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domingo, septiembre 28, 2008

Acápite de Novela

En la última novela de Tomás Mancuria figuraba este acápite debajo del título:

- Te amé toda la vida. - Le dijo él.
- Pero todavía nuestra vida no termina. - Le dice ella.
- Pero yo ya elegí amarte para toda la vida, por más que nos separemos o por más que el futuro tenga preparadas ciertas cosas para nosotros. - Le dice mientras ella sonríe, él se acerca a ella. - Te amé toda la vida, mi amor.
Y se besan.

Anónimo, microcuento.

El resto de la novela nunca fue escrito. El escritor lo consideré inútil, la historia estaba contada.

jueves, septiembre 11, 2008

Purga de memorias

La niebla, creo, es una gran metáfora del momento presente. No personal, sino de todos. Es algo que todo lo recubre y no nos deja ver más allá de unos metros. A veces son unos cuantos cientos de metros, otras veces son solo unos pasos. Y, muchas veces, no importa que la niebla caiga contra el mundo, hay que seguir caminando.
Es lo mismo que el presente, puede gustarnos o no, podemos ser felices o no, o puede ser cualquier cosa; pero, tenemos que seguir. Y si no quisiéramos seguir la inercia simplemente nos mueve para delante, nos hace atravesar la niebla que no nos deja ver lo que el futuro tiene preparados para cada uno. Si es que existe el destino; sino existe tenemos todo en nuestras manos y por más que andemos en la niebla, hay que elegir para donde vamos.

Pero muchas veces los recuerdos nos persiguen y no nos dejan en paz. Ya sea en sueños o en plena conciencia, los recuerdos vuelven. Puede ser doloroso, pero no creo que sea malo. Pero de alguna manera hay que dejar asentados los recuerdos.
El otro día, tenía una conversación con mi psicóloga. Creo que es una de las pocas que puedo reseñar sin dañar mi sentimiento de intimidad. Hablábamos sobre las creaciones, le decía que muchas veces (demasiadas) tenía ganas de no escribir más. De dejar de escribir; simplemente eso, dejar eso. No hacerlo más. Pero sin embargo, en ese momento también le decía que era imposible para mi dejar de hacerlo. Porque las historias y las cuestiones pululan en mi mente, escribirlas es la única forma de purgarlas. Yo le dije que pensaba que si dejaba de hacerlo, muy probablemente me volvería... Y ella me terminó la frase con que me volvería loco. Y yo iba a decir eso, porque realmente siempre creí que si no lo hago me vuelvo loco.
Hoy, en la niebla del presente, no hay muchas historias que contar. Por más que he sacado de la galera muchas historias, siento que todas las historias tienen un cierto sentido similar y siempre caminan por lugares melancólicos y de recuerdos. Eso me molesta, siento que solo pude escribir un cuento que no tenía nada que ver con mi situación actual. No importa cual.
En estos días hay tres recuerdos (entre tantos otros, pero estos son recurrentes) que andan todo el tiempo jugando en mi mente. Tal vez, estén pidiendo a gritos que los ponga en papel. No lo creo, pero lo haré, ya que las historias que vienen están dando vueltas, pero siempre son similares, con los mismos actores para el mismo lector.
Recuerdos:



MI ABUELO:



