntarlas en un tomo en común y salir al mercado. Lo consideró por muchos días en la mesa familiar, en charlas con su esposa, cuando su bebe dormía. Ella lo instaba a que aprovechara la oportunidad que se le presentaba casi sin pedirla, le decía con palabras largas y ampulosas, tal y como era su costumbre, que miles de autores se mordían los codos mandando sus manuscritos a diferentes editoriales y a él le había caído la oportunidad del cielo, que no podía dejar pasar esa chance que se la abría. Por el contrario él le decía que todo eso era parte de algo más grande, que era el trabajo de su vida, y que publicarlo en ese momento sería un gran error, puesto que era algo que no había terminado y que deseaba terminar, antes de dar a la imprenta.
Cuestiones del destino hicieron que los cuentos premiados y otros cuantos más que tenía guardados en una carpeta en la computadora bajo el rótulo de “Napoleón”, terminaran en un tomo que se llamó Viñetas de las Guerras Napoleónicas. Como su nombre lo indicaba eran narraciones cortas que trascurrían durante ese período histórico, en el cual varios personajes ficticios o reales veían (o simplemente mencionaban) a Napoleón Bonaparte de soslayo, y lo que los generaba la figura del Emperador de Francia. El libro era coherente y los cuentos estaban ordenados de manera histórica, los primeros cuentos ambientados en 1803 y con el último siendo una corta viñeta (escrita especialmente para el libro) el 20 de noviembre de 1815. Había años y batallas más representadas que otras, y eso no tenía otra intención más que capricho del autor. Aunque él decía que era inutilidad del autor para poder representar bien sus ideas en un cuento.
El libro se vendió muy bien y llegó a aparecer en varias listas que armaban diarios y revistas especializadas en el mercado editorial en sus libros más vendidos del mes o de la semana. La gente (los lectores) lo compraba y lo regalaba puesto que pensaban que era un presente considerado y cultural. Él detestaba el libro, lo consideraba un fallido y cuando lo veía o le pedían hablar de Viñetas de las Guerras Napoleónicas, lo hacía a desgano pero demostrando siempre tacto y cautela para no molestar a sus editores, con los cuales tenía un muy buen trato y con los que se había convertido rápidamente en amigos más allá del oficio. Por otro lado cuando le preguntaban qué era lo que estaba escribiendo, él mencionaba que seguía intentando escribir una novela (o poema narrativo) sobre la vida de Napoleón, empezando desde su infancia en Córcega hasta su muerte en Santa Elena. Su editor le decía que debía dejar a la sombra de Napoleón en paz y pasar a otros proyectos, escribir sobre otro tema, sin dejar de lado la veta histórica, que lo había hecho tan famoso. Cada tanto le mandaba ideas, recortes de diarios sobre historia pero nunca sobre los años napoleónicos, en un intento de encenderle la lamparita y que la musa se pose sobre su hombro para que pueda inspirarse en otros tópicos.
Pero su proyecto seguía y no podía terminar de hilar sus nudos dramáticos con la vida del General francés por lo que siempre terminaba con esas pequeñas viñetas que lo habían hecho famoso y exitoso, pero que él sabía que lo iban a generar en alguien que se copia a sí mismo. A su vez tenía el problema de sentir que no lograba, en ningún momento, escribir a la altura de sus pretensiones. Cuando volvía a releer lo escrito (reciente o antiguo, inédito o publicado) sentía timidez por lo puesto en papel y le entraba un miedo al escribir que duraba un tiempo largo. A veces, cuando sentía que había escrito algo bueno, le agarraba otro tipo de temor, uno que lo coartaba de escribir, no podía seguir con esa página ya que sentía que podía arruinar lo ya escrito. Así era como muchas veces empezaba a narrar partes de su obra y las dejaba sin terminar, dejadas de lado, pero no perdidas.
Desapareció de la industria editorial, nadie lo extrañó, aunque su libro seguía vendiéndose en librerías. Se reimprimió varias veces y muchas veces, cuando salía con su esposa y su hijo a pasear y tal vez ir al cine por la calle corrientes, lo encontraba y le daba dolores de panza.
Nunca dejó de armar lo que quería escribir, pero cada día que pasaba y se daba cuenta que sus intenciones no las podía plasmar. Él suponía que era por falta de métodos y, además, sentía que le faltaban recursos para poder armar su obra magna. Por eso empezó a pensar en ir a talleres literarios de, dicho sea de paso, colegas suyos, autores editados como él, pero que no sentían los miedos que él profesaba ante sus textos. Aunque la timidez que le daba aparecer en esos lugares era mayúscula, ya que pensaba que tomaría el lugar de alguien que era inédito, que además podría ser un genial escritor a futuro, y que él cooptaría su lugar coartando su futuro ya que tal vez lo único que necesitaba era ese espaldarazo del taller. Un día se encontró con uno de los pocos autores que conocía, ya que eran de la misma editorial y además habían congeniado en los encuentros en común, hablando llegó a enterarse que tenía un taller literario y lo invitó a participar algún día. Aprovechó la invitación y fue a un par de encuentros como ayuda, y para dar sus perspectivas sobre los textos, aunque su verdadera intención fue encontrar medios para poder llegar a escribir su novela (o poema narrativo). Pero no le sirvió, no encontró las herramientas que estaba buscando, aunque escuchó varios buenos cuentos y conoció a un muchacho que escribía de mil maravillas, también se encontró con un par de resentidos que escribían muy mal y otros que tal vez podían mejorar, en ese momento todavía estaban verdes y sus cuentos, aunque algunas veces bien escritos, eran muy aburridos.
