viernes, marzo 16, 2012

Edificios.

Sostiene con sus dedos índice y pulgar
Un gran edificio por dos de sus lados.
Simplemente, lo soltará en algún lugar
Lo soltó y decide que caerá
Para eso inventé la gravedad, se dice,
Nueve punto ochenta y un
Segundos por metro cuadrado.
Y eso le suena bien, por lo que lo deja así.
Se cansa de verlo caer por tanto tiempo
Por lo que crea el suelo, lleno de tierra.
El edificio se incrusta en el piso,
Y queda parado, solo porque él lo quiso así.
Le gusta el paisaje pero se aburre
Por lo que tira árboles y pasto
Por todo el lugar, llenándolo de verde.
Estornuda y llora en soledad,
Y se le ocurre la lluvia y el agua.
Por eso ahora hay un río que pasa por allí.
Crea cientos de edificios más
Y repite la operación de soltarlos.
Pero está solo, y siente que así
Todo lo que hizo no sirve de nada.
Por eso, se dice, que tiene que poner algo más.
Y crea pequeñas personas como él
Que juegan entre los edificios y los árboles.
Algunos caen en el río, y nadan.
Otros caen en un lago, y se ahogan.
Él decide quién se salva y quién muere.
Y se dedica a mirar y a esperar.
Algunas personas miran para arriba
Y creen verlo y otros tildan a éstas
De locos y místicos y retrógrados.
Todos se pelean por él, que ríe.
Yo decido que es domingo,
Digo que es el séptimo día,
Por eso, hago que esté en su habitación,
Le escribo un sillón y lo hago tomar,
Desde ese lugar, observa su obra
Y contempla el espectáculo,
Que él ha creado.
Digo que ese día descansó.
Lo dejo allí y de pronto,
Sin darme cuenta,
Dejo de escribir.

lunes, febrero 27, 2012

La Inundación.


