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lunes, noviembre 24, 2008

Bésame. Mucho.

Bésame. Mucho.

Bésame mucho como si fuera esta noche la última primera vez.
Dame un beso que sea el prólogo de nuestro epílogo.
Bésame con tus besos caleidoscópicos, que nunca son iguales, que siempre cambian, de diferentes formas, colores.
Bésame. Mucho. Más.
Da la vuelta, bésame.
Volvé a besarme con tus labios de miel.
Juntemos los labios y hagamos que nuestras almas cambien de color.
Bésame con pasión y con pasado.
Bésame con dolor y amor.
Bésame, una vez más.
Bésame, vos lo querés.
Dame besos extraños y rotundos.
Dame un beso azul a mi alma gris.

Dame un beso con cola, para no despegarnos más.
Bésame con el alma.
Bésame al aura.
Dame besos sin canela y con gusto a café.

Besos con cositas.
Dame un beso en la escalera cuando me lo negaste en el balcón.
Un beso más para el camino.
Besémonos para sabernos otra vez unidos.
Déjame que mis labios recorran los tuyos y que cambien el sentido de tus palabras.
Bésame la melancolía.
Bésame los quisieras.
Bésame en el museo.
Demostrame el beso pasado en el museo.
Da la vuelta y bésame.
Seguí ese beso.
Quiero tus besos recorriendo todo el camino a mi corazón.
Quiero tus besos en idiomas.
Quiero besos de palabras inarrables.
Quiero tus besos narrados.
Quiero besarte.
Romperte la boca.

Recorrerte, encontrarte sin perderte.
Bésame. Mucho.
Besémonos. Un poco.
Déjame levantarte en caricias de besos.
Volvé a sentir mis huesos de la cadera.
Volvé a sentir mis labios húmedos apoyados en los tuyos.
Déjame recorrerte con mis labios, tirarte en el puff y revolcarte por el piso.
Bésame.
Y no me sueltes los labios.
Déjame pensarte y recorrerte en caricias.
Toco tu boca, recorro tu boca.
Juego con tu lengua.
Recorre mi dedo tu boca.
Bésame. Mucho.
Otra vez.
Y otra vez.
Bésame con los ojos cerrados.
O con los ojos abiertos.
Con las palabras atragantadas.
De paseo por la montaña.
O en el lago, en el árbol caído.
Bésame para las cámaras.
Bésame para la foto.
Bésame en sueños y en pesadillas.
Bésame y haceme el amor.
Te beso y te toco.
Me besas y me gusta.
Te beso y te gusta.
Te gusta.
Todavía.
Bésame en el amor.
Bésame en el desamor.
Bésame este año.
Bésame en el próximo.
Dame besos de pasados.
Dame un beso que implique un futuro.
Dame besos para Lucía.
Lucia tus besos amorosos.
Dame besos.
Besame.
Mucho.
Besos.
Quiero tus besos.
Quiero besarte recorriendo tu figura.
Quiero perderme en tus labios.
Bésame.
Mucho.
Mírame. Otra vez.
Con tus besos.
Quiero que me beses por primera vez otra vez.
Quiero tus besos una segunda vez.
Quiero que este beso sea el epílogo de nuestro prólogo.
Bésame con tu historia de amor.
Bésame con tu histeria.
Bésame.
Otra vez.
Y otra vez.

Y otra vez y otra vez.
Un beso largo.
Un beso corto.
Bésame y aviéntalo hacia mí.
El beso que va volando abriéndose y cerrándose; no explotará en ningún cristal.
Dame un beso.
Y ámame otra vez.

Por primera vez, por segunda vez.

Un nuevo primer beso.
Si me dejaste de amar.
Dame.
Besos.
Besos paganos.
Besos aldeanos.
Besos citadinos.
Dame besos pequeños.
Besos dulces y amargos.
Besos azules.
Besos pasados y futuros.
Dame besos pensando en mí sin que el corazón explote en mil pedacitos.
Dame un beso de vos.
Dame un beso con tu voz.
Dame.
Bésame.
Da la vuelta.
Y Bésame.
Abrí los ojos.
Y ves a alguien que te gusta.
Dame la excusa para afeitarme.
Dame la excusa para acariciar tu cara, tus pechos, tu panza y tu ombligo.
Dame la excusa para besarte.
Bésame.
Besémonos.
Atrápame en un beso imparcial.
No me olvides.
Bésame.
Otra vez.
Mañana y pasado.
Otra vez.
Y otra vez.
Dame un beso criminal.
Dame un beso pasional.
Dame un beso que sea un preámbulo.
Del amor, de la relación, de todo lo tuyo.
Preámbulo de tu viaje.
Y del amor.
Besame.
Mucho.
Besame.
Mucho.
Bésame.
A mí y no a mi doble.
A mi opuesto y a mí puesto.
Dale.
Vos querés; yo quiero.
Un solo beso.
Otro más.
Un beso finito.
Y otro infinito.
Un beso de muerte.
Para mi vida.
Bésame. Mucho.