Su esposa intentaba que siga escribiendo, y lo instaba a que intentará escribir algo más. Él le mostraba sus proyectos, los extractos que empezaba y no terminaba por temor. Una vez ella se molestó porque no encontraba una buena novela de misterio, un buen policial al estilo de los viejos escritos británicos, con un detective que investigue y un misterio magistral. Como estaban en la ruta, y tenía mucho tiempo que matar, él le contó el misterio de la muerte de Napoleón en Santa Elena, las sospechas de homicidio y todo eso. Ella hizo que lo escriba, de unos papeles y escritos ya armados, lo escribió explícitamente para su mujer. Terminó escribiendo un novelón de más de quinientas páginas.
Esa novela se llamó Isla Cerrada y su esposa lo leyó, se entusiasmó y quiso que la publique, pero a él no le parecía que merezca serlo. Igual, una vez su editor fue a cenar a su casa en una comida de amigos y su esposa le comentó sobre esa novela, el editor le dijo que la tenía bien guardada y se la pidió para leerla. Él se la dio pero para leerla, el editor tampoco le tenía mucha fe al libro, ya que desde hacía mucho tiempo no encontraba un buen policial. Pero lo entusiasmó y empezó a buscar la forma de editarlo. Primero tuvo que convencerlo, que era el paso más costoso, pero surcado ese inconveniente pudo cumplir su objetivo.
En Isla Cerrada, que era una suerte de Santa Elena, nunca mencionada explícitamente, llegaba un detective del Scotland Yard, caído en desgracia por un asunto de la corona, en el bergantín Tartarus llamado John Hidden. Tenía que investigar la muerte, y descartar un homicidio, de un General de Artillería de un ejército enemigo, que estaba purgando una pena perpetua en la isla. La isla funcionaba como los misterios de cuarto cerrado, ya que al morir el General, nadie había podido salir de la isla, y los únicos que habían entrado eran John Hidden y su ayudante. Allí el detective pululaba por todos los bares de la isla buscando datos para armarse una idea del General, hacía experimentos y hacía analizar al cadáver por su ayudante, que convenientemente también era médico. Así llegaba a dilucidar el crimen, John Hidden apresaba al asesino, aunque luego demuestra que era espía del mismo gobierno británico. Todo lo demuestra en la mansión del gobernador, pero John Hidden era un patriota y no hace público el asunto. Su ya dañada reputación no sufrió demasiado del no-esclarecimiento pero el detective terminó quedándose en la isla como comisario inspector.
El libro fue un éxito, un best-seller que sobrepasó con creces la venta de su anterior libro. Todo lo que se consideraba de sesudo de su obra anterior no se encontraba en esta y era simplemente un pasatiempo. Cierta crítica de obra especifica, los críticos de policiales, amaron el libro, con su atención al detalle histórico y el crimen interesante, con todas las aristas políticas de época. La crítica, por lo general, destrozó al libro, cosa que no molestó a los que compraban la novela, que se vendió y reimprimió durante mucho tiempo. Una productora independiente, conocidos de su mujer, compraron los derechos del libro y produjo una miniserie de seis capítulos que se trasmitió los domingos a la noche por el canal público con inmenso éxito lo que logro que el libro se vendiera aún más, y además se vendiera la edición de DVD. La diferencias entre una y otra no eran muy sustanciales, aunque la isla era Martín García (donde además había sido filmada) y el nombre del detective era Juan Escondido.
Con una reputación cimentada él simplemente esperó para volver a escribir. Planeó minuciosamente el armado de lo único que siempre quiso escribir su novela (o poema narrativo) de la vida de Napoleón Bonaparte. Armó y planificó su vida, ahora desahogada, para lograr su proyecto. Se pasaba tardes en las bibliotecas del Congreso y la Biblioteca Nacional. Pero la profundidad del proyecto insumió su vida. Cada vez que encontraba una veta para aprovechar, ahí se abría una rendija a la que entraba, abriendo todo un gran mundo de interpretaciones e historias. En un primer momento, sus viñetas se fueron uniendo pero la forma era extraña, ya que siempre perdía el rumbo y los sucesos se expandían, abriendo miles de historias paralelas, que él sentía la necesidad de seguir.
La última vez que examinó sus papeles de trabajo, al sentirse tan profundamente deprimido, había conseguido éxitos y lo consideraban un autor vendedor, pero él no creía que haya sido exitoso. No podía encontrar la forma de armar el libro que tanto le había dado vueltas por su cabeza desde que era tan pequeño. Llegó a encontrar más de de tres mil folios escritos, que formaban más o menos la historia, la vida de Napoleón, pero de sus generales (por ej. Joaquim Murat era parte importante de sus escritos), de sus familiares, amigos y amantes. El libro era eterno, tanto como la vida de cualquiera, como la de Napoleón Bonaparte. Cada vez que le hacían una entrevista recordando los éxitos Isla Cerrada y Viñetas de las Guerras Napoleónicas (cada vez menos), le preguntaban qué estaba escribiendo, si lo estaba haciendo, y él respondía que su objetivo de la vida, por lo menos en lo que narración se refiere, era escribir la vida de Napoleón. Le preguntaban si todavía estaba escribiendo y respondía siempre que sí, cuando le preguntaban cuándo terminaría, siempre respondía que no sabía cuándo llegaría al día de la muerte de Napoleón.
Su propia muerte lo encontró antes que él llegara a la muerte del Emperador Francés. Sus hijos contrataron a su editor amigo para ordenar sus papeles y publicar el libro del que tanto hablaba su padre. El editor encontró la tarea fascinante y pudo, cortando varias historias (Que luego compilaría en un libro de cuentos llamado Historias al Costado), armar una aproximación a una obra, llamada Historia de una Vida, aunque siempre pensó que la novela (con partes de poema narrativo) hablaba de la historia de dos vidas, como lo consignó en el prólogo que escribió para la primera edición, aumentado en la segunda. No se vendió tanto, pero fue un éxito de crítica, que la llamó obra magistral para luego ser olvidada en las mesas de saldos.