Las primeras dos gotas que notó golpearon cerca del margen de la hoja de papel, formando una pequeña deformación. A Julia esa imagen le hace recordar cuando en las noches de verano leía y su dedo gordo dejaba una huella en el papel. Pero esos recuerdos duran sólo un efímero segundo ya que nota que la lluvia va a caer con mucha intensidad en pocos instantes más, por lo que la copia del manuscrito se la pone junto al pecho acunándola como a un bebe, toma velozmente sus lápices y lapiceras de colores de la mesa, agarra por el borde del vaso largo su cerveza y camina con paso apurado hacia dentro del bar, a una mesa cerca de la ventana. Mientras todos los demás veraneantes corren para apearse debajo de toldos o dentro de otros locales.
Dentro, ella tira todo sobre la mesa redonda mientras afuera se larga el chaparrón anunciado, tan típicos en esa zona durante el verano. Antes, desde su antigua posición veía el río, la casa de Cultura y el lugar donde los camiones hidrantes paraban para reabastecerse. Ahora, aunque está un poco más allá de su lugar original, no logra ver más de diez metros de distancia. Toma un largo trago de su cerveza, que no se mojó, porque su mano cubría la parte de arriba del vaso. La copia del manuscrito que está usando no tiene muchas imperfecciones por el agua. Podrá seguir trabajando en ella hasta que o llegue su primo, apodado “El Espectro”, como era originalmente el plan, o hasta que aparezca su marido para llevarla de nuevo a la quinta. Julia sabe que su primo no aparecerá, pero nunca por eso deja de ir a las citas que acuerdan de antemano.
Se sienta, se siente mojada, el pelo le cae sobre la cara, se arregla cómo puede y mira por la ventana. Recuerda los chaparrones estivales de su juventud en ese mismo pueblo, de su primer beso bajo la lluvia no demasiado lejos de ese lugar, de los bailes nocturnos que terminaban en corridas porque el agua caía con fuerza y todos se tenían que esconder bajo los árboles y los toldos que se ponían especialmente para la ocasión.
Ordena los lápices en la mesa y toma la lapicera roja. Se mete de nuevo en el manuscrito, en la fotocopia, una de la que sus ayudantes sacaron cuando el muchacho, Fernando, les llevó las cajas con los inéditos de su abuelo. Una vez que Julia había aceptado el desafío de poner en orden, corregir y recopilar todos los inéditos, luego de haber leído algunos extractos y asegurarse de la calidad del material, la primera medida que tomó fue que sus ayudantes de cátedra (que nada tienen que ver con el proyecto que le insumió los últimos dos años de su vida) le sacaran tres fotocopias a los originales. Luego, con las copias hizo que dos octogenarios egresados de las Academias Pitman pasaran esos escritos en computadora. Los octogenarios eran reacios a usar las PC, pero Julia logró con mucha simpatía y paciencia hacerles entender que era necesario tener una copia digital, sobre la que haría luego las correcciones, de los manuscritos. Así fueron los primeros pasos que dio, antes de empezar a leer todo, o sea, antes de empezar a trabajar.
Y ya había leído todo, había corregido casi todo. Le faltaba el cuento que tenía enfrente de sí. El último, cronológicamente en la historia, y el último que fue escrito. Ya desde los primeros cuentos se mencionaba que el destino de la ciudad de William Morris, lugar de ficción en el medio de la pampa húmeda, aunque con certeza eso no se puede precisar, era el de terminar inundada por efectos de un lago artificial de una represa río arriba. Por eso el gobierno de la provincia había ido borrando a la ciudad de los mapas lentamente. Primero sacándola de las guías, luego removiendo los carteles de la ruta y al final, simplemente olvidando que existe y fundando un pueblo con el mismo nombre en el conurbano bonaerense. Además el perenne intendente había tenido sus discusiones con el gobierno provincial, lo que no ayudó a la posición de la ciudad. En este último cuento se contaba el desarrollo de la inundación. Se contaba el destino final de la ciudad (otrora pueblo; durante los cuentos y las novelas, que abarcan una veintena de años, crece en población, y a su vez en personajes). Julia venía dejando ese trabajo de lado en los últimos tiempos, desde la fiesta de año nuevo no tocaba página, cuando su marido le preguntaba la razón ella le decía que hacía muchos años que estaba viviendo en el pueblo, del cual no se sentía con suficientes fuerzas como para salir. Él entendía, tenía sus propios demonios dando vueltas, o podría decirse que él era el demonio que le daba vueltas a un joven inocente.
El cuento había sido el primer escrito que había encontrado el muchacho que le había acercado el proyecto. Lo había visto al lado de la máquina de escribir de su abuelo la última vez que entró a la casa para intentar hablarle. El muchacho se llama Fernando Zambra, es abogado (cuando le había acercado las cajas era estudiante) y trabaja en la una secretaría legal y técnica de la Cancillería, por lo que pasa sus horas libres estudiando idiomas (francés, alemán, danés, hebreo, ruso) para conseguir una experiencia en el extranjero. Su abuelo se llamaba Don Alberto Daniel Dabul-Vallejos, famoso en ciertos ámbitos de alta alcurnia, no por haber nacido en cuna de plata sino por haberse casado con una de las mujeres más adineradas y de mejor apellido del país. Su esposa falleció relativamente joven y Don Alberto crío a sus tres hijos (dos mujeres y un varón) solo. Nunca se volvió a casar. Su nieto favorito era Fernando, hijo de su hija mayor, y a éste le legó sus manuscritos luego de su suicido (con una pastilla de cianuro, “como los jerarcas nazis en el final de la guerra” le dijo Fernando a Julia). Su nieto lo encontró, muerto, al lado de la máquina de escribir, en el rollo había una hoja dónde solamente decía: Los misterios se esconden a la vista en la vida, los libros libres se guardan en la cochera. Nadie terminó de entender la frase hasta que en el testamento Don Alberto le legó a su nieto preferido, entre otras cosas materiales menores, la llave de una cochera en la calle Carlos Croce, en la ciudad de Lomas de Zamora. Allí encontró las cajas. Con los cuentos, las novelas, unos cuatro mil papeles mecanografiados que conformaban una obra que había empezado en el momento que murió su mujer (por la fecha del manuscrito más antiguo) hasta horas antes de su muerte elegida.