miércoles, octubre 22, 2008

En un cerrar y abrir de ojos

(...)
Cierro los ojos.
Sin más preámbulos, con todas las dudas a cuestas, te siento entre mis brazos. El calor de tu cuerpo me lo dice, la caricia dulce de tu piel contra la piel desnuda de mis brazos. El sentir mis manos aferrar a algo que sienten que nunca van a soltar.
Sin mucho más que aferrar que a vos, a un mundo de sensaciones nuevas y viejas, gastadas o listas para ser exploraras. Siento tu piel, tu cuerpo contra mi pecho. Siento tu ropa gastada y pasada por mil batallas. Batallas de amor, batallas de desprecio de alma. Te siento cerca de mí como nunca antes.
Y te abrazo fuerte. Mis brazos se cierran sobre tu cuerpo pequeño, mientras yo te escondo al mundo. Al mundo que nos mira y nos hace no entendernos. Te siento caliente, entre sollozos y lagrimas que salen de tus ojos. Que recorren tu cara, que recorren un camino diferente en el ojo izquierdo que el derecho. Caminos que ya recorrieron mis lagrimas días antes, cuando partiste a nunca jamás.
Tus brazos se cierran detrás de mi cuerpo, se cierran fuertemente como diciéndome: “No quiero escapar más, no quiero que me dejes huir de nuevo”; pero sé que lo que dicen en realidad es el opuesto a ello. Nadie huye, todos corren a donde está la paz del alma y por eso no debe haber culpas ni dolores; uno sólo deja atrás lo que le hace mal. Y ahora tus brazos se cierran sobre mi espalda, con tu cara escondida en mi pecho. Te siento contra mí, fuertemente agarrada. Me apretas el cuerpo, generando moretones que van a dar fe de mi encuentro.
La lluvia, purificadora de almas, dueña de toda la malignidad del universo, cae sobre nosotros. Nos lava las penas, nos lava las lagrimas con sus gotas gordas y verticales que se aporrean contra nuestros cuerpos tan unidos que parecen solo uno entre un gentío de genios malignos. Ni siquiera el agua de lluvia puede pasar entre nuestros cuerpos unidos, no cabe un alfiler entre nos porque mi corazón quiere latir otra vez al ritmo de tu corazón y para eso necesito escuchar tu ritmo, sentir tu frecuencia... Para copiarte, para dar los pasos certeros al costado tuyo.
Siento tus pechos contra mi pecho. Mis manos empiezan a recorrer tu espalda, darte calor con las palmas abiertas sobre tu musculosa blanca de mil batallas, mil veces sacadas en la pasión y la lujuria de lo que era nuestro amor. Siento tus anteojos contra mi pecho, me lastiman de dolor perdido en el pasado cercano cercado por muros de recuerdos que no se van ni se quieren ir solos, perdidos en el horizonte de algo que fue. Y fue muy lindo.
Te respiro. Vos me respiras en el pecho, me das calor por los agujeros de la camisa. Me respiras encima diciéndome que ahí estas, que yo no debo asustarme... que ahí te quedaras. La furia contenida de nuestros cuerpos empieza hacer que nuestras manos recorran las espaldas y que mis piernas se muevan de nervios. Vos, lentamente moves tu boca entre mis ropas, entre mis cuerpos pasado, futuro y presente, que fueron, que serán y que son. Siento tu esencia a cada respiro, ese elixir que sabía reconocer a cada momento a cada instante aunque estuvieras ausente. De pronto tus manos, rápidamente, se cierran sobre la tela de mi camisa, intentando agarrar mi piel, intentando quedarte con mi cuerpo que es tuyo y lo sabes.
Venís a reclamar lo que te pertenece, mientras escuchas mi corazón del lado incorrecto de mi pecho, y escuchas mi corazón del lado correcto de mi pecho. Escuchas las palabras que digo, que no importan que dicen, que no importa que son. Sólo escuchas mi voz, porque mi voz tiene ese tono reparador de daños perdidos en gotas de lluvia.
Vos hablas, respondes mis palabras. Todo para mi alma herida, llena de heridas que vos, con las palabras adecuadas, con las palabras reparadoras, con las palabras sanadoras (Dos palabras) haces que cicatricen, que vayan cerrando lentamente al escuchar esas palabras repetidas constantemente de tu boca; escuchando lo que al principio creo que son ecos de un pasado que quiero recordar pero que cada vez suenan con más fuerza, con más fuerza, con más fuerza, con más, con más, con...