De mi abuelo tengo mil recuerdos. Diez mil o más. Mi abuelo fue una de las personas más importantes de mi vida. Sí. Y yo desde siempre tuve la sensación que no lo lloré todo lo que tendría que haberlo llorado. Y siempre vuelve sobre mi esa noche en que falleció, en que lo lloré un rato.
Era el día antes de mi cumpleaños. Habíamos ido de paseo a Capital. Yo ya tenía información que mi abuelo estaba mal, pero necesitaba ir de paseo. No recuerdo cómo llegamos a Capital (En auto, pero no recuerdo nada antes). Mis primeras memorias empiezan en un café de corrientes, previamente habíamos ido al San Martín a comprar las entradas para una película de un ciclo de cine francés. El nombre era “Los amantes regulares”. Tomamos café y hablamos de tonterías, realmente fue un momento muy feliz, estaba muy contento y la compañía era la única que necesitaba por esos días.
Entramos a ver la película, luego de una larga e interminable cola (escuchando muchas conversaciones snobs de los habituales del San Martín, donde se quejaban de todos los “otros” que estábamos allí). Ubicaciones mediocres, muy cerca de la pantalla, pero la sala estaba completamente repleta.
Entramos un 20 de enero, cerca de las ocho de la noche o algo así. Salimos el 21 de enero, y era mi cumpleaños. En mis recuerdos mientras estábamos bajando las escaleras del costado, me dice estas palabras: “Falleció tu abuelo”. No sé porque no me habían llamado a mi o si yo le di el teléfono. No recuerdo, ni importa. De su boca salieron esas palabras, las únicas que se podían decir. Caminé como un autómata por Corrientes, a su lado. Creo que iba diciendo cosas de mi abuelo, recuerdos y cosas. Decidimos no entrar a “los inmortales” para comer. Y nos sentamos en la parte parisina de la ciudad. Allí lloré a su regazo. Recuerdo que lloré un largo rato, mientras ella me acariciaba la cabeza.
Volvimos a casa. Dormimos. Y en mi cumpleaños fuimos al cementerio. Éramos muy pocas personas. Solo las necesarias.
Y todavía hoy siento que lo lloré tan poco. A veces creo que lo lloré tan poco porque nunca sentí que realmente se haya ido. Creo que está siempre cerca de mí. Creo que está cerca de mí y de mi hermano, porque creo que éramos lo más importante para él.
Pero lo extraño.
Pero lo tuve exactamente 25 años y 364 días.



LA CHANCHA, LOS VEINTE Y LA MÁQUINA DE HACER CHORIZOS:



Recuerdo bizarro que anda pululando por mi mente. Fue una noche en que caminamos a alquilar películas y no sé bien cómo apareció mi amigo allí. Sí me acuerdo que anduvimos toda la noche boludeando entre todas las películas, mientras buscábamos una tapa de una película de Gary Busey que era (es) muy cómica.
Apareció y estuvimos un buen rato, todos juntos charlando. Luego, salimos de ese negocio y nos fuimos a la heladería. Recuerdo que no comí helado, abre picoteado. Mientras mi amigo nos comentaba que no entendía el concepto de la chancha, los veinte y la máquina de hacer chorizos. En su gran concepto del todo, del todo.
Mientras yo hacía el gesto del armado de los chorizos en la máquina; él se debatía internamente (Aunque lo decía externamente) en cómo funcionaba todo eso.
Luego volvimos caminando, creo que era una cálida noche de verano. Estábamos solos en casa. En el camino de vuelta él nos contaba que estaba totalmente orgulloso que había sacado la canción de Cae, esa que se llama “Te recuerdo”. Nos la cantó cuando estábamos cruzando las vías.
Luego, varios días después; en su fiesta de cumpleaños, a nuestro pedido, la cantó. Con guitarra eléctrica y para nosotros, aunque nosotros estábamos medios idos de la gran turba y estábamos sentados a un costado.
Algo así:

Amor, ya sé que es imposible perdonar las noches que yo no te puede dar,
encarcelado entre las luces, escribiendo tus silencios.Amor, ya sé que nada queda por decir, no hay palabras que te acerquen a mí,fuiste mi rosa preferida, fuiste mi mejor canción.
Etc. Todos los quiebres de voz de CAE, él los hacía. Vuelve esa noche. Gran recuerdo muy obviado últimamente, que volvió sin darme cuenta.