Así fue cómo llegaron los manuscritos a las manos de Julia, Fernando había sido alumno suyo en un curso sobre historia del arte, y decidió que ella era la mejor para el trabajo. Julia tomó todas las medidas para organizar todos esos manuscritos que contaban la historia de ese pueblo (luego ciudad) llamado William Morris. Cuentos fantásticos, policiales, banales; novelas de personajes, experimentales o existencialistas, todo sobre el núcleo de la ciudad, con personajes recurrentes, que envejecen, contando unos veinte años de existencia, desde el momento en que anuncian que el pueblo dejará de existir hasta el momento que el agua borra todos los rastros de las calles, las casas, los bares, la plaza y la ribera. Todo narrado desde esa pluma, sin que nadie lo supiera en vida, sin intención de publicar nunca nada, sin que ninguno de sus familiares supiera de la vida secreta de Don Alberto. Algunas veces, le contó Fernando, cuando él llegaba escuchaba el repiqueteo de la máquina de escribir, una viejo armatoste Remington gris (uno de los objetos que le dejó en herencia), pero ni bien cerraba la puerta los sonidos cesaban. Nunca nadie supo nada. Nadie ni siquiera lo sospechó. Nadie sabe cuando escribía y varios miembros de la familia (numerosa y patricia) dudan que Alberto haya escrito todas esas páginas.
Julia no sabe si lo escribió Alberto, pero con los años se dio cuenta que todos lo que ella leyó salió de la misma pluma. Y esa pluma había escrito el último cuento, el que estaba al costado de su máquina de escribir con el mensaje cuando lo encontraron. Y el cuento trataba sobre las últimas horas de William Morris, pero contado años después, en primera persona por alguien que había nacido allí en el año setenta y vivió allí cinco años, hasta que toda huella del lugar de su natalicio se borró. Así el personaje desde sus recuerdos intenta recontar las últimas horas de su ciudad. En su relato hay un personaje especial, su vecino de enfrente, un personaje que nunca fue importante en ningún cuento o novela, pero que siempre está, atrás, de costado, en unas pocas palabras a veces, pero siempre ahí: Paul von Sthüler. El narrador recuerda cómo lo veía todas las mañanas y recuenta, además varios de los sucesos de los otros relatos, por ejemplo como von Sthüler escuchó a un borracho decir que su trabajo era cazar lobisones en las noches de luna llena, o cuando robaron el banco de la ciudad y el único testigo había sido el que limpiaba los zapatos enfrente, siendo von Sthüler el único que le daba crédito al hombre, o los sucesos que llevaron a la muerte del Naila y cómo encontró el cadáver.
El relato empieza así: “Yo nací en un pueblo que hoy no existe ni nadie recuerda” (Ella tachó con un lápiz rojo el «Yo») y hace un recuento de la historia de la ciudad hasta su último día cuando “el agua entró desaforadamente, inundando la casa donde había vivido toda mi infancia. Tapó todos mis recuerdos y nunca pude volver a mi hamaca en el sauce del fondo o el almacén de ramos generales del Turco donde le compraba los cigarrillos a mi viejo. El agua borró parte de mi vida, una parte que ni aparece en los viejos mapas”. Así se nos cuentan las últimas horas de la ciudad. Y Julia corrige, tacha y arregla la gramática, hace un trabajo sutil, pero que es necesario.
Pero por más que la ciudad esté en primer plano Paul von Sthüler es el verdadero protagonista del relato. Se cuenta cómo el narrador conocía al Alemán (así se lo llama en los primeros cuentos y novelas, luego se lo llama por nombre o, a veces, y son muchas, como el Prusiano), que vivía enfrente de su casa. Recuenta las pocas veces que charlaron, donde el Prusiano le decía que había nacido en un pueblito cerca de Königsberg, sobre las costas del mar báltico. También sabía que era miembro de una familia aristócrata junker y que como muchos de su clase había estudiado en la Academia de Guerra Prusiana en Berlín. Le contaba historias sobre sus peleas en el barro en la primera guerra mundial con solo veinte años, le comentaba como eran las trincheras en Verdún, cómo era Kiev, dónde estuvo unos meses antes que los alemanes la dejaran para que entren primero los nacionalistas ucranianos y luego los bolcheviques. Todo le sonaba a historia, a mentira, a ficción, pero el narrador recontaba cómo lo fascinaban esas historias y eso tuvo un peso sustancial en encontrar su verdadera vocación.
El relato intercala la historia de Paul von Sthüler y las horas finales de William Morris. El narrador nunca supo nada más del prusiano una vez que el agua había borrado al pueblo, del que nadie nunca más volvió a escuchar. El Narrador sin nombre había estudiado historia y uno de sus proyectos personales era intentar revivir el recuerdo de la ciudad en un libro. Nadie quería recordar a una ciudad que había desaparecido bajo las aguas y mucha gente ni siquiera sabía que alguna vez esa ciudad había existido. Todos sabían que estaba el lago artificial pero nadie sabía lo que escondía. Lo tenían por loco al contar sus recuerdos iniciales de infante. Así que emprendió la búsqueda de todos que habían habitado la ciudad. Fue encontrando a varios y armó el libro en base a esas entrevistas. Todo iba bien hasta que se puso a buscar al prusiano. Lo buscaba por dos motivos. Una por su ciudad. El otro porque su tesis profesional tenía que ver con el período de la República de Weimar. Pensaba que así mataría dos pájaros de un tiro. Pero el Prusiano fue imposible de hallar. Se enteró que ningún Paul von Sthüler había entrado al país en los registros de inmigración. Se fue dando cuenta que el Prusiano era una máscara de alguien más, de otra persona. Y mientras el proyecto de la historia de la ciudad crecía en fotos, historias y páginas, el misterio de quién había sido el alemán se incrementaba en su mente.
Desde hacía tiempo todos habían ido armando teorías sobre ese personaje, que siempre aparecía de refilón. Julia sospechaba que algo había con ese personaje pero no sabía qué, tenía varias ideas pero no podía poner el ojo en ninguna. Uno de sus ayudantes señalaba que el Prusiano en realidad era la representación de Dios, un ser que está siempre y al que no le prestamos atención más que en algunas oportunidades. No había mucho con qué solventar esa teoría pero era por lo menos agradable y se reían cuando la formulaba. No sabía porqué Dios sería alemán. Fernando tenía una teoría. Para él von Sthüler era nazi, un criminal de guerra, tal vez miembro de las SS (o sino de las Waffen-SS). Que era testigo de las historias, muchas veces él estaba pareciendo inocente, pero no lo era. Y mencionaba ejemplos. Pero lo más importante para Fernando era que Paul von Sthüler no era un personaje de ficción sino un ser de carne y hueso.