Cada vez que las dos palabras mágicas suenan con más fuerza, los ecos no se desvanecen en la nada, no rebotan sino que explotan, una y otra vez. Se generan una y otra vez el nuevo mundo que siento nuestro, que siento feliz, que siento sin dudas, sin escuchar lo ya repetido sino escuchando cosas nuevas, cosas que ambos queremos oír. Para hacer todo más fácil, para hacer el camino que dejamos de andar.
Hago separar tu cara de mi pecho, mientras la lluvia cae sobre mis ojos cerrados. Recorro tu cara con las yemas de mis dedos. Recorro todas las imperfecciones y cicatrices; esa cicatriz en tu ojo, en el párpado. Te dibujo la cara con mis dedos, te coloreo con los colores que vos querés que te vea. Agarro azules y dibujo tus párpados, dibujo y coloreo tu pelo largo de celeste y tus sonrisas de rojo. Tus bordes de negro y tu pequeña nariz de azules turquesas. Jugueteo con tu pelo en mis dedos, otra vez y tantas veces. Luego con mis dedos exploro tu boca, cerrada primero. Tu boca se abre lentamente, y besa mis dedos índice y mayor de mi mano derecha. Mi índice recorre tu labio superior y mi mayor tu labio inferior, se abre y tu boca se encuentra dándole besos a mis dedos. Primero besos pequeños y diminutos, luego besos con mordidas y jugueteos de lengua. Tus manos agarran mis pinceles en forma de dedos y los atrapas para no dejarlos. Tu mano juega en mi cachete, supongo que me miras con los dos ojos entre aguaceros y lagrimas putrefactas. Libero mis manos para limpiar las lagrimas, primero te saco los anteojos que molestan, pero que te hace hermosa a mis ojos y que te deja verme claro y con contornos, no lejano y borroso. Mis dedos limpian tus lagrimas que ruedan desde los ojos por tus grandes cachetes que antes creaban las sonrisas más bonitas.
Te limpio de las lagrimas malignas de tristeza, te dejo nueva frente a la lluvia y a las lagrimas de felicidad. Levanto tu cara con mi mano en tu pera, la levanto hacia mí; sabiendo que tus pies se ponen en punta mientras yo bajo la cabeza. Primero mis labios recorren tus labios, recordando los lugares que hay que tocar, acariciar y apretar. Empezando por la comisura y siguiendo su camino al corazón de tu boca. Allí tus labios se abren un poco y yo te beso. Tiernamente, lentamente, poco a poco, soy sabedor que hoy tengo todo el tiempo del mundo, mañana no lo sabré.
Mis labios se juntan con los tuyos, se recorren. Mi lengua se abre camino, mientras lo que empezó como un reconocimiento se transforma en pasión, se genera el beso de amor eterno. Te beso sin soltar la cabeza, sin soltar tu cuerpo. Te beso sin cesar, mientras los besos correspondidos juegan con mi boca. Siento que mi pequeña lengua encuentra los puntos que estaban allí todo el tiempo, mientras tus manos, detrás de mi cuerpo se desesperan por sostenerme, se desesperan por agarrarme, por asirme de la manera que sentís. Te agarras de la camisa, te agarras de mi cuerpo, de mi cinturón, te agarras de los huesos que nunca viste y que te siguen asustando.
No pensas en nada. Ni en qué pasará ni en que estas haciendo ni en por qué no lo hiciste antes. Lo estas haciendo. Yo lo hago porque quiero. Simplemente porque te deseo, y por eso te deseo una buena vida. El beso sigue su curso hasta que las bocas se separan.
Pero el beso es uno grande y viene con mil ecos de pequeños besos de labios a labios cerrados, de manos que agarran de las orejas, tapándolas para solo oír el rugir de tu cuerpo, sin soltar. Miles de besos que son ecos del gran beso.
Un beso eterno a mi recuerdo. Un beso.
Abro los ojos.
(...)

jueves, octubre 09, 2008

Besos al aura

Para ella... que todo lo ilumina...

(Antes: Toda la Historia tácita)


O sea, esto pasó. O puede estar pasando ahora. Aunque elijo que pase ahora, entonces es presente, esto me pasa. Constantemente, todo el tiempo la historia vuelve a mí. Me pasa ahora, sí. O me pasó; siendo un lunes feriado de junio. Hoy es el lunes catorce de junio de este año. O eso fue hace meses, años o minutos, segundos o mundos, galaxias o con otro yo y con otra ella (otra vos, otra voz, otras voces; tal vez más amorosas). Una tarde de invierno. Es una tarde de invierno en esta primavera.