lunes, enero 28, 2013

Encuentro.




Encuentro la bolsa de café vacía
Sólo quedan las migas de los granos
Me decido por el café molido
Qué tan mal le sale
Por eso agarro la otra bolsa
Pongo a ojo la cantidad
Mido el agua en tazas
Apreto el botón rojo
Que se enciende e ilumina mi oscuridad
Espero a que salga que caiga
Caliente y humeante y negro
Pero la tristeza me embarga
No puedo tomar ese café
Necesito otra infusión.
Encuentro la caja con los tés raros
Y me pongo a mirar sus colores
Ceylon Earl Grey Darjeeling Inglés
Manzanilla Jazmín Cedrón Verde
Elijo uno al azar
Casi como pasando figuritas
Su etiqueta no me dice nada
Su olor no tiene esencia
Pero creo que es el que le gusta
Por eso dejo la pava calentándose
Hasta que empieza a cantar
Y parece silbar canciones
Que tocaba en la flauta
Una nota constante
Que va subiendo rápido
Pero el té es compartido
Dejo todo como está
todo empezado
como algo hermoso ha empezado
Está el olor del café hecho
Atiende a toda mi cocina
Busco en la alacena
Encuentro el café instantáneo
Vierto su contenido en una taza mojada
Aprovecho el agua hirviendo
Y bato hasta que lo incoloro se torna marrón
Me alejo de la cocina con mi taza
De mi última bebida preparada
Sabiendo que algo me falta
Y que pronto lo volveré a reencontrar.

viernes, enero 04, 2013

Hojarasca.



Explotó en un remolino de hojas
Escritas a máquina y garabateadas a mano
Que lo escondió en una nube imaginaria
Entre la cual cayó como una bolsa de papas
En el medio de nuestro túnel
Mientras pasaba un tren diesel
Y no es escuchaba nada
Más que el golpeteo de los durmientes
No hubo luz del sol ni claro de luna
Cuando su alma dejó su cuerpo
Inerte y tirado en el largo pasillo
Entre el este y el oeste
Por debajo de la estación de trenes
Donde quedó el cuerpo
Entre el olor a vegetales podridos
Y plástico viejo de juguetes gastados
A la vista de los testigos presénciales
La ayuda tardó en llegar
Quizás porque pareció un chiste
O una escena de película
Por cómo cayó
Por la nube de folios
Por las poesías que quedaron el aire
Nadie lo ayudó
No había nada que hacer
Cuando su cabeza tocó el piso
Ya estaba muerto
Todos sintieron un escalofrío
Detrás del cuello
Quizás era porque la parca
Anduvo suspirando aliento frío
Detrás de todos los presentes
Un buen rato
Y lo eligió a él
El más viejo de todos
Los que cruzaban por el túnel.