Mientras Julia corregía los textos, Fernando usaba sus influencias para intentar develar el misterio de Paul von Sthüler en la vida real. Sostenía que todos los datos que había dado su abuelo eran ciertos: que era prusiano, que había nacido cerca de Königsberg, que había participado en la primera guerra mundial, pero estaba seguro de dos cosas, que no era aristócrata y que no había sido oficial, sino soldado en la Primera Guerra Mundial. Tenía sus razones y Julia las consideraba lógicas, pero el extrapolar un personaje de ficción a una ofrenda de la vida real, le parecía tirado de los pelos. Pero Fernando estaba obsesionado con la idea. Decía que tenía que ser alguien que su abuelo haya conocido, y que hubiera moldeado el personaje desde allí. Que todo era una pista para desenmascarar a esa persona que se escondía detrás de la máscara de la ficción. Julia le afirmaba que de llegar a ser cierto, cosa que dudaba, lo más probable es que la persona en cuestión estuviera ya muerta, pero Fernando no se detenía por eso, decía que la verdad era más importante que la vida o la muerte. Por esas razones leía y relía todos los extractos donde aparecía el personaje (o podría llegar a estar, muchas veces se presumía que era el Prusiano pero no estaba explicitado en los cuentos o novelas), buscaba signos y datos. Y como su propio proyecto personal fue armando una biografía de Paul von Sthüler, el resumen de la ciudad de William Morris, pero en sólo un personaje.
Para Julia, por lo menos en el cuento que está corrigiendo, el alemán significa un cierto paralelismo entre la desaparición del pueblo y el desarraigo del prusiano. Eso porque Prusia ya no existía más (su territorio era parte de Polonia, Rusia y Lituania), sus ciudades (hasta la ciudad donde había nacido el personaje) habían cambiando de nombres (por ejemplo, Danzig ahora era Gdansk), que en esos lugares ya no se hablaba más alemán y, en muchos casos, ni siquiera vivían alemanes étnicos. Desde ese punto de vista leía ese último cuento, si había alguna tenue asimilación entre la desaparición de la ciudad y los recuerdos del Prusiano esa era la razón que encontraba, esa era su idea crítica. De eso Julia estaba segura. De todo lo demás, no sabía nada. Por lo pronto no le interesa. Además en esos momentos había llegado a interesar a una editorial para intentar ir publicando algunos relatos (con lo cual ella se llevaría un cierto porcentaje como sueldo a sus dos años de trabajo). Piensa en lo que le había dicho el editor, «estamos interesados, no estamos extasiados, esto no es una olla de oro, pero es interesante». Antes de irse de la oficina le había aclarado: «Encaja con nuestro catalogo de rescates». Eso la ponía contenta, quería que otros llegaran a disfrutar del viaje como había disfrutado ella.
Termina el trabajo mientras lee las últimas líneas, donde el narrador mira desde la orilla del lago en dirección de dónde estaba su ciudad. Rememora al prusiano y sopesa cómo se lo comió la tierra (y a la ciudad el agua). Desecha la idea de contratar una lancha con equipos de buceo para entrar de nuevo a su casa. Sabe que sería una tarea ciclópea, nadie sabe a ciencia cierta dónde está la ciudad en el inmenso lago. Cerca del final recuenta que en una de las entrevistas sobre el pueblo, un vecino le dijo, que en una noche de borrachera Paul von Sthüler confesó que ese no era su nombre, que era nazi, y que había escapado a los rusos desde el frente oriental por medio de líneas enemigas hasta ponerse en contacto con miembros de lo que se iba a dar en llamar ODESSA. Así escapó vía Suiza. Y le confeso que tenía una caja fuerte llena de papeles de todo tipo en su casa. El narrador piensa que quizás la caja fuerte todavía esté allí, con los papeles que lo incriminan esperando que alguien la abra, allá abajo en la tumba acuática. Los otros vecinos no daban crédito a esas palabras, decían que era uno de ellos, uno como cualquier otra persona, peronista y buen cristiano. Julia relee toda esa parte. Se lo mandará por correo electrónico a Fernando. Sabe que estos últimos párrafos lo alentarán en su búsqueda. Por un momento sopesa hacer desaparecer este último cuento por el bien del muchacho. Pero decide que no es su lugar.
Mira el reloj. Se da cuenta que su primo ya faltó a la cita, que ya no llegará, eso lo sabía de antemano. No la sorprende. Siempre pasa lo mismo, lo espera sabiendo que no lo verá por eso se entretiene con otras cosas. Todavía llueve afuera. No tanto, pero cae agua. Ve un auto que se estaciona en la puerta, ella lo mira por la ventana, porque es exactamente igual a uno que tenía su padre cuando ella era chica pero que desde hace años está metido en el garaje de la casa quinta sin que nadie pueda hacerlo andar. La ventanilla baja y ve a su marido que la saluda, haciéndole gestos para que suba rápido. Julia agarra todos sus papeles, los mete en el bolso grande desordenadamente y sale corriendo debajo de la lluvia. Entra al coche, el olor a encierro la embarga, encima está mezclado con el olor a humedad. Le pregunta por el coche, él le dice que pensó en el Volvo viejo, agarró la llave, la metió y simplemente el auto arrancó. Ella le dice que así suena un poco fácil. Su marido responde que podría decirle que le cambió la batería, le puso nafta e hizo otras cosas, pero eso sería responderle con la vida real y por lo pronto es mejor vivir un poco en fantasías. Ella sonríe y lo abraza. Se besan. Julia le dice que viven en la vida real, juntos.
Mientras volvían, entre el ruido del motor y los limpiaparabrisas, su marido le dice que en la guantera había impreso un mail que le había mandado Fernando. Julia busca el papel, lo saca y lee: “Encontré a un Paul von Sthüler que vive (o vivió) en la ciudad de William Morris, en el Partido de Hurlingham. Lo voy a buscar”. Ella estruja el papel, se lo queda en la mano, apretándolo fuerte. Mira el río a lo lejos y piensa que el agua erosiona todo, salvo los recuerdos.