Yo estaba, estoy, en la fresca sombra de un puestito de venta de flores, pintado de verde, cerrado. Estoy al acecho, esperando, espiando de reojo sabiendo por donde vendrá, por donde vino, por donde se fue. Llegue temprano, caminando; a paso rápido. Por un camino que transité muchas veces, caminé nervioso todo el tiempo mirando las baldosas sin pisar las rayas como me decía mi abuela cuando caminábamos por las aburridas calles del pasado lejano y pisado que no puede ser olvidado. Caminé pensando y repensando. Repensando y planteando. Replanteando todo lo que me pasó, replanteándome el sábado a la noche en soledad. Pensando en los por qué de todo lo que pasa, de todo lo que nos pasa. De todo lo que nos pasó.

La tarde es bella. Hermosamente bella. Hubiera sido un hermoso fin de semana para estar enamorado, un gran fin de semana largo para estar con esa otra parte del cuerpo, del alma. Para ver al aura. Hubiera sido. Podría haber sido cualquier cosa. Pero fue esto. Es esto. Esto que nos pasó porque estaba en el camino y no supimos evitarlo, o que lo encontramos porque quisimos. O todavía es lo que nos pasa, nos seguirá pasando mientras nosotros nos pasamos la vida pasándonos por el costado sin vernos, sin hablarnos, sin sabernos, sin lamernos, sin besarnos, sin pensarnos (Aunque eso es mentira, señorita, nos pensamos ajenos).

Miro el cielo, lo veo celeste... siempre celeste, hay cuestiones que no cambian por más que cambien los ejes del tiempo. Tan lejano a mis manos como diáfano. Alguna nube blanca partida en algodones usados flota en el cielo siendo movida por el viento; que es frío y que no genera mi piel de gallina. Nunca supe que esperar de este encuentro. Ahora sé que pasó, pero en este momento no que pasará. Los ejes del tiempo se me confunden en las temporadas de felicidad y enojo. Pero las nubes en el cielo se mueven, mientras yo estoy escondido en la sombra, detrás del puesto de flores verde.

Miro en dirección a las vías del tren por donde los autos cruzan por el paso a nivel y las personas, juntas o separadas, enamoradas o desenamoradas, alegres o tristes, molestas o contentas, mías o ajenas, poseídas o desposeídas, perdidas o encontradas, caminan a paso lento, evitando el frío que acecha, buscando el sol. Siempre todos buscando el sol, esperando el tiempo. Ninguna de esas personas me importan, son anónimos.

Me doy cuenta que soy uno de los dos polos, soy de esta historia la mitad. La otra historia, la contrapartida, la otra parte, la parte de adelante, es la que yo no puedo contar. Pero es la que me gustaría contar(me). Es la historia que me atrapa todo el tiempo, hasta hoy, días lejanos a estos sucesos que pasaron y que significaron el último primer beso de un noviazgo que hoy ya no existe, que hoy ya fue, que hoy vive solo en los recuerdos de las dos partes, de los dos polos, de las dos historias. La historia ajena es la que me contaba en ese momento, en esa tarde de invierno, detrás del puesto de flores verde. En esta tarde de invierno, mientras me saco la bufanda gris corta que no usaré nunca más en mi vida, porque quedó o quedará impregnada de su olor y sus recuerdos. De tu olor y tus recuerdos. Agarro la bufanda gris, mientras miro la hora en mi celular negro, me enrosqué la bufanda en la muñeca derecha.

Mire donde mire te veo. Aunque no estés ahí. Aunque no estás ahí. Veo tu fantasma en la silla, veo tu espectro en el sillón, veo tus recuerdos en mis ojos, siento tu gusto en el café, siento tu boca en tu taza. Ahora, en este mismo momento estás allí del otro lado. Y el concepto del otro lado es tan grande, el otro lado es fuera de mí. Mientras me doy cuenta que la historia está escrita hasta el día de hoy, pero yo sigo reviviendo ese día. Esa tarde fría y bella de junio.