Nadie lo sabía pero es un poeta
Era un padre de una hija que casi no conocía
Tenía un amante de su misma edad
Desde hacía más de diez años
Su hija y esposa no se enteraron que murió
No sintieron nada en ese momento
Su amante no volvió a verlo
Aunque fue su amante durante todo el tiempo
Tal vez porque amante se es toda la vida
Era algo viejo y caminaba poco encorvado
Y lo último que tomó fue un café con ginebra
En el café que todavía está en la estación
Que todavía guarda su mesa
No hablaba con nadie
Sólo pedía su café y ginebra
Y se dedicaba a leer y a garabatear
Sobre las páginas escritas a máquina
En su eterno poema
El que empezó cuando tenía quince años
Siguió cuando usaba uniforme de ferroviario
Y que escribió durante el resto de vida.

La nube es un poema
Fue una niebla de hojarasca
Sin presunto principio ni final
Algo que parece ser eterno
Sin mayúsculas o puntos o comas
Un poema sobre Cayo Julio César
Su vida y sus logros y miserias
Especialmente su caída
Y parece ser un trabajo en desarrollo
Un maldito work in progress
Tal vez el de toda su vida
O el de un ratito de vida
Las hojas que volaron
Hablaban de la muerte del tirano
De las idus de marzo
Los días en que el metal llenó su cuerpo
No hay rastros de otros sucesos
Ni sabemos si existen más hojas
Más versos rimas o métrica
Pero parece algo de un todo
Tampoco hay un orden
Porque la muerte aparece en todas las hojas
Los versos son largos
Y parecen ser intercambiables
Puesto que la historia no cambia
Pero las ideas cambian
Si se leen de una forma el tirano es amado
Con otro orden es un demócrata odiado.

Nos dedicamos a encontrar
Durante larga vida
Los diferentes fragmentos del poema
Para poder ordenar y editar
El sentido de la vida
Del viejo que murió en el túnel
Entre medio del este y del oeste
Más allá de comunismos y capitalismos
De algunos Smith y otros Marx
Pero no sabemos quién es
No tenía nombre en su cuerpo
Más que su cara
Que le debe decir algo a quienes lo conocen
Tal vez muchos o quizás pocos
Puesto que a nosotros no dice nada
Pero ahora es nuestra obsesión
Y escribimos cuentos y novelas
Inventamos odas y elegías
Hasta leímos algo en su tumba de expósito
Él es nuestro Natalia Natalia
Nos basamos en su presunta vida
Nuestra suya existencia
Así nos divertimos
Entre los cafés y el vermouth
En las sobremesas en la mesa
Creamos de un muerto una vida.

sábado, octubre 27, 2012

El Futuro.



Perdida entre la bruma del mar,
El Faro de Alejandría no ilumina,
Ni muestra un camino,
Las bibliotecas nunca enseñan,
Que es lo que hay que hacer.
No hay enseres para seres.
El paisaje ominoso se despliega,
Ante los peligros de la mirada.
La bella muerte entre todos.
Nuestros deseos son inanes.
Y perdidos en el averno,
Un alma existe entre el resto,
Que confirma nuestra dualidad.
Nuestro futuro es invisible,
Un acto de eterna fe.
Somos Orfeo en su rescate.
Siempre jugando contra el Invisible,
Alegrando el corazón con música.
A veces se nos concede un deseo.
Y no podemos ver el porvenir,
Así como Orfeo no debía verla,
A ella, única, Eurídice, muerta,
Extraviada entre el Hades,
La vida es búsqueda,
Y es encuentro.
Es dos corazones que se aman.
Y tenemos que tener ciega fe
En aquello que no podemos ver,
Pero que debemos sentir,
Oler, beber, respirar.
Una mano en nuestra mano,
El amor en nuestro cuerpo.
Pero no debemos mirar más allá,
De lo que se nos recomendó.
Pues si miramos,
Por nuestra humana impaciencia
Puede ser que todo,
Se desvanezca en un segundo.
Y ella, nuestra amante,
Nuestra vida,
Desaparezca ante nuestra mirada.
Dejando en la tierra,
Nuestras manos,
Tomando, aferrándonos,
A la nada.