miércoles, diciembre 28, 2011

Franz.


Franz, aunque no sea realmente ese su nombre, para por mi costado, seguro que vuelve del baño, otra razón para ir al fondo de la pizzería no se me ocurre, a menos que quiera hablar con el mozo que está detrás de la barra o se acercara a saludar al pizzero. Eso normalmente no pasa, pero el pizzero está acá desde hace casi cuarenta años. La calidad de su producto fue bajando con el paso de los años. También pusieron muchísimas pizzerías por el barrio. Antes él estaba solo. Pero no creo que Franz lo conozca. O mejor Marc. No, no. Franz. Franz parece estar medio perdido, esperando a alguien. O esperando algo.
El tren pasa. Otro, cada una cierta cantidad de minutos, que nunca supe, los trenes pasan. Tal vez, lo más correcto sería decir que los trenes se suceden. No llega. Por lo pronto él no llega. Al parecer me han dejado de clavo en esta pizzería. “Llegamos tipo ocho”, dijo por teléfono. Pero son las ocho y media y no llegan. No sé quién, o quiénes, es el plural, tampoco. Sí sé que el individual es Suaznabar. “Espéranos ahí Ulises, llegamos tipo ocho”. Claro que el tipo ocho de Suaznabar es bastante difuso, mucho más que cualquier otro tipo ocho que yo conozca.
Por lo menos Franz está en mi misma situación. Aunque acompañado por una mujer. Anette, ahora se llama Anette. Podría llamarse Dora, también; pero Anette sirve mejor a los propósitos de mi aburrimiento. Ella está tranquila, sólo veo la parte de atrás de su cuerpo, su larga cabellera rubia. Él, Franz, ahora se sienta y se apoya contra la pared. Ambos toman cerveza. Y comen maní. Ella no. Pero el maní está sobre la mesa. Franz mira para afuera cada dos por tres. Está esperando a alguien. O a algo. Estoy seguro. Anette parece aburrida, aunque está algo nerviosa. Su pierna bailotea debajo de la mesa. Tiene una larga pollera de bambula. Me parece extraño para una persona de su edad.
Ella tiene un anillo dorado en el dedo. Él no. No hay demasiados gestos cariñosos. Casi no se tocaron desde que llegaron después que yo. Se sentaron sin casi mirarse. Franz pidió una cerveza y le trajeron también el maní. Franz come el maní casi sin ganas. Anette sólo mira para afuera, que es su paisaje, ya que está de frente. Ella también espera. De otra forma, pero espera.
Qué podría haber entre ellos dos por lo cual esperan. Dos personas que parecen que no tienen demasiado en común. Quizás son amantes. Pero qué harían dos amantes en una pizzería enfrente de la estación de trenes de una ciudad suburbana cercana la noche de un día de verano. Habría alguna razón. Una, por lo menos existen, están ahí, los dos, Franz y Anette. Él con sus dedos sucios de pintura y ella con sus manos finas, casi aristocráticas. Quizás esperan que la policía los encuentre. Pero eso no sucede en los suburbios, o en Argentina. Nadie encuentra a nadie. Pero una razón hay. Tal vez es mínima y ni siquiera ambos lo saben, pero existe. Siempre hay algo. Quizás son amantes en fuga, y no se animen a tocarse en público. Les falte dinero y estén armando planes para irse al campo, donde él puede pintar casas para vivir y pintar cuadros para sobrevivir. Y ella qué hará. Tal vez en el pueblo del interior, donde terminen viviendo cuando dejen de esperar, venda antigüedades, en una pequeña tienda que no tenga nada que ver con su pasado aristocrático.
Franz escapa del marido de ella, Anette tiene más edad, eso se ve, se nota. O quizás yo lo quiera notar, para terminar de armar algo que no está ahí pero que a mí me gustaría que estuviera. Pero al marido de ella le importa que se escape. Y le importa que se escape con Franz. Creo que lo conoce, quizás le pintó la casa, o tal vez vio sus cuadros, esos cuadros coloridos con los que se manchó las manos.
Miraran para afuera porque piensan que las garras del marido de ella llegará hasta este minúsculo lugar en las afueras de la gran ciudad. La noche cae y ellos esperan que algo pase, que alguien llegue, que algo acaezca. Como yo, que espero que lleguen varios, aunque no sé quienes varios son, más que uno solo. No hay papel. El diario está lejos. El pizzero no trae la pizza. No esperan la pizza. Eso es seguro. No miran para dentro del local y se sentaron hace poco tiempo, miran para afuera, lo que esperan viene de afuera. Lo que viene está afuera de la puerta del local, afuera de las ventas.  
Y si este Franz también tuviera mala suerte. Si este Franz que está escapando con una Anette, otra Anette, tuviera también la misma mala suerte. Me imagino que tal vez esperase algo bueno que entre por la puerta, un amigo que los lleve a una casa lejana o una amiga de ella que les llevase en una valija las joyas que el esposo aristocrático de ella le regaló cuando todavía estaban enamorados. Si alguna vez lo estuvieron, cosa que dudo, ella no parece de las que se enamoran, aunque está con Franz, que mira para afuera y saca un cigarrillo del paquete que reposaba sobre la mesa. Franz sabe que no se puede fumar en los locales de la provincia de Buenos Aires, pero no le importa. Tampoco le importa al pizzero que no le va a decir nada, además fuma todo el tiempo. Ni a los parroquianos que leen con la poca luz del local los diarios populares, que buscan los resultados de la lotería para saber si ganaron unos pesos en la clandestina o los resultados de las carreras del día anterior pensando en a quién le van a jugar sus últimas monedas. Tal vez alguno gane. Pero Franz no. Franz dentro de la buena suerte, dentro de las cosas que parecen que van a salir bien, algo le va a salir muy mal.
Toma un trago de cerveza. Mira para afuera. El sol se va lentamente detrás de la estación de trenes. Todos miramos al oeste, es la orientación del local. Las luces rojas del cielo se mezclan con lo negro de las sombras. El panorama es extraño, la gente se vuelve a sus casas, se ve bien pero las luces están encendidas. Franz debe mirar todo con ojos de pintor, pensando en que ya apagó la radio y se vuelve en bicicleta a su hogar, pero hoy no fue así. Hoy se encontró con Anette, que escapó de su casa en los barrios más pudientes de la ciudad. Pero Franz mira el paisaje, dado vuelta, torcido, para colorear los árboles de azul, el cielo de rojo, las casa de negro y las sombras de amarillo. Toda su mirada está puesta sobre las imágenes expresivas que su imaginación cambia un poco.
Anette no habla. Pero toma su cerveza de manera más rápida que Franz. Él está más en el afuera, ella parece estar más en el momento. Franz estará pensando en el futuro, quizás se encuentra en la trinchera, esperando el momento de volver a casa. Quizás sabe que falta poco para eso. No sé da cuenta que muy probablemente, dentro de todo lo bueno que tiene, a Anette, su futuro promisorio, algo va a salir muy mal. Me imagino al marido, el verdadero, el del anillo, el aristócrata, entrar por la puerta del local, blandiendo un arma en el aire. Pero no me lo imagino enojado con Franz ni decepcionado con Anette, sino que su ego no puedo soportar lo que pasará en la sociedad. Porque para ser sincero él sabía que Anette no la amaba ni él a ella. Viene sólo a recuperar las joyas.
Pero no, todo eso del marido, eso no está bien. No suma, resta. Entonces, digamos, Franz y Anette sí están esperando la valija de las joyas que se llevó de la casa. Anette sí escapa a su castillo aristócrata. Hasta ahí sí. Pero no entra el marido y blande un revólver. No. El marido sabe y respeta. Está herido, pero no más que eso. Se encama con cuánta mujer encuentra por ahí, así que eso no le importa. Sí le hiere que su mujer se haya ido. Y con un pintor. De casas o de cuadros, no le importa, es un pintor. Entonces esperan la valija, que es lo único que van a tener para sustentar el futuro en San Vicente, Cañuelas o General Villegas.
Hasta ahí bien. Esperan en la pizzería que probablemente Franz debía haber conocido antes, aunque yo nunca lo vi y paso a menudo por aquí, y como él, espero. Aguardo a un plural del que sólo conozco a un individual. Ellos esperan a algún amigo. Qué pasará después. Sigo creyendo en la teoría de la mala suerte dentro de un marco genérico de buenaventura.
Entonces, llegará el amigo con la valija y se la entregará. Ellos terminarán la pizza, que el pizzero dejó caer sobre la mesa. Franz come con la mano y Anette usa los cubiertos, él come apurado y ella come más lentamente. Pero sigue intranquila, algo todavía la aquieta, quizás piensa que el que les tiene que traer la valija se la ha quedado. Llegará y ella se pondrá más tranquila. Franz me parece que nunca lo estará, que siempre mirará por sobre su hombro. Esto es lo que piensa porque no mirará por sobre su hombro mucho tiempo más. Pero sí se puede decir que lo hará el resto de su vida.
Saldrán, se irán, serán felices un rato, unos días, tres o cuatro, hasta fin de año. En fin de año, andando por el pueblo, a las doce y pico, cuando el cielo nocturno se llena de cohetes y fuegos artificiales, ocurrirá la tragedia. Un borracho dirá algo como: Los imperios se desmoronan, las repúblicas se fundan, pero los locos continúan. Y Franz, mirando a Anette, aunque en ese momento no sea Anette, y esté de suéter, porque es un diciembre inusualmente frío, y sombrero de ala gris, responderá: Bravo, Mounsier Segalot, ¡Eso es lucidez! Luego caminarán un largo rato hasta llegar a la plaza del pueblo, donde seguirán mirando los cohetes. Sus manos siguen sucias, y ahora, sí, Franz la toca como si fueran una pareja, pero pensará en el todo y en la nada y en si el mundo se ha convertido en un sueño, o el sueño en mundo. Vivirá feliz, por primera será feliz, pero mirará por sobre su hombro, buscando al marido de Anette. Hasta que un disparo perdido le dará en la cabeza y lo matará instantáneamente. Así la historia de Franz terminará, no así la de Anette, que tal vez, o tal vez no, vuelva al lecho marital, y llore cada vez que vea las manos sucias de pintura de alguno de los pintores que arreglan la casa de veraneo de la familia de su marido.
Pero ahora comen pizza. Ella, Anette, todavía zapatea y el, mientras come y toma cerveza, fuma. Y no llega nadie. Hasta que terminan y se limpian con las servilletas de papel barato que sacaron de un servilletero de Coca-Cola, y dejan junto a los restos de aceitunas y pan de pizza, las servilletas aceitosas, transparente. Las manos llenas de pintura y aceite de Franz esperan la cuenta, luego que ella haya rechazado el café. Ella paga. Y se para. Se va. Él espera un rato, que parece largo, pero se va luego. Anette cruza la calle y camina por la plaza, antes que la pierda de vista, él va muy atrás. Franz camina con las manos en los bolsillos, lejano, y se sienta en la parada a esperar el colectivo. Sólo lo pierdo cuando uno se para enfrente de él y se va, y Franz ya no está. Desapareció como en una película.
Y Suaznabar no llega, ni siquiera sé quiénes son el plural de su oración, si eran uno o muchos, si era su esposa o Wilmar, o los dos, o varios más. No sé qué querían, no sé nada. Como nunca supe nada. Sólo que ahora son las diez de la noche y ya me cansé de esperar y la cerveza está caliente. Así que me voy.

