sábado, julio 14, 2012

Casus belli.


Diecisiete tonos de grises y alguno de blanco en el cielo.
Retazos de nieve embarrada en recovecos lejanos.
El riacho que es frontera fluye y separa los lados.
De allá las Provincias y de acá la Capital del Imperio.
Jornadas frías de invierno, de enero, de pasado eterno.
Las aguas entre rojas y marrones, como sangre humana.
Es el preludio de la que caerá en los meses que seguirán,
Pero que han pasado hace siglos y que siguen pasando.
Al momento del cruzar el río rojo la sangre volverá a caer.
Todos los que están de lado de provincia lo saben.
Cruzar el agua roja es el punto de no-retorno.
De ese punto la Historia no vuelve y se dobla en sí misma.
A ese lugar siempre vuelve, sea este río u otro.
El río es el punto de inflexión de la vida de todos.
De todos los que vivieron, los que viven y vivirán.
El celeste se discurre y el rosado en el cielo atrae miradas.
Las tropas y su general llegan a la orilla embarrada.
Cruzar cualquier otro río no significó nada para ellos.
El General mandó construir un gran puente,
Para pelear con los bárbaros en su tierra y vencer.
Y este riacho no tiene el caudal de un Rin o un Tíber.
En este momento sempiterno, los caballos se encabritan.
Los soldados esperan las-sus- órdenes. Ellos las seguirán.
La Legión siempre lo seguirá, siempre lo hizo y hará.
El General descabalga y camina la orilla, sopesa, duda.
Nadie lo había visto nunca dudar, y todos sienten,
Sólo por un corto instante, que es humano, un par.
La noche en su oscuridad negra lo enarbola, lo traga.
Él, en su provincia todavía, mira a sus ejércitos.
Para cruzar el río debería desbandar su legión,
Pero la duda, eterna en la justicia, es corta en la acción.
Y el General sube a su caballo, y lo encabrita.
Mira a sus seguidores, levanta el penacho.
Sostiene la espada en alto y él primero cruza.
Las aguas rojas se mezclan en la negrura de la noche.
Las parcas se solapan y miran, esperan, ya saben.
El general en el agua cruza el límite.
Sin esfuerzo, sin dificultad lo hizo.
Es río no es profundo en cuanto obstaculo,
Pero lo es en metáfora y él la entiende.
Sus piernas ni se mojan, su petate tampoco, su penacho menos.
Las aguas del crimen no lo tocan;
No existe ley para los dioses.
Del otro lado espera a sus tropas, que lo siguen;
Sin dudar, aunque el acto es la condena a muerte,
Por parte de las autoridades del otro lado.
Pero ellos están de parte de su General,
Lo han visto en batalla, saben que los dioses están de su lado.
Cruza el último rezagado, y el General, observa el pasado.
Lo que ha dejado atrás, las Galias, la ley del hombre,
Y mira lo que viene por delante.
Lo que siempre queda atrás, lo que siempre viene.
Que sigue viniendo, siguen dejando atrás.
La historia siempre vuelve, siempre la misma historia.
Diferentes ríos, generales, ejércitos, justicias y tiranías.
La República que muere, un dictador muerto en el Senado.
El tirano, el general, el hombre de leyes, el romano.
La tropa se aleja al galope, ya han entrado en fértiles tierras.
En nuestra casa, en nuestro hogar, nuestro país.
Supervisó el paso de todos ellos a su costado, callado.
No ha dicho palabra pero sus gestos dicen más.
Las viejas Cloto, Láquesis, Átropos,
Las parcas se alegran por el trabajo que tendrán,
Que siempre han tenido, que tienen ahora mismo.
La noche oscura los esconde de todo.
No hay verdad, no hay justicia, no hay derecho,
No hay maldad, no hay verdad, no hay crimen.
Es Historia.
El General se dice: "Alea iacta est".
Y se aleja rumbo a la Capital de la República.
Del otrora Imperio más grande de la faz de la tierra.
Rumbo a la historia y a los monumentos.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Es parte de una historia?

g. dijo...

En sí, es otra idea, que al final quedó en esta forma. Quizás sea otra cosa luego.

Anónimo dijo...

Parece escaparse del poema.