Mientras caminaba para llegar a ese lugar. Recordaba cómo me había dicho a mí. Me nombró con un cariño latente, me nombró por mi nombre acortado como a ella le gustaba. En ese momento me enojé porque no entendí nada; aunque luego supe que ella fue a buscar mis llamadas no hechas a su teléfono. Todo se me enroscaba en las explicaciones. Mis nervios demostraron enojo, mientras aprendía a hacer cosas que nunca quise hacer. Aprender a perderte desde ese momento, aprender a olvidarte, aprender a no verte, aprender a no sentirte, aprender a vivir con tu fantasma. Aprender a saber que no volvería a dormir con ella (Con vos), aprender a no ver al aura, ajena, cerca de mí, ya que siempre me sería lejana, extraña, con voz y ademanes serios. Pero caminando llegué al banco, donde nos habíamos encontrado tantas veces y tantas veces para reír. Yo sabía, yo supe, yo , que ese día las risas serían agridulces. Y me escondí luego en la sombra del puesto de flores verde, que estaba cerrado por el feriado movido, mientras miraba la vidriera del negocio que vendía (Y sigue vendiendo a hoy) artículos deportivos.

Te esperaba. Tranquilo. O, mejor, denotando tranquilidad. Nervioso, en realidad. Tal vez sabiendo como sé ahora que nada había que hacer. Tengo mi regalo en el bolsillo en un sobre con mi nombre para vos, por nuestro aniversario perdido en los desencuentros y los enojos. Entradas que compré a futuro para nos y que el tiempo dirá si la veremos juntos. Aunque ahora que pasará en lo que no sé en este momento que te espero mirando las vías del tren.

A la legua te vi. A la legua te veo. Te saco la lengua. No sé qué hacer. Si ir en tu búsqueda o mirarte de lejos, como te miro ahora. Como un intruso mirando por el ojo de la cerradura. Elijo por un momento verte desde lejos, mientras te dibujo con mi caja de crayones, te marco al aura. Te marco al agua. Por un momento te miró para recordarte, pero en ese momento me doy cuenta que tengo que ir a tu encuentro. Salgo, salí, de mi refugio en el que estuve todo este tiempo, en el que estuve unos quince minutos. Camino, cruzando la calle, escondiendo mi figura detrás de un puesto de diario que estaba (Está) enfrente.

Aunque vos sos miope (O eras miope), siempre tuviste la gran cualidad de encontrarme a la distancia. Tal vez presintiéndome, sin verme claramente. Viéndome en brumas, viéndome borroso sin contornos. Tal vez, veías mi alma, al aura. Quizás. Tal vez. Quizá. Eso fue lo que siempre pensé, pienso. Por eso voy, fui, escondiéndome con los obstáculos. Vos venís, viniste, toda atiborrada de ropa, con capas y capas, tal vez por el frío que hace o quizás porque caerás, caíste, enferma al otro día de este (ese) encuentro. Andas mirando el piso, no me buscas como siempre, venías rara, perdida. Escuchando tu música. Drexler quizás, o algo más; será siempre nuestro último misterio. Me hice, hago, visible cuando vos estabas en el paso a nivel, me viste. Caminaste hasta donde yo me puse a esperarte.

Llegas hasta mi altura en el mundo. Te paraste cerca de mí. Yo te miré, te miro todavía, hermosa, con los lentes, tu pelo soplado por el viento frío. Tu buzo alemán, tu chaleco y tu tapado negro de corderoy. Quiero darle (darte) besos al aura. Quiero darle muchos besos al aura. Por eso paso las manos alrededor de tu cuerpo, para con mis dedos sentir la electricidad de tu alma azul, jugando con mis dedos y empezando a tocarte desde la cintura para ir subiendo. Acunar tu cara (Acunada y arropada) en mis manos, para darte el beso con el cuál había soñado todos esos días, para besarte como yo quisiera hacerlo ahora. Para besarte toda. Para besar al aura. Vos no decías nada, y no hacías nada, dejabas hacer. Y yo hago. Hago todo lo que puedo y me dejas.

Mis brazos te abrazan mientras mis ojos te miran a los ojos. Nuestras alturas se anulan porque vos estas sobre el cordón y yo estoy debajo, sobre la calle. Estábamos a diferencias normales, mientras los autos pasan por detrás de mí. Al aura, vamos al aura. Ahí es a donde quiero ir, a ella es a la que quiero poseer. Al aura. Te beso. Con mis labios toco tus labios y mis manos están a dos centímetros de tu cuerpo, quizá por las capas de ropa o quizás porque esa es la distancia de nuestras almas, de nuestros seres. A kilómetros de vos estoy hoy, a kilómetros del aura estaba en ese (este) momento. Perdido en tu mirada dulce y soñadora.

Te beso. Recorro los caminos que he recorrido desde el primer beso en las escaleras mecánicas, luego de ese tan afamado NO gestual en tu cara. Recorro lo que iba a ser nuestro último primer beso de novios. O por lo menos así lo recuerdo.