sábado, diciembre 03, 2011

Agua dulce.


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Porque el agua dulce besa la costa tiernamente, se posa, se recuesta y se vuelve a ir, rápidamente, en un eterno movimiento lúdico. Se repite todo ese devenir una y otra vez para que suceda otra vez y una más. No importa si el día es soleado y claro o nublado y oscuro, siempre pasa lo mismo con la costa y el agua. Una se posa delicadamente sobre la otra para volver a irse sin casi gozar del toqueteo fútil.
Y cuando el agua se va queda la arena mojada, junto con palitos pinchudos y los cantos rodados, piedras amorfas y hojas muertas. A veces hay niños jugando, otras hay mujeres tomando sol o solitarios no-mirando la otra orilla. Pero no es necesario que haya gente, hay lugares donde nunca hubo pisadas y sin embargo el juego siempre sigue igual. Yendo y viniendo, ganando perdiendo.
Tal vez, en algún momento, esa agua dulce deje de besar la costa. Tal vez, en algún instante, deje de haber orilla, quizás, porque deje de haber agua. O en algún momento, probablemente, el agua cambie el gusto, y empiece a ser un poco más malvada, un poco más salada. Ahí cambiará todo lo que fue pasando, dejará de suceder lo que venía aconteciendo desde millones de años atrás y todo mutará a otro mundo real, que a todos los que hayan vivido el pasado les parecerá irrisorio. Pero así será.
Por el momento el agua dulce se posa sobre la orilla, dejando un rastro húmedo a su paso. Pero a decir verdad siempre hay pequeñas variaciones que el ojo no entrenado no puede notar. Salvo en algunos casos, donde un árbol o alguna construcción terminan siendo un indicador que algo malo está pasando. En esos momentos se nota que el agua sube y cuando eso pasa no hay nada que la pueda detener. Se pueden poner paredes, muros, o cualquier invento que ocurra, pero el agua dulce sube, y levanta su nivel, hasta en algún momento desbordar esas defensas antinaturales que se afincan como grandes salvadores.
Avatares como esos suceden todo el tiempo, pero no por eso el agua deja de tener su movimiento. Por supuesto que a veces es más violento y otras veces más suave, pero eso no deja de hacer notar que siempre es lo mismo, que nunca deja de ocurrir, por lo menos desde que los ojos se han posado en ella.
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Qué pasará, se pregunta Mariano, si el agua dejará de fluir. Qué pasaría si los ríos, riachos, lagos y lagunas se esfumaran en el abrasante calor. La vida dejaría de existir. Pero las preguntas tienen respuesta y por eso camina a la vera del río Uruguay, mirando en dónde poner sus pisadas y observando todo lo ancho del río hasta la otra orilla, en donde, empieza otro diseño de bandera, otra habla y otra vida.
Anda tranquilo entre una zona media boscosa donde no hay playa, sólo un pequeño sendero oscuro, escondido entre sombras, entre sauces y palmeras. Pisa tranquilo con las manos en los bolsillos de su rompevientos colorado, buscando el lugar donde el río besa a la costa tiernamente, cómo leyó por allí en un poema prosaico de un autor amigo que hace poco había fallecido, y que como regalo le había dejado en las cartas enviadas, todos sus cuentos y poemas escritos. Todos los que no escribió se los llevó con él a dónde se haya ido.
Y la semblanza del río lo había traído a las costas, a otro río, menos ancho, más azul celeste, menos imponente pero más parecido, al fin, al concepto de río. Porque no eran muchos los que podían hablar de cómo había sido él en los últimos años más que un puñado, de los cuales, dos no podían asistir, y él tomó la palabra mientras miraba el féretro comenzó a bajar.
Encuentra un sauce caído, con las raíces expuestas y todavía sucias de tierra mojada. Se sienta en el lomo y mira el río por entre las ramas. Se siente escondido en su lugar, piensa que nadie lo puede ver. Las palabras se las lleva el viento y llegan a algún lugar, como los gemidos de las noches dulces y los amantes comprensivos. Por más que ciertas palabras hayan quedado gravadas en su mente no puede recordar qué fue lo que dijo en el momento que tiró la rosa blanca sobre el cajón que se llevaba a su amigo.
Las cosas que le decía en sus últimos días, en su cuarto sucio y lleno de polvo, sólo iluminado por la luz que se podía inmiscuir por entre las aberturas de la persiana. Sentado sobre unas pilas de libros que se movían constantemente, asimismo él tenía que hacer equilibrio para no caerse. Las palabras salían a borbotones o directamente no salían. Supuestamente así era su prosa. Si charlaba lo hacía sobre libros leídos o las cosas que quería escribir. Nadie pensaba que escribía, aunque Mariano Sputnik tenía la idea que lo hacía, la máquina de escribir siempre estaba cerca de su amigo ido.
Escucha unos suspiros y algunos pasos austeros que se acercan. También siente que alguien se acerca, y hay risas y palabras suaves que se aproximan. Algo se aproxima, se dice, pero no sabe qué es. Mariano escondido en su sauce intenta observar por entre la maleza, pero sólo siente. Nota que en un claro una chica joven que no llega a los veinte años se sienta en la arena húmeda por la lluvia de la noche de anoche, el muchacho, mucho más grande llega un poco más tarde y clava el machete en la arena. Se acercan, se besan como amantes escondidos y se dicen palabras al oído que no puede oír.
Un poema a los amantes era una carta que le había enviado hacía dos años. Se lo había leído a su editor que le dijo que era bueno. El mito de su amigo encerrado en un cuartucho lleno de libros, olor a encierro mezclado con tabaco se había propagado en ciertos círculos que siempre estaban buscando lo raro, lo oscuro. Un amigo suyo sólo leía a poetas oscuros y siempre le rogó que le dejase leer las cartas. Pero eran escritos para él, las ficciones de su amigo a él. Y los amantes se besan sacándose la ropa como las ganas, era como una escena escrita en francés, sólo narrada en francés podría cobrar sentido lírico. Mientras tanto el gringo sacaba la verga del pantalón y ella con ojos bien abiertos la miraba como si era la primera que veía. Él le enseñaba y ella parecía querer aprender, tal vez había leído mucho.
Ella parece dormir en una cama simple entre sus ositos de peluche esperando a que su criada la levantase a la mañana con café con leche y galletitas. Él es un gringo grande, morocho, con ojos sabios y manos callosas. Sus dedos se aferran a la ropa delicada de la niña y se las saca de manera que el deseo le indica. Se deja ella, él hacía, ella cada tanto deshacía para que él volviera a indicar el camino. Mariano es un muchacho de ciudad sentado en un sauce con la vista puesta en un acto sexual, el río que llega y se va, y la otra costa a lo lejos. El amigo está muerto desde hace un tiempo y fue enterrado a la vera del río, donde las cenizas de sus poemas y escritos iban a ir a parar si cumplía con sus deseos.
