jueves, octubre 11, 2012

Caras.



En la más negra oscuridad de la noche lejana sonará un disparo que iluminará por un corto instante todas las imágenes. Luego, volverá el negro, la oscuridad, por un par de segundos. El sonido penetra y retumba en todo el follaje en que están metidos. Las sombras se cortarán de nuevo con los sucesivos relámpagos de las luces de los fusiles que ahora son cientos que resuenan e iluminan constantemente. El repiqueteo es atronador, entre sudores, órdenes y gritos de dolor. En ese momento se despierta sobresaltado, incorporándose rápidamente sobre sí mismo. Las imágenes anteriores tardan en irse un tiempo que parece largo, el peso de la realidad la va ahuyentando de a poco. Con los ojos abiertos mira el paisaje delante de sí. El lugar es onírico y de no ser por las palabras que vienen de atrás suyo presumiría que todavía está entre sueños. Habla usted como indio en sus sueños, dice la voz rasposa y gangosa. De no ser porque esa voz lo reconforta con la inminencia de lo reconocido lo asustaría. Le tomó cientos de leguas entender la forma de hablar de su compañero. Ah, sí, le dice, qué decía. Escucha que el otro escupe y da unos pasos, huele el polvo de sus pisadas, se vuelve a tirar, lo siente. No lo sé. Hablaba, gritaba, se movía, parecía estar endemoniado. Se calla. Otra vez, todas las noches. Las palabras quedan retumbando en la nada, en donde están. No sabe qué decir. No tiene nada para decir. Pero sabe que habla bajo prusiano entre sueños.
Amanecía entre ellos. Lejos la niebla los rodea y los abraza. Se queda sentado viendo cómo las luces mutan y se mueven entre las nubes bajas. Los caballos y la manada están a unos pasos, tomando agua del estanque, invisibles a la vista, pero sensibles al olfato. Lo que está alrededor de ellos, que es el paisaje en que están andando en todos estos últimos días, no lo ayuda al momento de despertarse. Siente que no se despierta, parece que sigue en el mundo de los sueños. Asume que es por la niebla y porque el paisaje no ha cambiado en las últimas tres jornadas. La chatura del campo lo vuelve loco, la niebla a la mañana lo desespera, le molestan los moretones en el cuerpo del andar a caballo y las constantes huidas del ejército británico por las noches. Se para lentamente con todos los dolores de la noche, de las corridas y los disparos. Las imágenes quedan en su retina un largo tiempo, con la monotonía las logra dejar en un recodo de su mente, pero nunca se van. Como nunca se van cuando camina entre medio de la selva africana las imágenes de la inmensidad de la pampa.
No hay visibilidad más allá de una decena de metros. Estaba seguro que salir y hacer ese viaje iba a ayudarlo a enterrar la otra vida que emerge de entre sueños, pero no hizo más que agudizarlo. Por las noche marcha entre árboles, machete en mano, oficial entre un ejército de nativos enlistados por el general. Escapan y plantean guerra de guerrillas, las provisiones son escasas y se mantienen por ingenio de su superior. Siempre evitan las aldeas, fue una orden expresa, evitar las aldeas. Eso pasó hace dos o tres noches atrás, así no se evaden. Los alemanes asintieron entre medio del calor y el cansancio. Nadie se queja. La luz hace juegos raros entre la niebla. Da unos cuantos pasos. No hay sonidos, pero en sus oídos siguen los disparos. Tal vez lo hirieron. Le duele el hombro derecho, se lo toma con mano izquierda dentro de su poncho negro y blanco. El viento le corta los labios y levanta el polvo de la seca que emergen con sus pasos. La luz es hermosa entre todos los efectos lumínicos.
Amanece lentamente, es igual todas las mañanas, la luz es más clara de este lado. A veces de entre la niebla aparece el ganado. Primero se sienten los sonidos de los cascos, los contornos se van formando entre sombras negras. Luego vienen los colores y por último los detalles, pero el fondo es siempre blanco. Y luego desparecen en sentido inverso. El piso está todo húmedo, entre el rocío de la noche y la escarcha de la mañana. Su cara debe estar blanca de frío y negra de tierra. Por lo menos está así la de su compañero que está tirado, al ras del piso, entre su caballo y sus pertrechos. Extraña en la mano la rugosa madera del mango del machete, siente en su hombro el peso del fusil inglés que tomó de un enemigo caído. Toma un trago de agua del estanque. Y mira delante suyo. Sabe que allí está el horizonte, de ese lado es de donde venían. No sabe para qué lado estará el futuro, no tiene idea de dónde está el sueño.