Tus ojos son dos cristales líquidos que se mueven entre las lagrimas, mientras me decís: “Mira que fácil que eras” en respuesta a mi comentario para nada apropiado. Caminaremos, caminamos, separados de la mano. Hasta que te de tu regalo en el paredón del otro banco. Estaremos juntos en el café. Mientras te di el resabio de besos que no eran, resabio de besos que no tenían que ser. Los últimos. Nos separaremos, separados para siempre, en la noche, en la fría noche; para no vernos nunca más así. Para no vernos más como nos vimos esa tarde noche.

Nos vimos como yo te quiero ver esa vez.

Sabía que te extrañaría. Ahora cuanto me pesa el alma, por no poder ver al aura azul que jugaba con la mía en ocasiones. Porque te extraño, te extrañ(ar)é, hasta que no extrañe más al aura. Hasta que no te extrañé más a vos.

Pero hoy lo hago. Hoy lo siento. Al tiempo de eso. Al tanto tiempo de esos sucesos que suceden ahora, aunque sucedieron.

Por eso le quiero dar besos al aura.


(Después: Toda la historia continúa sin un final; hasta que todo termine)

miércoles, octubre 01, 2008

Tiempo de besos

Llego tarde. Vos estas parada, esperándome, vestida de facultad, vestida como siempre. Mientras mis pasos apurados me llevan hasta donde estas vos, te voy observando, narrando detalles que veo. Intento encontrar todo lo que cambiaste en el último tiempo. En todos esos largos días que yo no te he visto; las horas pasan lentas sin sentir tu peso en mi alma. Pero no puedo encontrar nada que me diga que el tiempo pasó, como de hecho ha pasado. Te veo, mientras me voy acercando a vos, noto que yo ya no encuentro diferencias. Solamente una cicatriz detrás de tus ojos, en tu alma (fotos del aura) que denota el dolor que nos tenemos. Tu mirada me encuentra, detrás de los anteojos, estas viéndome. Reviéndome.

Mis pasos cada vez son más apurados. Me acerco al elixir que se me niega desde hace muchos días, tal vez un mes, tal vez más de un mes. Puedo esperar un mes más, pero tenía ganas irrefrenables de verte. Mortales ganas que caminan desde lo más recóndito del alma y que van ganando la batalla contra la razón o el desgano, contra los rechazos o las dudas. Te encuentro, parada en el centro mismo del mundo, de mi mundo. Te veo, pequeña entre la gente, sabiendo que el vacío que dejaste cuando te fuiste fue demasiado grande para que cualquier persona enorme ocupe ese lugar. Te veo, hermosa como yo solamente te veo. Te veo, como solo yo te puedo ver. Nadie puede verte como te veo yo, aunque yo no puedo verte como te ven las demás personas. Nunca, y no reniego de eso. Elegí eso al instante de verte, te elegí como amor y te renegué como amiga. Una de mis grandes apuestas, la vida con vos sin ser vos o la vida jugando a tal vez perderte.

A centímetros, paró de golpe. Te miro de cerca, tu mirada de cera. Ninguno de los dos dice nada, y la gente se agolpa al mundo alrededor de nosotros. A nadie le importamos y a nadie le importa más lo que pasa entre nosotros que a nosotros mismos. Viéndote, me doy cuenta que lo que nos pasa a nos, solo nos interesa a vos y a mí. Nadie más tiene que ver en este cuento que escribimos juntos, a cuatro manos; a veces por caminos separados. Porque nadie más entiende lo que nos pasa a nosotros, me doy cuenta de tanto que es tan poco al verte. Pienso en el mundo mientras te veo, porque el mundo sos vos.

Me decís “hola” y yo no contesto. No lloro, no quiero, puedo pero no quiero. Mi mano derecha se acerca a tu cachete. Ese hermoso cachete inflado que le pone la vida a tu cara, mi mano derecha con su palma ahuecada, se acerca y se apoya allí. Se queda quieta, mientras mis dedos juegan con tu piel, acariciándola despacio. Tranquilamente lo hago, sabiendo que tengo tiempo para eso, pero no tengo todo el tiempo del mundo para todo lo que quiero. Mi mano izquierda, metódicamente, lentamente, se acerca al otro lado. Esa mano, casi sola y solitariamente, recorre el camino hasta tu cabeza y despeja los mechones de pelos largos y castaños de tu cara, esos pelos que tapaban tu ojo detrás del los anteojos rectangulares que te hacen tan adorable. Lentamente, con movimiento constante, pone esos mechones de pelo detrás de tu oreja y la mano se queda allí, acariciando tu cabeza mientras los dedos se enredan de tus pelos y juegan a perderse en ese lugar.