“TE VAS A CAER”:



Recuerdo reciente. Además lo tengo grabado en video. Pero realmente nunca vi ese video. Prefiero lo que recuerda mi mente. Esto es muy simple y muy tonto.
Estaba sobre un árbol, que estaba inclinado en Bahía Manzano. Le había costado subirse y se hacía la modelo. Estaba de remera negra y jean. Estábamos muy comunes. Pero estábamos muy bien. Estaba sobre el tronco y yo le estaba sacando fotos.
Y en algún momento se me da por grabar, mientras le decía “Te vas a caer, y yo lo voy a filmar” o cosas así. Estuvo un rato sobre el tronco, mientras se reía de todo lo que la molestaba. Al final no se cayo. Y el día fue tan lindo como estábamos en ese momento.
Sinceramente, quiero recordarla así. Con esa gran risa, feliz y contenta. Sencillamente siendo lo que quería ser. Cuando elijo recordarla (La recuerdo siempre, pero cuando lo elijo) la imagen que intento “ver” es esa. Ese día, con su sonrisa y su felicidad a cuestas.
A veces pienso que porque fui tan feliz en este momento tengo que estar en este presente. Pero esas son tonterías.
Así que tengo muchas formas de recodarte (Si todavía lo lees, es a vos) pero yo elijo recordarte así, feliz y contenta.



Pero los recuerdos no se van a ir porque yo los ponga en papel. Y sinceramente, yo no quiero que los recuerdos se vayan. Porque los recuerdos que tengo, estos tres y otros más, son parte de lo que yo soy. Parte de lo que me ayuda a maniobrar entre la niebla el presente y hace que la niebla sea menos espesa.
El futuro llega, y nadie sabe lo que trae. Se puede elegir o no, no es importante. Llega. El presente es el momento en que estás. Y el pasado, es simplemente, lo que te hace ser lo que sos. No se puede borrar el pasado, y sinceramente, yo no querría cambiarlo.
Aunque muchas veces quisiera repetirlo.

lunes, julio 07, 2008

Hay una plaza. En temperley, acá, hay una placita. Pasto, casi nada. Adoquines. Juegos nuevos. Los chicos que crecen, que juegan en juegos de otras plazas. A otros juegos.
Salgo a caminar y veo, observo. La mariposa tirada en el suelo, la pelota estancada en el patio delantero de casa. La tristeza del chico que la perdió e intentó recuperarla, truncamente. Esa sensación de que su (el su con un énfasis solamente experimentado a esa edad) pelota estaba perdida para siempre. Que la vida, a los 5 años, ya no tenía razón de ser. Y cuántas pelotas pasarán por su vida. Cuántas realmente perderá para siempre.
Ese perro me sonrió. Juro que lo vi sonreir, antes de llegar a la segunda plaza que vamos a recorrer juntos, había un enorme mantonegro sonriéndole a la gente.
Plaza de adulto. Plaza de lejos. De no me esperen para comer.
El mundo que nos espera. Que vive y transmuta inmutable esperando.
Que nos hace quebrar. Que esconde bellezas, tan bellas, tal escondidas. Que nos desvanece con la premura de un amanecer. Que no nos deja seguir soportando la soledad. Que nos hace desear cariño, caricias.
Sigo caminando y las cuadras se tornan vidas. En cada vida imagino, deshago y vuelvo a pensar vidas enteras, en sólo 2, 3, 4 minutos, dependiendo el tiempo que me lleve comprender que al final de estos 100 metros voy a tener que sobrellevar una encrucijada más, la dicotomía de elegir derecha o izquierda, de decidir el destino de nuestra caminata, de nuestras vidas, tal vez.
Vueltas, más vueltas. La rumba mental que sacude pensamientos sin cesar. Cha, cha, cha... el mundo sigue su rumbo, inmutable, inimitable.
Me empieza a acompañar gente en mi caminata. El músico loco, el del tren, el de la revolución. El chico piel se asoma, aparece, juega, se va y vuelve. Algún acompañante del pasado, por qué no. Se cuela trayendo recuerdos que luchan por ser presente, que con sus diálogos ya marchitos quieren convencer al alma que está todo donde uno quiere. Gente que quiere bailar gratis el cha, cha, cha.
¿Y los que no? ¿Dónde está toda esa gente que no me acompaña? ¿Esa gente que aún no puedo traer libremente a mi caminata?
El gusto a frutilla que me inunda la lengua me da antojos. Frenaría, sólo por un helado. Frutilla y chocolate con almendras. ¿Por qué no hacerlo?
Y la gente debe suponerme loca. Debe mirarme con esa estúpida expresión con la que se los mira a los locos, a los que eligen vivir en ellos, los que salen de los cánones establecidos... aquellos que seguramente nunca los conocieron. Esa expresión estúpida de compasión.