Vuelve lentamente al lugar donde su compañero esta tirado. Duerme profundamente, se pudo dar cuenta por sus ronquidos. Lo patea suavemente en el costado del pecho, luego lo hace más fuerte cuando no se despierta. Abre los ojos y lo mira con odio. No se puede dormir con usted, primero habla toda la noche, con esos sonidos guturales, sólo puedo dormir cuando está despierto. Se incorpora rápidamente, se para. Lo mira. Recuerda que le dijeron algo parecido en sueños. Un suboficial alemán, de Wuppertal, de su regimiento, una noche, bien oscura, le dijo que era mejor que no duerma, ya que cuando lo hacía hablaba en español, gritaba locuras y gesticulaba, y que si lo hacía de noche los delataba. El suboficial murió una madrugada, un accidente en un río, a veces los soldados mueren de la forma más tonta, no por balas enemigas sino por tonterías. Su compañero se apea en su poncho y lo mira. Le pregunta qué le pasa. Él le dice que no sabe. El otro no le cree. En esa niebla no pueden empezar el día. Por eso su compañero lo mira. Le dice que probablemente este endemoniado, que quizás en las noches mandinga toma su cuerpo y habla, que tendría que ir a ver a un párroco. Se ríe. Su compañero lo mira, largamente. Toma mate. No le ofrece. Salvo el primer día, antes de dormir, nunca le ofreció. El le dice que no cree en el diablo. Su compañero dice que no es cuestión de creer o no, sino que está ahí, en el aire, que una vez, en la pulpería vio como un viejo de casi cien años, que no se podía mover, lo tomó mandinga una tarde y se llevó a tres tipos en una partida de truco. No es cuestión de creer o no, sino que existe, está dentro de todos. Y se toca el corazón.
No se ve el sol. Lo presiente. Tiene frío. Está la inmensidad de la pampa. Le molesta el vacío, no sabe si prefiere eso o lo lleno que está la jungla. En esta vida no le pasa nada. Va de acá para allá llevando ganado ajeno, esquivando a los indios y a los milicos. En la otra vida, la vida nocturna, cree que tampoco pasa nada, va de acá para allá, evitando a los soldados ajenos y a las aldeas de sus soldados. De este lado anda todo el tiempo con su compañero, sólo él, del otro lado van muchos, pero cada vez son menos. Las noches están repletas de ráfagas de metal. Hace calor y hay mosquitos. El frío le parte los labios de este lado. Odia el vacío y se llena con vegetación y árboles y muertes. Una vez un soldado negro le dijo que estaba endemoniado también. Se lo dijo con pocas palabras, temblando en alemán, con gestos, con un cuchillo en la mano. Le dijo que se lo podía sacar, si iban a su aldea, que allí el brujo podría sacar los fantasmas de dentro de su alma, y que podría dormir tranquilo. Todo eso quedó en la nada cuando el general Paul von Lettow-Vorteck se acercó a ellos, por supuesto cuadraron y saludaron. El general se llevó a los oficiales a un rincón y les propuso la táctica para los siguientes días. África del Este está perdida desde el comienzo, dijo, pero debemos hacer que los ingleses sangren esta victoria. Esa mañana se despertó en un campo, bajo un ombú, solitario. Su compañero lo miraba.
Da unos pasos pateando el piso. Levanta polvo. La seca tiene a todos a maltraer. Allá no para de llover. Es la temporada. Su compañero lo mira. Juega con el cuchillo. En la mirada tiene algo raro. Sopesa si tiene ganas de matarlo. Se dice que si intenta algo él es más rápido con el facón. No hay nada reseñable en los días, está el vacío, el tedio y los movimientos. Recuerda los sucesos de la noche como algún tipo de cuento que se cuenta para matar el tedio que le provoca el paisaje conocido y los trabajos habituales. Se pregunta cómo sería la pampa llena de algo. Pero la niebla se abre lentamente y se ponen a trabajar rápidamente, en sus caballos juntan el ganado y emprenden el camino.
Durante el recorrido no pasa nada. Trabajan, no hablan, sólo por gestos y sobreentendidos, saben que hacer, hace tiempo que lo vienen haciendo. Hacen unas cuantas leguas y hacen rancho cerca de unos sauces y un estanque. El agua está turbia, pero es agua. Hacen un fuego y cae la noche, se queda dormido, con los brazos sobre el pecho. Lo golpearán en la cabeza y abrirá los ojos entre ramas, instintivamente hará que sus soldados paren la marcha y le hacen caso rápidamente. Cerca de un río verá a un soldado inglés solitario, andará con una escopeta y tendrá barba blanca. Empezará la cacería. Intentarán cortarle el paso, quizás sea un explorador intentando marcar el lugar donde estarán ellos. Mandará a sus soldados a que lo acollaren. Él tomará su fúsil y esperara. Sus soldados se acercarán lentamente conociendo el terreno. Los cubrirá desde una posición retrasada, notará que el inglés levantará y disparará. En el blanco. El sonido quedará retumbando en el aire. Se parará y recorrerá el camino hasta el cadáver. Sus soldados y él verán al muerto. Luego beberán agua. La noche es tensa y llueve. Las imágenes de un día común andando a caballo llevando ganado de un lado al otro tardarán en irse de su cabeza, pensará que es una forma de intentar manejar el estrés que le provoca toda la situación, estar lejos de su casa en Danzig, de sus hijos. Por eso creerá que se imagina en la pampa cuando puede dormir un rato. Un suboficial se le acercará y le dirá que fue un buen tiro. Volverán con la fuerza principal lentamente y reconociendo el camino. No se encontrarán con nadie en mucho tiempo. El suboficial le dirá que habla en español por las noches, que reconoció el idioma, le preguntará si alguna vez ha ido a España. Él le dirá que no, que nunca ha ido. Y que no cree que el idioma se exactamente español. Caminarán esquivando el amontonamiento de vegetación y no le contará a nadie de sus sueños. Hasta que se despierta entre la niebla, en el vacío y se sube a su caballo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hermosa descripción la del comienzo. Muy al estilo de Saer.
Saludos!