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Como amantes escondidos juegan a lo que sólo dos pueden jugar de manera expuesta en un claro de luna, entre medio de los cantos de sirena y los exploradores perdidos que buscan la forma de volver a casa. Uno logra encontrar el hogar calido entre las paredes húmedas del nicho. Una pequeña serenata suena en el aire armada de suspiros y respiraciones acaloradas que va in crescendo poco a poco mientras el violín amarra las ganas entre las manos de ella. Nadie los debería escuchar ni ver puesto que el juego es íntimo y de a dos. La oscuridad reinante y la cercanía del río los cobija como una manta que los tapa de los ojos ajenos que nada tienen que hacer cerca. Es el juego de dos miradas que se observan viendo reflejos del pasado e imágenes del futuro. La rapidez del violín se torna rítmica y ella cada tanto, como buena amante, acompaña con movimientos de solista que aumentan el placer. Pero eso sólo dura un corto tiempo, puesto que cambia el ritmo de la pieza durante el cuarto minuto, para volver a los mimos y las caricias del inicio. Cuando una mano mueve los pelos de la cara de la otra. Pero al final tres o cuatro estocadas fuertes y profundas demuestran que la pasión está ahí. Cortas, lentas, profundas y sin demasiado brillo. Los ojos se abren para no ver nada de lo que se rodea. La boca abierta intentando respirar toda la vida que parece escaparse en un segundo de gloria que viene, se encuentra y se va. Un segundo de gloria en una mañana de pasión de un sábado tranquilo, caluroso y húmedo, en un cuartillo escondido, entre medio de sábanas, libros, frazadas y suciedad. Una mancha roja que queda en el piso. El trapo blanco mojado que no limpia sino que esparce. Una mujer desnuda que corre de aquí por allí y un hombre desnudo que todavía anda atrás de la mujer que ahora perdió la mirada extraviada y la pone en diversas cosas terrenales que antes no existían. El violín que dejó de existir, como el muchacho joven que entró por una ventana cerca del piso y besó a su noviecita inocente antes que el sol se pusiera en paralelo a su mirada, cuando se va a comer un sándwich de milanesa a la costanera y ella vuelve al comedor donde el almuerzo es regado con recuerdos de un momento espacial.
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El río no crece, decrece. Los que están cerca gritan pensando que están lejos del mundo, mientras que simplemente están rodeados de él. Mariano no ve mas que lo que hay alrededor de él. Un cuarto oscuro. Un asiento de libros que se balancea. Siempre es mejor armar pilas de tapas duras, decía, los otros se mueven más. Y lo único que quedaba en aquella habitación oscura, con las cortinas rotas desde hacía años, eran los libros, era la máquina de escribir y pocas otras cosas más. Alguien se había ido, y nadie había vuelto.
Mariano Sputnik mira el cielo entre las hojas negras por el sol. Entre los ruidos de los movimientos espasmódicos de los amantes cercanos, que se escondían de la ciudad sólo para en algún momento terminar volviendo a ella. Volviendo a la ciudad, volviendo a la vida, que había sido dejada de lado por su amigo, para volver a ser rodeado por un ataúd que se entierra hasta el centro de la tierra, donde están todos los otros amigos que han sido dejados por la gran vida y han entrado en el otro mundo, donde hay más personas que en la tierra, aunque muchísimos hayan sido olvidados.
Intenta no olvidar sus modismos, sus frases recurrentes. Sabe que olvidará su risa y cree que la voz se le modulará con las insuflas de otros tonos pero de un sentimiento que durará para siempre. Como los gemidos de ella a las caricias del gringo, que parecen ser bruscas. Los gemidos de él, mezclados con los de ella, y las palabras fuertes que le dice. Vos sos mi puta, sí, siempre, sólo mía. Y la golpea, marcando de rojo su blanca piel, marcando el lugar donde ha estado, pensando que quizás vuelva a estar allí si tiene ganas. Sabiendo que su amigo no volverá a estar sentado con una copita de ginebra cerca de la ventana cerrada con un foquito tenue bamboleando cerca suyo cambiando su cara con los sucesivos movimientos de la débil luz. La cara del amigo siempre cambiando dependiendo del claroscuro que le dé, y así pensaba que era miles.
Los poemas están esparcidos por el piso. Los pisaban cuando iban de la cocinita a la sala de la máquina de escribir. Poemas en verso, sonetos, poemas prosaicos pintados con las formas de las suelas de los zapatos o zapatillas que las pisaran. Palabras poéticas con logotipos de marcas de zapatillas alemanas. El amor mezclado con adidas o pumas que se dibujaban por encima de las palabras. El río que se acerca a la orilla y se va. El amante que saca la verga de dentro de ella y eyacula sobre su cuerpo, su cara y su pelo. Y se vuelve a poner los pantalones. Agarra el machete y sopesa matarla por un instante. La vida y la muerte juntas en un solo momento.
El se viste y no lo ve. Ella se viste y cree verlo a Mariano entre las malezas. Mariano Sputnik que la mira a ella con su cuerpo perfecto, su cuerpo turgente, su cara manchada y su pelo sucio de ramas, de hojas, de arena y de semen. Él que se acerca al río para pillar mientras chifla. El sonido de un bote, rítmico, maquinal y molesto. Que se inmiscuye como se metían los sonidos de los colectivos arrancar y estacionar en la estación, o los trenes cuando tronaban sus bocinas para avisar a los suicidas que ya estaban llegando. Y el amigo que siempre le decía que todos los días había un suicida en la estación que paraba por algún momento. La novela que nunca escribirá es sobre suicidas, sobre miles de suicidas que elijen las vías del tren como la muerte. Los suicidas que saben más de la vida que los que todavía la viven, que elijen el momento de su muerte sin que otra cosa se les meta entre  medio.
Y su amigo se suicidó un día de octubre. Mientras otras cosas pasaban. Mientras las cartas viajaban a un centro del correo argentino para mandar a destino. Al destino. Cuando el féretro tocó el piso el supo que las lágrimas siempre están de más que lo que importa es la vida que pasó. Vendrá la muerte, eso es innegable, y tendrá los ojos de alguien, porque para todos la muerte tiene una mirada. Y Mariano espera que sea bella. Le preguntará en sus propios cuentos, cuando su amigo sea una vez más personaje, cómo es la mirada de la muerte. Y él responderá, amarga y bella, lo mejor que pasa en la vida. La muerte da sentido. Mientras los amantes se van, dejando una estela de olores y ruidos, por el mismo camino en que habían venido.
Y él, se queda mirando el río, que besa tiernamente la orilla y el sol que está en el medio del cielo. Esperará el asado en la estancia y volverá al pueblo. Se emborrachará antes de la ruta y dormirá. Al otro día volverá e intentará rescatar todos los poemas con las marcas de suela. No los quemará. Su amigo será su Kafka y él el idiota de Max Brod. Pero serán para él. Tanta belleza no puede negarse. La belleza de Helena nunca desapareció, está ahí, en el río.
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la puerta está abierta
quien quiere entrar que pase
y quien pase que siga camino
hasta el final del pasillo.