XXX

Analía llora. Mira la cara de su mamá, consternada y llora. A mares, a gritos, con olor a cebolla. LLora por no poder soportar más esa sucia y enferma sonrisa que le recuerda, cada vez que puede, lo que vivió cerca de aquel amor inventado por algún pintor loco.
Los mejores colores fueron usados al principio. Cuando necesitaba un verde de caricias, ahí estaba. No de parte de su madre, no de parte de alguna otra persona indispensable. Casi siempre brotaba ese verde de la mano de algún desconocido que jugaba a conocerla. Pero esta vez, a ese alguien se le había ido la mano con el cariño, con la comprensión.
Analía llora. Su mamá la mira a la cara y no la entiende. Nadie la entendería, piensa, miestras la mira con cara de nada, de pobre mina esta hija mía. Piensa. Piensa que la vida sigue siendo muy larga, muy tediosa, que tenerla delante de ella, llorando le da jaquecas. Piensa que se quiere ir. Mientras Analía llora. No buscando soluciones. Buscando algo de cariño, una verde caricia que le inunde el alma.

XXX

Pasarán años. El viejo se va a morir, porque ya es viejo. Los más jóvenes llorarán durante algún tiempo. Otros comenzarán a darle un rumbo a su vidas, se casarán, se volverán viejos.
Habitarán casas ya habitadas, reirán chistes deseosos de no ser más chistes, cansados de producir sonrisas.
Comerán, como cada día de sus vidas. Respirarán, porque así hay que hacerlo. Se mirarán al espejo en busca de una mirada de alegría. Llorarán. Silbarán y cantarán de vez en cuando. Sólo los más alegres.
Y las vidas van a repetirse. Porque la vida está ahí. Porque, si bien nos ama y nos respeta, la vida no sufre por no oirnos. La vida fluye... En algún momento encontrará al amor que la haga sufrir. No me gustaría estar viva para ver cómo se desmorona la vida ante algún amor no correspondido.

domingo, junio 22, 2008

El jardín de las delicias (El otro lado)

Mientras Julia vieja en colectivo, Suaznabar, tirado en su silla mira la ventana esperando que llueva, que se caiga en el mundo; aunque, en realidad, quiere que ella este bien, que ella llegue bien a la facultad y que luego pueda volver. Y ahí sí, que llueva, que caigan piedras, que se caiga el mundo. Suaznabar es extremista, no tiene mucho que hacer, piensa por demás, piensa por todos por demás. Wilmar lo trata de entretener, pero él esta mucho con sus asuntos anarquistas y de la panadería.
Suaznabar, mientras tanto, levanta un libro verde limón, muy chiquito. Se llama ojos de aguja y busca nada en especial. Moviendo las paginas llega a una estampita de la virgen Maria. Marca un cuento:


Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí.
Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y siento que estás hecha para mí, que de algún modo me lo dicen tus rodillas y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo. Tú vienes toda entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre o sueño.
Todos los días te quiero y te odio irremediablemente. Y hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense en ti mucho tiempo. Ya ves. ¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?

Jaime Sabines.

Suaznabar estaba llorando cuando cerró el libro. Mirando que la lluvia ya caía sobre la ciudad, el frío azotaba. Ella ya debía estar en el colectivo, seca, siendo vista por todos los hombres del mundo. Suaznabar no la veía, aunque vivía por ella. “¿Quién podría quererte más que yo, amor mío?” Se dijo, parafraseando el libro justo cuando se secaba las lagrimas e iba al baño, cuando la mujer entraba por la puerta y no encontraba a nadie.
Él, Suaznabar, estaba ya abajo, caminando en la lluvia, mojando sus penas.