Mi mirada está puesta en tus ojos, en tu boca, en tus labios húmedos. Mi mirada está puesta a verte, a recordarte, a dibujar mentalmente ese momento, a tener este impulso para siempre en mi memoria. Dibujo tu recuerdo, hago trazos finos de tu cara en los papeles de mis recuerdos. Juego con la vara del recordar para tenerte así, como quiero verte siempre. Te veo desde arriba, tu cara está mirándome, desacostumbrada a nuestras alturas asimétricas.

Mis manos siguen el juego mientras mi ser dubitativo está pugnando entre besarte o abrazarte sin posar mis labios sobre tus labios. Mientras tanto mi cara se acerca al techo de tu ser, te respiro a largas inspiraciones tratando de captar tu olor, tu esencia; recordando todo lo que nunca he olvidado pero el recuerdo ha tergiversado entre ficciones y relatos de la realidad o de pasados que no concuerdan con lo que sos, con lo que éramos.

Escucho (escuchó, me pienso en tercera persona para vernos desde afuera) en mi mente todas las canciones que son tu ser. Intento escuchar el ronroneo constante de tu ser, intento escuchar eso que no te lleva a ninguna parte. Me doy cuenta que por primera vez eso te respira cerca, pero no quiere recordarte más; si no que quiere vivirte. Que yo quiero vivirte en esta vida y no recordarte por siempre.

Mis manos, que siguen jugando en tu cabeza están nerviosas. Mi mente, tiene miedo de besarte, tengo miedo de no saber si me responderás el beso. Te veo negándote, pero también te veo aceptando mis caricias. Mirándote, amándote, sinónimos de un amor que no muere porque no puede hacerlo. Nunca te voy a dejar de querer...

Te acerco a mi cuerpo, mientras bajo mis manos a tu cintura. Hago que apoyes tu cabeza en mi pecho, y yo apoyo mi pera en tu cabeza. Mis ojos están cerrados y los tuyos solo ven mi pulóver gris, si es que están abiertos. Yo estoy abierto a vos, de par en impar. Te intento decir algo, pero las palabras sobran en ciertos momentos. No tenemos que hablar este idioma castellano con el que jugamos tanto tiempo a aprender. Hablamos el idioma de las caricias, las esencias, los olores, las palmas y los recuerdos.

Vos, con algo de fuerza interna, salís de donde yo te había escondido. Salís a verme. Solamente a verme a mí, me miras a los ojos. Mis manos calientes están de nuevo en tus cachetes, acunando tu cara que me mira, con una mirada entre triste y esperanzadora. Estás intentando decidir entre esos distintos estadios y momentos con respecto a los nuestro. Tus ojos observan las heridas en mi cara, sintiendo las heridas de mi alma (Fotos del aura); te sentís culpable. Las culpas se lavan(rán) en el beso que yo no me anime a darte, pero que vos sí. Te acercas, te pones en punta de pies, mis manos juegan con tus pelos, y recorren tus cachetes y tu cara.

Tus labios vienen a mi ser. Yo no me niego y bajo mi cuerpo para acercarme. Lentamente, tus labios se posan en los míos y nos besamos. Todos los besos, mil besos, millones de besos se conjugan como verbos en todos los tiempos, en un tiempo infinito que se transforma el segundo en que tus labios se posan en los míos. El beso es tierno, es pasión. El beso es todos los besos pasados, el beso será todos los besos futuros. Pero el beso es ese momento en que mis manos pasaron a sostenerte la cabeza con mis manos, cubriéndote de las miradas ajenas, para que veas solo a los ojos que te aman. Para que veas solo los ojos que quieren cubrirte de miradas sucias y amadas. Miradas que te desnudan hasta el alma y miradas que te sostienen cuando estas mal.

El beso dura poco. Es un beso de (Re)conocimiento. Es el primer beso de los besos por venir, será el primer beso de una cadena que no terminará hasta el beso del altar, donde se festeje nuestro amor. Ese último beso, será el primer beso de los besos

Pero eso es futuro. El porvenir que está por venir puede no venir nunca. Sopeso el momento en que te beso. Este ahora que es eterno y que vivirá en mi mente como el beso.