así discurren los amantes
por estancias sucias
y sábanas blancas manchadas
hasta que caen de la cama.

volver a empezar el juego
cuando ya no es divertido
y encontrar el hogar fuera
en donde nunca se lo buscó.

una mujer, un hombre y un niño
pastan por el campo ajeno
buscando lo que han perdido
hace años y días lejanos.

Uno busca libertad,
el otro busca amor,
el tercero no busca nada
pero ninguno encuentra.
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martes, noviembre 22, 2011

Las Estrellas y sus dibujos.


el cielo siempre celeste,
o negro,
las nubes siempre blancas,
o grises,
el sol siempre visible,
o escondido,

las estrellas y sus dibujos,
para quien sabe mirar.

la lluvia que cae,
o no,
la niebla que sube,
o no,
el viento que ulula,
o no,

las estrellas y sus dibujos,
eternos en el plano astral.

las personas siempre pasando,
hasta que paran,
los murmullos siempre presentes,
hasta el silencio,
los que siempre se aman,
hasta el desamor.

las estrellas y sus dibujos,
guiando el camino de los perdidos.

la tierra girando,
siempre,
el sol que calienta,
perenne,
la luna en el cielo,
eterna.

las estrellas y sus dibujos,
en compañía de los demás astros.

las estrellas siempre brillantes,
hasta el vacío,
las estrellas con luz propia,
hasta la ajena,
las estrellas viniendo,
hasta que paran.

las estrellas y sus dibujos,
viniendo hasta el final de su tiempo.

Orión en el cielo nocturno,
o, acá nomás,
un
cazador.

sábado, noviembre 05, 2011

El Tiempo.

mañana no llueve
hoy no llovió
     gotas de olvido
     palabras dichas
     dichas de recuerdos
     en este día nublado

el sol ya salió
      todo ha pasado
      durante el chaparrón

 la historia del mundo
      se moverá eternamente
      en este parpadeo
      el devenir viene
      cuando ha llegado
      el segundo eterno
      y el tercer pasado
      se desarmó aquí
      todo lo que se
      armará allá

 no hubo niebla
      ni habrá nubes
      durante este día
      de sol pleno

cae la lluvia
      de arco iris
      de opaco colorido
      se perderá la noche

en la luz de este sol
      no hay nubes grises
      ni hoy llovió
      todo pasó ahora
      en las gotas del chaparrón

hoy no llovió y
      mañana no llueve

viernes, octubre 28, 2011


entre medio del ambiente gelatinoso
la flor del jacarandá sale del escondite
pisos resbalosos en violetas
las personas se pierden en violencia

buscando  flores donde hay cardos
buscan algo que no encuentran
se pierden en palabras amorosas
mientras los gestos son de ignominia

hay muchedumbres que declaman a los muertos
los que están y se han ido de la plaza
buscan respuestas en el mármol
apoyan sus manos en la fría cara

la primavera se refresca con lluvias
los senderos se abren en rutas
nadie sabe a-dónde-están-yendo
y nadie sabe de-dónde-vienen

todos creen ganar mientras pierden
así es como festejan victorias
cuando todavía no sonó el primer disparo
las frutas maduras se pudren en el piso

el aire se espesa y el olor se esfuerza
los muertos apestan en el piso
y ellos a nadie le importan
la televisión muestra pericias de asesinos

así las flores dejan de emanar aroma
la flor violeta se vuelve a cerrar
el jacarandá vuelve a ser verde
y nada más pasa mientras todo sucede