Y te diré cuando nuestros labios se separen: “Te extrañé tanto y te quiero tanto, mi calambur...

martes, febrero 20, 2007

Un Beso

La mujer caminaba contando las monedas que necesitaba para viajar en el colectivo que la llevaba a unas pocas cuadras de su casa; podria ir caminando hasta su casa pero ese dia estaba cansada, y la mujer caminaba contando cansada de caminar y su paso era cansino. Pero iba, faltaban unas cuadras para llegar a la esquina donde podria llegar a tomar el colectivo, si ella extendia la mano en seña, si el colectivo paraba, y si ella subia y decia a donde iba.
Todo ese proceso dependia de si ella contaba bien las monedas.
Se puso a mirar en el bolso puesto que le faltaban algunos centavos de peso.
La mujer llego a la esquina y se puso a mirar por la calle, la calle donde no se veia ningun auto, camion, camioneta o colectivo. Se apoyo contra un poste de luz mirando hacia el sur, esperando que el colectivo la lleve hasta el norte.
La mujer era Dora.
Dora estaba sola esperando que el colectivo la lleve, y la mujer llamada Dora, esperaba que vuelva. Por supuesto que vuelva él. ¿Quien era él? Su ex.
La mujer estaba esperando no caminando no contando monedas, jugando con las mismas hasta casi que se le caiga alguna. Ella llego a atrapar una que casi se le caia.
Recordo:
El con su saco marron, su camisa blanca, su pelo despeinado con sus ojos escondidos en sus anteojos negros viniendo hacia (Asia) mi, recuerdo como venia casi corriendo a pasos desesperados y su cara que miraba el suelo con sus labios moviendose, como si hablara consigo mismo, o si cantara algo. Lo recuerdo que alzo la vista y me vio, desde casi cincuenta metros mas alla, yo note (Norte) que sus labios se movian y se formaba esa sonrisa que a mi me encantaba.
La mujer llamaba Dora dejo pasar el 165 mientras estaba pensando en su ex amado, recordando otros momentos, momentos de cuando tenia a ese ser especial cerca suyo, antes que se hubiese ido por cuestiones politicas del pais. Ella siempre pensaba que eran por juegos politicos, que ese muchacho estaba mucho cerca del otro muchacho, el teorico de la revolucion. Ella siempre pensaba que el teorico de la revolucion lo usaba a su ex amado como el practico de la revolucion, ese hombre que navega en aguas dificiles y entra al puerto. Una moneda se le escurrio por las manos, ella no lo noto.
Recordo:
El llego a mi, me saludo y se saco los anteojos a unos diez metros mios, y abrio los brazos. Me abrazo, me abrazo por ultima vez hace poco tiempo. Me saco los pelos de la cara, que se me caian por el viento fuerte que habia ese dia. Me acaricio mis cachetes, y me miro a los ojos. Me dijo: HOLA. Yo le dije: Hola amoroso. El mirandome a los ojos se fue acercando cada vez mas a mi, y me abrazo mas fuerte. Fuertemente me tenia presa de su mirada, y sus labios se abrieron y se apoyaron en los mios. Su boca estaba en mi boca, mi boca que esperaba esa boca que me besara en la boca, queriendo que el me besara. Me beso, el beso fue tierno, y duro unos instantes. Instantes que duran tan poco como una vida en el cosmos. Luego se separon y sus ojos estaban cerrados como los mios. De la oscuridad de los ojos cerrados fue apareciendo solo su cara, y su cara con los ojos cerrados que se acercaba de nuevo hacia mi, que de nuevo propinaba las caricias que mi alma necesitaba para sentirme amada. Amada por el, y besada por el. Ese beso devino en las caricias de la carne, ese beso devino en el enamoramiento de las almas. Ese beso hizo que nuestras almas esten encadenadas.
La mujer vio que el 165 verde se acercaba, ella extendio el brazo y el colectivo con gran ruido freno y quedo parado a unos dos metros de ella. Ella camino hasta el colectivo, y le dijo al colectivero la cantidad de dinero que iba a depositar para viajar. Ella se dio cuenta que le fantaban diez centavos. Se lo dijo al colectivero. El colectivo paro, mientras un niño de diez años agarraba esos diez centavos del agua sucia que habia en el cantero. La mujer llamara Dora tuvo que bajar del colectivo y caminar.
Camino, feliz, recordando ese beso.
Camino hasta su departamento donde su nuevo amor la esperaba, su nuevo amor buscado porque el otro luego de ese dia habia desaparecido del pais misteriosamente. Ella habia ido al teorico de la revolucion a pedir explicaciones y el teorico de la revolucion le extendio una carta que decia en el sobre simplemente Dora.
Camino y en su departamente vio el sobre, lo abrio.
Unos brazos la abrazaron destre atras y le empezaron a besar el cuello, eso hizo que el sobre, junto con su cartera cayeran al piso. Ese era el llamado de su nuevo amor en su cocina.